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Isabeau pasó los siguientes cuatro días con Conner como su amo despiadado, un comandante brutal que demandó perfección de ambos, de Jeremiah y de ella. Tuvo que disparar armas durante horas, desarmarlas y volver a armarlas así como seguir trabajando en técnicas de combate. Jeremiah lo tuvo peor. Tuvo que cambiar a la carrera y el equipo entero fue despiadado con él. Afortunadamente, era muy capaz con un rifle, que ella podía decir que todos estaban impresionados con él.

Las siguientes cuatro noches las pasaron detrás de la cascada, con Conner como su amante exigente, un hombre que nunca se saciaba lo suficiente y que siempre empujaba por más. Había veces en que ella no estaba segura de si sobreviviría a la intensidad de su forma de hacer el amor, pero realmente no le importaba. Todo lo que importaba era la sensación de su cuerpo dentro del suyo y el amor en sus ojos cuando la reclamaba.

Capítulo 11

– Recuerda permanecer cerca de Elijah sin importar lo que ocurra. -Conner mantenía la mano sobre la puerta del coche, rehusándose a abrirla, aunque todo el mundo estaba esperando-. Una vez que entremos, no me mires. Cualquier persona de allí dentro puede estar trabajando para ella. Debes representar la mejor actuación de tu vida. E Isabeau… -le agarró la barbilla, mirándola directamente a los ojos con los suyos brillantes-. Yo también… yo también estaré actuando.

Isabeau tragó con fuerza y asintió.

– Lo sé, Conner. Puedo hacerlo.

– Si te metes en problemas, hazle una seña a Rio o a Elijah. Te sacarán de allí.

– Hemos repasado esto cien veces. -Tenía la boca seca y a pesar de todas sus buenas intenciones el miedo se había apoderado de ella. Deseaba aferrarse a Conner, pero en vez de ello, forzó una pequeña sonrisa-. Estoy lista.

– Vamos a repasarlo una vez más, solo para asegurarnos. Jeremiah estará afuera con un rifle, en un sitio elevado, entre los árboles. Puede dispararle a las alas de una mariposa; te protegerá cuando estés afuera. Si hay un problema…

– Me saco el broche del cabello.

– Esa es la señal para disparar. Si estás en problemas, úsala.

– Conner, estaré bien.

– Ella llegará tarde. No te pongas ansiosa ni te alarmes. Su destacamento de seguridad entrará primero y hará un barrido de la habitación buscando gente como nosotros. Tú destacarás, cariño. Eres una mujer leopardo y los dos renegados van a percibir que estás cerca del Han Vol Dan. Eso los sacudirá, los pondrá más agresivos. No puedes quedarte a solas con ninguno de ellos. ¿Entiendes?

– No estás hablando en otro idioma -siseó. La estaba poniendo más nerviosa. Todos y cada uno de los hombres del equipo ya le habían señalado lo mismo. Hasta Jeremiah.

Él entrecerró los ojos. Le quemaron.

– ¿Cómo? Si no vas a tomar esta amenaza seriamente, Isabeau, bien puedes quedarte aquí. En el coche.

Ella alzó las manos en el aire.

– Conner, me estás volviendo loca. Ya estoy lo suficientemente asustada. No tienes que seguir hablándome de esto. Sé lo que estamos haciendo. Sé lo que tienes que hacer y no tengo problemas con ello. Me quedaré muy cerca de Elijah, a menos que lo hayas amedrentado haciéndolo pensar que vas a matarlo si me mira de mal modo.

Sonaba tan exasperada, que Conner sintió que parte de la tensión que sentía abandonaba su cuerpo. Le hundió los dedos en el sedoso cabello.

– Lo siento, cariño. Quiero que estés a salvo. En este momento no puedo pensar en otra cosa aparte de eso. Dejarte entrar allí me resulta increíblemente difícil.

Ella le enmarcó el rostro con las manos.

– Para mí es peor dejarte entrar a ti allí. No le tengo miedo a Imelda Cortez.

– Deberías.

Ella le ofreció una ligera sonrisa.

– Debería haber dicho que mi gata no tiene miedo. Está tan cerca, Conner y la deseo. Quiero ser capaz de usar su fuerza para ayudarte.

