Conner. Su amante despiadado. Cuando él la tocaba, estaba perdida. Y en este momento él quería reclamar cada centímetro de ella. No podía resistirse a su particular marca de posesión. El animal en él rugía cerca de la superficie y la intensidad de su toque reflejaba su hambre por ella. Él se había cerciorado de que estuviera cómoda, siempre se encargaba de eso, antes de tomarse su tiempo para hacer todo lo que quisiera con ella. Ella oyó su propia respiración, jadeos entrecortados que no podía controlar. La anticipación la excitaba tanto como mirarle.
Conner se arrodilló entre las piernas, inspeccionando a Isabeau durante mucho tiempo antes de estirarse y sacar una segunda estera de la mochila. La dobló y la empujó bajo sus nalgas, levantando la mitad más baja de su cuerpo y abriéndola más completamente. La estudió otra vez. Adoraba su aspecto con el pelo esparcido en torno a ella y el cuerpo desnudo y abierto a él. Había humedad rezumando entre los muslos y podía olfatear su excitación.
Dejó caer la mano para cubrir el montículo tentador. Ella dio un tirón, sensible ya con la anticipación. Él adoraba esa humedad acogedora. Había algo tan satisfactorio en ver a una mujer así, tan lista para su atención. Conner estaba hambriento de ella y no fingió nada más, adoraba que ella tampoco lo hiciera. Isabeau no estaba avergonzada de desearle, de mostrarle cuánto le deseaba. Y eso era un afrodisíaco, lisa y llanamente. Todo acerca de Isabeau era un afrodisíaco para él.
Muy lentamente bajó su cuerpo sobre el de ella, cubriéndola completamente como una manta, sosteniéndola, absorbiéndola. Era tan suave, esa larga extensión de piel y curvas femeninas. Se hundió en su calor, escuchando el latido rápido del corazón. Los brazos de Isabeau le rodearon, entrelazó los dedos en la nuca. Ella no se revolvió, no se quejó de su peso. Sólo le absorbió del modo en que él le estaba absorbiendo a ella como si comprendiera esa gran necesidad de simplemente sostenerla.
Después de unos pocos momentos, él frotó su cuerpo a lo largo del de ella, marcándola con su olor, reclamándola, la ensombrecida mandíbula se deslizó cuello abajo donde pellizcó y la besó antes de levantar la cabeza para fijar la mirada en la de ella. Bajó la cabeza lentamente, viendo como ella cerraba los ojos poco antes de que la boca se encontrara con la suya. Cada vez que la besaba, era como si encendiera una cerilla. El calor estallaba. Las llamas ardían, el fuego saltaba y no había vuelta atrás. Sus besos habían sido su caída de la gracia y el honor cuando ella era completamente inocente. Ahora, la boca se movía bajo la de él, la lengua acariciaba e incitaba hasta que él estuvo ardiendo al rojo vivo fuera de control.
La mano resbaló al seno y la sintió saltar. Las caderas corcovearon y las piernas se abrieron más para darle mejor acceso. Conner la besó garganta abajo hasta los senos, dándose un festín hasta que ella hizo esos pequeños ruiditos que adoraba. Había tenido el cuerpo caliente, duro y dolorido sin descanso desde que ella había envuelto los labios alrededor de él en el bosque. Podía notar como los músculos del estómago de ella se arremolinaban cuando tironeó de los pezones y era demasiado tentador detenerse allí. Avanzó por la cuesta del vientre y tomó el control de las piernas, abriéndolas, las colocó sobre los brazos cuando inclinó la cabeza para probarla.
– Ha pasado tanto jodido tiempo -susurró y hundió la cabeza.
Isabeau aspiró el aliento, cerró las manos en puños en la estera para aguantar cuando la áspera mandíbula le rozó los muslos y mil llamas la atravesaron. Todo su cuerpo tembló. Los pechos subieron y bajaron y no pudo detener el impotente tirón de las caderas. Las manos de Conner apretaron, como sabía que harían. Él le dirigió una mirada brillante que quería decir quédate quieta y ella intento obedecer, trató de atraer aire a los pulmones.
