– Supongo que sí. ¿No es increíble como la palanca adecuada puede hacer cambiar de opinión a la gente?
Philip se infló otra vez, viéndose extremadamente complacido, como si en ese preciso momento se hubiera ganado a Elijah Losposotos, el infame señor de las drogas. Isabeau se dio cuenta que la ruina de Philip era su vanidad. No tenía suficiente gente que admirara sus habilidades y necesitaba una audiencia. Sus actividades criminales lo aislaban de la mayoría. Solo tenía a sus víctimas y a Imelda Cortez para que vieran su verdadera personalidad y para él, Imelda representaba un peligro. Aquí había un grupo de tiburones. Lo reconocía y quería formar parte de él.
– Elijah -dijo Marcos- tal vez podamos quedarnos unos pocos días más y disfrutar de las ofertas de la pequeña ciudad que Philip tiene aquí.
Isabeau no podía creer la transformación que había sufrido de hombre jovial, cariñoso y paternalista a hombre ávido de excesos, buscando desbocarse y tomar parte en cualquier depravación que pudiera. Su rostro estaba algo ruborizado, tenía los ojos nublados, como si hubiera bebido un poco demás y miraba a las mujeres un poco demasiado tórridamente. Se sintió incómoda, casi creyéndose su actuación. Elijah le acarició la espalda con la mano, la rozó, tocándola apenas, pero sabía que Philip había captado el movimiento por el rabillo del ojo. Ella interpretó su papel, levantó la mirada hacia Elijah y le sonrió levemente, sonrojándose apenas.
Su felina saltó, se ubicó a flor de piel, protestando ante el toque de otro hombre. Oyó el gruñido en su mente, y el impulso de apartarse de ellos y salir de allí fue poderoso. Le picaba la piel.
Rio volvió la cabeza para mirarla. En las sombras, Conner se agitó. Felipe y Leonardo se movieron apenas lo suficiente como para ocultarla a la vista de la mayor parte de la gente de la habitación. Elijah bajó la cabeza acercándose mucho pero sin tocarla.
– Respira para apartarla. Tranquilízala -le aconsejó, manifestándose increíblemente íntimo, su rostro una máscara de ternura.
Isabeau respiró hondo, intentando no entrar en pánico. Sabía que la felina quería salir. No le gustaba el aroma predominante a decadencia y corrupción. Le dolían las articulaciones. La mandíbula. Hasta los dientes. Se le encorvaron los dedos y le ardieron las puntas. Para su horror pudo ver la piel separándose a lo largo de la palma de su mano. Jadeando, cerró la mano y ordenó mentalmente a su gata que obedeciera.
Capítulo 12
Isabeau no permitiría que su gata surgiera aquí, en medio de este grupo loco y volara sus oportunidades de eliminar a estas personas repugnantes. Eso no iba a suceder. Siseó a su gata, de repente furiosa por que la criatura eligiera este momento para decidir surgir. Había tenido su oportunidad en la selva tropical cuando Conner estuvo con ella y podía haber sido una experiencia maravillosa.
– Tú. No. Lo. Harás. -Siseó cada palabra entre los dientes, manteniendo la cara cerca del pecho de Elijah. No se atrevía a tocarle, aunque necesitara desesperadamente tranquilidad. Estaba agradecida de que Conner no se apresurara a su lado. Dudaba que pudiera permanecer bajo control si lo hacía. Se habría lanzado a sus brazos, en medio de su temor creciente. Trató de pensar como él. Conner estaba siempre tranquilo. Se negaba a mostrar temor o a permitir que el temor lo paralizara. ¿Qué había dicho él? Que su gata formaba parte de ella. Y ella ciertamente podía controlarse.
Tomó otro aliento y forzó su voluntad sobre la gata furiosa, respirando por ella, calmándola, susurrándole en la cabeza. Conner era su compañero. No había ningún otro. Esto era todo por Conner. Para protegerle. Para proteger a su gato. Perdió la pista de lo que estaba diciendo e incluso del paso de tiempo, confiando en que Elijah y Marcos siguieran con la conversación que fluía en torno a ellos. Philip continuaría creyendo que ella estaba bajo el control de Elijah y que él la deseaba para que estuviera a su lado, como su adorno y nada más.