– Tú solo mantente apartada de los renegados. No podrán resistirse a hacer el intento de encontrarse contigo a solas. Quédate con…

– Elijah. Sí. Creo que en este punto comenzamos la conversación. Entra. Yo estaré bien.

Se inclinó sobre él y le besó, agradecida por los cristales tintados de las ventanillas.

– Maldición, Isabeau -estalló Elijah-. Cuando salgas, todos nosotros tendremos que abrazarte, frotarte para que quede nuestro olor sobre ti, de otra forma los renegados podrán captar únicamente el aroma de Conner.

Rio miró a Conner furioso.

– Ese es un error de novato.

– Genial -musitó ella con rebeldía- van a pensar que soy una chica fácil y ligera.

– Estoy comenzando a pensar que Conner tiene razón y deberías permanecer en el coche -dijo Rio.

Isabeau puso los ojos en blanco y extendió la mano por encima de Conner para abrir la puerta de un empujón. No iba a permanecer en el coche.

Conner simplemente se encogió de hombros antes de dejarle ver sus dientes en una sonrisa conspiradora. Salió del SUV y por primera vez le echó un buen vistazo a la propiedad donde residía Philip Sobre, el jefe de turismo. Al hombre le había ido bien. La extensa mansión de seis pisos estaba sobre una pendiente con vista al bosque. Desde la galería se podían dominar las vistas panorámicas así como también desde cada balcón, terraza y ventana de la gran casa. Árboles, con siglos de antigüedad, se alzaban en todo su esplendor, para rodear la casa y señalar la dirección hacia el pequeño lago que brillaba a poca distancia.

La temperatura había empezado a descender y Conner podía oír los sonidos familiares de la selva tropical al caer la noche. El coro de ranas ya había comenzado, los anfibios de varios de los pequeños estanques y charcos de agua defendían sus territorios y lo hacían de la forma más melodiosa posible para atraer pareja. Más arriba, ocultos entre los grandes troncos y ramas, las ranas arbóreas hacían sonar sus extraños sonidos retumbantes, una canción que era más molesta, pero extrañamente reconfortante.

Se hizo a un lado y permitió que Elijah ayudara a Isabeau a salir del vehículo. Todo el tiempo estuvo abarcándolos con la mirada, mientras inspeccionaba la propiedad era agudamente consciente de ella. De la forma en que se movía. Del sonido de su voz. De la forma en que las sombras acariciaban amorosamente su rostro.

Una miríada de insectos se había unido a las ranas y las cigarras habían asumido un papel prominente en el coro. Más allá en la espesa negrura, su felino podía percibir e identificar otros roedores pequeños hurgando en el suelo del bosque. Tuvo el súbito impulso de cargar a Isabeau sobre el hombro y desaparecer en la oscuridad, a donde nadie pudiera encontrarlos jamás. Giró la cabeza para mirarla, a pesar de las órdenes que le había dado a ella de que debían aparentar indiferencia. No pudo evitarlo.

Y ese, suponía, era el principal problema que tenía con Isabeau. Desde el principio, cuando la tenía cerca carecía de control y disciplina. Le había enseñado a complacerlo. Él era el dominante en la relación y aún así ella le tenía en la palma de la mano. Estaba envuelta tan firmemente alrededor de su corazón que no tenía salida. No había forma de culpar a su felino o al de ella, esto se trataba de la mujer, de toda ella.

Sus ojos se encontraron. Dios, era hermosa, un espíritu brillante, resplandeciendo desde dentro hacia fuera. Iba a acudir a una fiesta llena de individuos corruptos que querían hasta el último dólar que pudieran robarle a la gente pobre que tenían a su alrededor. Ella acudía a la selva tropical a estudiar la manera de utilizar las plantas para curar a la gente. La mujer a la que iba a seducir era la peor de todas, no tenía ningún tipo de consideración por la vida humana. Su mujer quería que su hombre hiciera lo que fuera necesario para salvar niños que no eran suyos.

– Te amo -le dijo. Austero. Tosco. Frente a todos los demás.

Ella le dedicó una pequeña sonrisa y había orgullo en sus ojos.