La necesidad era una cosa viva que respiraba, la agarraba en su fiero embrujo. Él le sujetó los muslos y le abrió más las piernas hasta que ella estuvo respirando entrecortadamente. Se oyó a si misma gritar cuando Conner bajó la boca y la lamió, la lamió como un gran gato lamía un tazón de crema caliente. Fuegos artificiales estallaron en su cabeza cuando la lengua apuñaló profundamente, hundiéndose en ella una y otra vez hasta que pensó que se rompería en un millón de pedazos. Él se tomó su tiempo, saboreando cada gota, utilizando los dientes y la lengua para extraer más quejidos y suaves sollozos de súplica, rogando la liberación.
Entonces se levantó sobre ella, le agarró de los tobillos y colocándose las piernas sobre los hombros, la mantuvo abierta para él. Parecía violento, su erección gruesa, dura y larga, apretaba, quemaba, exigía entrada. Ella le sintió allí y contuvo la respiración. Él se hundió profundamente, conduciéndose entre los apretados pliegues calientes y ella chilló otra vez, la fricción envió lenguas de fuego por todo su cuerpo. Sintió sus músculos agarrarle como un torno, estirándose ante su invasión. Su cuerpo se estremeció con placer cuando Conner se enterró completamente y luego se retiró para hundirse otra vez. El ritmo era rápido y duro, casi brutal, elevándola rápidamente para que el aliento entrara en jadeos desiguales y su cuerpo se alzara impotentemente para encontrarse con las necesidades que guiaban a Conner. Él se arqueó sobre ella, apoyándose en los brazos, forzando las piernas atrás, dándole así la posibilidad de ir más profundo.
La sujetó debajo de él, el cuerpo de Isabeau estallaba en llamas, él mantuvo el ritmo de golpes poderosos, martilleando una y otra vez, llevándola más y más profundamente a un vórtice de fuego. Conner sentía el cuerpo de Isabeau como si se fundiera en torno al de él, abrasándole, el orgasmo de ella justo fuera de alcance, pero creciendo, siempre creciendo. Isabeau se retorció bajo él, desesperada por la liberación.
La retuvo con su fuerza, su ritmo firme, rápido y duro, entrando tan hondo que tuvo miedo de perforarle la cerviz con cada golpe. Cada terminación nerviosa en llamas, ella sintió como sus músculos le sujetaban con fuerza. Se tensó, pero él la agarró con más fuerza y se hundió otra vez, haciendo que su cuerpo volara en un millón de fragmentos. Una neblina le cubrió los ojos y sintió como las llamas pasaban como rayos por las venas cuando una explosión le desgarró el cuerpo, le atravesó el estómago, los senos y bajó por los muslos, asentándose en su centro más profundo mientras sentía que los músculos agarraban a Conner. Sintió la liberación caliente de él derramándose dentro de ella, provocando otro incendio descontrolado que se precipitó sobre ella y la atravesó.
La respiración de Conner era entrecortada cuando se desplomó sobre ella, sosteniéndola cerca. Ella podía sentir la pesada erección, tan desesperada, casi brutal, calmarse lentamente mientras su cuerpo bañaba el de él en un calor líquido combinado. Las manos de Conner le enmarcaron la cara y la lengua se abrió paso en lo profundo de su boca.
– Te amo, Isabeau -susurró, mirándola a los ojos-. Cuando esto acabe, cásate conmigo y ten a mis niños.
El corazón de ella tartamudeó por un momento. Estaba en una situación delicada con las piernas arriba alrededor de las orejas y el cuerpo de él enterrado profundamente en el de ella, pero sus ojos no le dieron opción. Ella no tenía donde esconderse. Él quería la verdad. Ella no pudo encontrar el aliento para hablar así que asintió. Sintió que la tensión le abandonaba y rodó fuera de ella.
– Seré realmente agradable, cariño. Voy a dejarte dormir una media hora y luego vas a pedir clemencia. -Se arrastró a su lado y se desplomó otra vez, lanzando un brazo de manera posesiva en torno a su cintura y cerró los ojos.
Y él no estaba mintiendo.