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Acostumbrados a la obediencia instantánea y a que la gente se encogiera ante cualquier oposición, Martin Suma y Ottila Zorba empujaron a la fuerza de seguridad a un lado y estuvieron casi nariz con nariz con Conner antes de que los golpeara a que se estaban enfrentando exactamente. Martin se encontró mirando fijamente los ojos concentrados de un asesino. Conner sonrió. No fue una sonrisa agradable. La tensión en el cuarto se estiró casi al punto de ruptura mientras los dos se miraban fijamente el uno al otro.

Ottila, el que no estaba encerrado en un combate con Conner, inspeccionó la seguridad en busca de los dos visitantes, reconociéndolos instantáneamente como leopardos. Inhaló bruscamente y atrajo el olor de hembra cerca del Han Vol Dan a su cuerpo. Inmediatamente su felino reaccionó, todo macho, el hambre le invadió, una oscura necesidad que lo abarcaba todo. Miró más allá de los otros y se centró en el objeto de su deseo.

Martin fue el siguiente en captar el olor y su mirada se movió bruscamente a la mujer que estaba detrás del hombre al que conocía como Elijah Lospostos, cabeza de un gran cártel de droga y según todas las cuentas un hombre muy poderoso y peligroso. Sólo entonces se dio cuenta de que no sólo eran leopardos el equipo de seguridad, sino que la mujer y los dos visitantes también lo eran. Estaba frente a siete leopardos, todos armados. La auto supervivencia fue fuerte y le dictó que retrocediera inmediatamente.

Isabeau vio el conocimiento que golpeó a los dos guardias casi al mismo tiempo. Los ojos les brillaron con maldad. Ella nunca querría encontrarse con ninguno de ellos a solas en una noche oscura. Estos eran los hombres que habían raptado a los niños y matado a varios aldeanos y a la madre de Conner. No podía controlar el latido desenfrenado de su corazón.

Elijah alcanzó detrás de él, un gesto casual y apacible y le colocó la mano en el brazo. Ese pequeño toque la calmó. Inhaló y se forzó a respirar normalmente, ralentizando el pulso. No podía tener miedo de ellos. Su gata detestaba el olor de los dos leopardos renegados, pero reconoció a Conner inmediatamente, casi ronroneando ante su cercanía.

Una conmoción atrajo a la puerta su atención. Isabeau se asomó en torno a Elijah y captó el primer vistazo de Imelda Cortez. Llevaba un vestido largo y fluido de color rojo sangre, a juego con las largas uñas y el pintalabios. El pelo, tan negro como el ala de un cuervo, estaba recogido en un intrincado moño para que las deslumbrantes gemas de las orejas y la garganta resaltaran. El vestido estaba cortado casi hasta el ombligo para que los globos perfectos de los senos asomaran hacia fuera, haciendo que Isabeau se sintiera apagada e infantil en comparación.

Imelda entró en el cuarto con los afilados tacones carmesí, los ojos oscuros se posaron instantáneamente sobre Conner, su mirada hambrienta le devoró en un examen lento y ávido que se embebió de los hombros anchos y el ancho pecho. No había error en el aura de peligro que él exudaba e Imelda inhaló bruscamente, los senos subiendo y bajando, con el serio peligro de que se desparramaran fuera del vestido.

La gata de Isabeau se volvió loca, desgarrando, arañando y gruñendo, reconociendo a una enemiga, desesperada por la libertad de destruirla. Por un momento terrible Isabeau estuvo segura de que no podría evitar que su leopardo surgiera y matara a la mujer en un ataque de furia. Los músculos se le retorcieron. Los huesos estallaron. El dolor explotó en su mandíbula y la boca pareció llenársele de dientes.

¡No! ¡No lo harás! Luchó contra el leopardo. Él nos necesita. A ambas. Llenó la mente de la gata con Conner, extrajo fuerza de él, de su amor a él. Y ella le amaba con cada fibra de su ser. Haría esto por él.

