– Difícilmente. Prefiero otras formas más placenteras de entretenimiento.
– Tal vez pueda hacerte cambiar de opinión. El placer y el dolor a menudo se mezclan con resultados sorprendentes.
Isabeau enarcó una ceja. Apenas había tenido unos minutos para formarse una opinión de Philip Sobre, pero dudaba que se necesitara mucho más que eso. El trabajo de Elijah era actuar como un primo sobreprotector mientras que ella debía mostrarse fastidiosa, entretenida y lo más seductora posible. Se especulaba que Sobre había estado visitando asiduamente a Imelda Cortez en su propiedad durante varios meses. Las visitas continuaban, pero ahora eran mucho menos frecuentes. Tenía la impresión de que Philip e Imelda compartían un fetiche similar acerca de usar los látigos sobre otras personas, pero no entre ellos.
– ¿El dar o el recibir? -preguntó ella con una pequeña sonrisa que esperaba fuera misteriosa y moderadamente interesada-. Creo que yo preferiría ser la dadora. -Su felina se agitó, rebelándose ante la cercanía del hombre, que exhalaba su aliento a menta sobre ella y la miraba con ojos ardientes. Le picaba la piel y sentía movimiento en su interior, como de garras desplegándose lentamente.
– En eso estoy de acuerdo contigo. Es exquisito observar el látigo cortando la piel. -Él inspiró y el aroma almizcleño de la excitación alcanzó la nariz de ella-. Empuñar el látigo, obtener el control y adquirir ese toque perfecto es una forma de arte.
– ¿Una que has estudiado? -Isabeau se giró para enfrentarlo, recostando una cadera contra la pared y mirándolo por encima de la copa de vino que estaba fingiendo tomar. Philip Sobre era un sádico. Se había excitado sexualmente ante la idea de rasgarle la piel con el látigo a una persona indefensa. Los rumores acerca de Imelda Cortez proliferaban. Su crueldad era legendaria, como antes había sido la de su padre. Era natural que gravitaran uno hacia el otro. Y Philip estaba en posición de conseguir un interminable suministro de victimas para compartir con Imelda.
– Por supuesto -dijo Philip-. Extensamente. -Sus ojos tenían una expresión ardiente y especulativa que hizo que a Isabeau se le revolviera el estómago a modo de protesta.
Había vivido gran parte de su vida en la selva tropical. La disparidad económica entre ricos y pobres era enorme. El ardiente calor de la jungla a menudo hacía aflorar lo peor de la gente y la lejanía de la civilización a veces atraía a los más depravados, a los que pensaban que estaban por encima de la ley y que les estaba permitido hacer lo que quisieran. Creían que los nativos eran inferiores a ellos y que si desaparecían unos cuantos nadie los extrañaría. Había visto esa actitud muchas veces en su vida, pero Philip era descarado al respecto.
Ella mantuvo su sonrisa y se sintió agradecida cuando Elijah cruzó la habitación, se puso a su lado y la tomó por el codo. Ella sabía que Philip percibía a Elijah como a un tiburón, que era la misma opinión que tenía de sí mismo. Elijah se inclinó para susurrarle al oído, sin quitarle los ojos de encima a Philip.
– Sigue así, te ves indiferente y serena con la justa pizca de altivez. Supongo que los videos de seguridad están siendo revisados en este mismo momento. Ella se sentirá intrigada por el interés que Sobre demuestra por ti. Y no hay forma de que pasen por alto a Conner merodeando entre las sombras.
Ella le sonrió y le tocó la mejilla afectuosamente, mostrándose lo más cariñosa posible. Era extraño. Ella conocía los antecedentes de Elijah, de donde provenía y lo que había hecho en su vida, la mayor parte de lo cual no era bueno y aún así tenía una esencia límpida. Philip llevaba la depravación adherida. Le resultó difícil evitar mirar en dirección a Conner mientras Elijah la llevaba de regreso hacia donde estaba Marcos, que la recibió alzando su copa de vino y haciéndole un chiste. Fue muy consciente del momento en que Philip se les unió, situándose junto a ella, con lo cual quería hacer ver a todos que a pesar de la clara advertencia que Elijah le había dado, se sentía a salvo bajo la protección de Imelda Cortez.