Le llevó varios minutos a su gata someterse a su control, calmándose pero dando a conocer sus necesidades, dejando a Isabeau con un elevado estado de sensibilidad y conciencia. Todos los sentidos estaban agudizados. El cuerpo le dolía, cada músculo, cada articulación. Los senos estaban tan sensibles, que cada vez que se movía, los pezones rozaban el sujetador de encaje y enviaban una corriente eléctrica crepitando directamente a la unión entre las piernas. Se dolía por Conner, en busca de alivio.
Era una venganza apropiada, pensó. Había negado la salida de su gata, pero no podía detener las necesidades de su especie. El Han Vol Dan. Ese momento misterioso cuando su felina era puesta en libertad y se unía por completo con su forma humana. El asombroso celo del leopardo hembra, surgiendo con un hambre desesperada e insaciable que nunca podía ser saciada por cualquier otro que su compañero.
– Buena chica -susurró Elijah en su oreja, pareciendo íntimo, pero cuidadoso de no tocarla e incurrir en la ira de su leopardo hembra.
Antes de que ella pudiera contestar, el cuarto se quedó silencioso cuando cuatro hombres con pantalones y camisas negras entraron por las dobles puertas. La entrada estaba diseñada para ser dramática y lo fue. Llevaban armas automáticas, llevaban oscuridad, gafas de sol de espejo y a Isabeau le parecieron gánster de televisión. El estómago se le apretó cuando presintió la reacción instantánea del leopardo de Elijah.
La tensión en el cuarto era sorprendente, casi al punto de ruptura cuando los hombres empujaron a las parejas contra la pared y empezaron sistemáticamente a registrarles. Era una muestra de poder, lisa y llanamente, una lección para demostrar quien estaba realmente al cargo. El ultraje en las caras de las parejas era aparente, pero ni una sola persona protestó.
La música que sonaba acompañaba el sonido de las respiraciones entrecortadas, los gruñidos y los jadeos ultrajados mientras las mujeres eran registradas. Elijah y Marcos miraron sin inmutarse como los cuatro hombres se acercaban más y más, pero ninguno se movió. Isabeau se quedó cerca de Elijah, el estómago se le llenó de nudos cuando el equipo de seguridad se acercó más. Sabía que este tipo de búsqueda era excepcional y era simplemente la manera que tenía Imelda de hacer una dramática gran entrada, pero con su elevada sensibilidad podía sentir a los hombres alrededor de ella, como su energía se volvía más peligrosa mientras los guardias se acercaban.
Justo cuando dos de los hombres vestidos de negro alcanzaron a Marcos y Elijah, Conner surgió de las sombras, colocando su cuerpo sólidamente en su camino. Rio, Felipe y Leonardo estaban allí también. Se habían movido tan rápidamente que ella pensó que debía haber parpadeado. Elijah, muy suavemente, la empujó detrás de él.
Conner miró directamente a esas gafas de espejo.
– No lo creo. -Su voz fue tranquila, pero era un látigo, un desafío.
– Registraremos a todos.
La sonrisa de Conner fue lenta y no hubo humor en ella.
– Estarás muerto antes de que les pongas un dedo encima a estos tres. Pero siempre eres bienvenido a intentarlo.
La boca de Isabeau se le secó. Estaba provocando a los guardias deliberadamente. Estaban enviando su propio mensaje a Imelda. La mujer era conocida por su locura. Podía ordenar a sus hombres que abrieran fuego con las armas automáticas, matando a todos en el cuarto. Las otras parejas en el cuarto estaban claramente sorprendidas, jadeando. Una mujer comenzó a llorar pero su compañero la hizo callar rápidamente.
Conner nunca apartó la mirada, los ojos puro gato. Parecía relajado. Parecía… Mortal. Hizo que los hombres que tenía enfrente parecieran pequeños.
El hombre más cercano a él habló por la radio.
– Martin, tenemos un problema aquí dentro.
Casi inmediatamente dos hombres entraron en la sala. Ambos tenían la constitución de los leopardos y se movían con fluido poder. La felina de Isabeau reaccionó con un gruñido y saltó. Ella vio, porque le estaba mirando, como Conner flexionó los dedos sólo una vez cuando el hombre que se consideraba que había matado a su madre entró en la sala. Isabeau reconoció a Suma por la aldea y el estómago se le rebeló ante la vista de él, casi tanto como a su gata.