Definitivamente allí mandaba Cortez. Se podían ver señales de ello en el sistema de seguridad y en las armas que poseían los guardias de Philip. Las armas eran demasiado sofisticadas para los hombres que las portaban. Este era el ejército personal de Sobre, no el de Imelda y Philip era demasiado perezoso o demasiado tacaño para emplear mercenarios o ex soldados. Tal vez no creía que fuera necesaria la seguridad, de la misma forma en que Imelda creía que sí. Pero Imelda y Philip definitivamente estaban asociados, sino él no tendría esas armas y ese sistema de seguridad. Como jefe de turismo, estaba en posición de ayudarla a sacar sus drogas del país. Y obtenía un cheque abultado por sus servicios.
Isabeau se dio cuenta de que Philip intentaba ejercer su supuesto encanto con Marcos. Marcos era un hombre mayor y probablemente Cortez pensara que podía seducirlo o chantajearlo para que hiciera negocios con ella si la oferta de negocios que le hacía no era tan bondadosa como él esperaba. Elijah era otra cosa. Joven. Viril. Con reputación de ser un dictador despiadado de su cártel. Sus hombres eran extremadamente leales y sus enemigos tendían a morir rápidamente. Ninguno de ellos había esperado que estuviera con Marcos.
En otra media hora Imelda estaría allí y la tensión se dispararía hacia las nubes. Mientras tanto, el equipo intentaría obtener la mayor cantidad de información posible acerca de Sobre sin preguntar nada acerca de Cortez. Él tendría que sacar el tema e Isabeau estaba segura de que lo haría puesto que ya estaba mencionando nombres de celebridades que habían cenado con él o uno de sus asociados. Era un hombre vanidoso y pomposo, pero no iba a subestimarlo. No había llegado a la posición que ocupaba por ser estúpido.
– Tiene una casa hermosa, señor Sobre -le dijo-. Es algo… inesperado.
Él se acicaló y se pavoneó un poquito.
– Estamos bastante a la moda incluso aquí en este lugar. -Le sostuvo la mirada-. Aquí hacemos nuestras propias reglas y vivimos como queremos.
Por encima de la copa de cristal le dedicó una sonrisa bella y frívola.
– Bueno parece estar haciendo un buen trabajo. ¿De dónde ha sacado todos estos sirvientes?
Utilizó la palabra sirviente a propósito, haciendo que su tono fuera un tanto despectivo al señalar a la mujer uniformada. Casi todos eran mujeres pero notó un par de hombres recorriendo la habitación. Tenía la certeza que no formaban parte de la seguridad. Mantenían la mirada baja al llenar las bandejas con comida y moverse entre los invitados. Algunas mujeres vestidas con costosos atuendos los recorrían con sus manos, tocándolos de forma inapropiada. Estaba dispuesta a apostar que los hombres y las mujeres que subían a los pisos superiores se beneficiaban de otros servicios que se les exigía a los sirvientes que prestaran… y lo más probable era que los invitados fueran filmados secretamente mientras se divertían.
Sabía que su equipo pensaba que solo tendrían una hora o dos antes de que Imelda llegara. Todo lo que Isabeau sabía acerca de la mujer indicaba que era alguien que deliberadamente haría que los que la rodeaban se sintieran inferiores. Imelda se mostraría fría, cortante y hasta cruel con aquellos que creyera inferiores a ella. Si en verdad era Imelda la que le daba órdenes a Philip, él solo tenía hasta que la mujer apareciera para convencer a Isabeau de que era alguien importante. Después de eso, Imelda lo denigraría.
Debido a que pensaba que era prima de Elijah, Sobre contaba con que ella supiera a qué se dedicaba Elijah. Como jefe de un cártel propiedad de una peligrosa familia Elijah debía ser considerado a la misma altura que Imelda. Lo que todos se preguntaban era si Marcos estaba relacionado con él y era parte de ese cártel o si venían juntos para negociar una alianza.
Marcos le acarició el trasero a una criada y la mujer desvío la vista y le permitió una inspección más cercana. Isabeau mantuvo la expresión inalterable cuando en realidad quería arrojarle su copa al hombre mayor. ¿Qué sabía acerca de él? ¿Por qué los demás le permitían comportarse de esa forma? Se obligó a respirar, a absorber los aromas que había a su alrededor para que su felina los procesara.