Imelda Cortez era alta y delgada, muy a la moda, pero le recordó a Isabeau una mantis religiosa, un insecto preparado para golpear a su presa a la primera oportunidad que tuviera. La mirada ávida de Imelda se deslizó con desdén sobre Isabeau una vez, pero se movió rápidamente a los hombres del grupo, un nuevo suministro de hombres para su apetito voraz. Eso les dijo a todos que Imelda no era leopardo o parte leopardo. Habría sabido que Isabeau estaba cerca del Han Vol Dan y que por lo tanto era su amenaza más grande. Los dos leopardos renegados estarían consumidos por su presencia. Su deber hacia Imelda estaría en segundo lugar frente a su necesidad de aparearse con un leopardo hembra en medio del Han Vol Dan.

Imelda se movió a través del cuarto, consciente de que todos los ojos estaban sobre ella. Frunció los labios e hizo un pequeño ruido de cloqueo, sacudiendo la cabeza.

– Esta no es manera de tratar a los invitados de Philip, Martin. -Deslizó los dedos juguetonamente por el brazo de Conner-. ¿A quién tenemos nosotros aquí?

La gata de Isabeau dio un gruñido violento, pero se calmó bajo el control creciente. Conner ni siquiera miró a Imelda. Su mirada permaneció fijó y centrada en Martin. Había una amenaza allí, muy real y Martin no se atrevió a moverse, ni con Imelda claramente dándole la señal de retroceder.

– Conner -dijo Marcos en tono bajo-. Creo que tiene el mensaje.

Conner retrocedió un paso inmediatamente, sin apartar nunca los ojos de Martin. El leopardo renegado retrocedió también y rompió la mirada, mirando a su empleadora. Había un fino brillo de sudor en su frente.

Imelda dio una inhalación de desprecio y le entregó un pañuelo.

– Límpiate. Pareces ridículo. -Se deslizó cerca de Conner y le pasó el dedo por el pecho esta vez, una invitación patente, los senos casi tocándole, su perfume le tragó, los ojos le devoraron-. Muy pocos hombres pueden vencer a mis guardias.

Martin se revolvió como si fuera a protestar. La mano de Imelda subió y ondeó lánguidamente.

– Vete, Martin. Me aburres.

Martin miró a Isabeau, los ojos le brillaron peligrosamente y luego miró una vez más a su jefa. El odio estalló brevemente y se giró con brusquedad, gesticulando a los otros guardas de seguridad, que se dispersaron por el cuarto. Sólo entonces, miró Conner a Imelda. Isabeau contuvo la respiración. No había expresión en absoluto en su cara.

– Perdone, señora. -Se movió en silencio de vuelta a la pared donde las sombras del cuarto se lo tragaron.

– Oh -dijo Imelda, ventilándose-. Tiene buen gusto en protectores, Marcos. Soy Imelda Cortez.

Marcos se inclinó galantemente sobre su mano.

– Un placer conocerla, Imelda, ¿puedo llamarla Imelda?

– Por supuesto. Creo que seremos grandes amigos. -Le dirigió una sonrisa encantadora, deslumbrante e hizo pucheros con los labios.

La conversación empezó cuidadosamente alrededor de ellos una vez más. Imelda no pareció advertir el caos que sus hombres habían causado. O más bien, lo sabía, decidió Isabeau, pero no le importaba que fuera inconveniente para cualquiera. Prosperaba en el drama que creaba.

– Puedo presentarte a Elijah Lospostos y a su encantadora prima pequeña, Isabeau.

– Querida prima -corrigió Elijah, convirtiéndola instantáneamente en prohibido para las atenciones de Philip o de cualquiera de sus hombres.

– Elijah -murmuró Imelda-. Tu… reputación te precede.

– Toda bueno, estoy seguro -contestó Elijah con suavidad y se agachó sobre su mano, aunque no fingió permitir que los labios rozaran la piel.

– Por supuesto -estuvo de acuerdo Imelda con una sonrisa fingida y concentró su atención en Isabeau-. Querida, que vestido tan encantador. ¿Quién es el diseñador? Debo tener uno.

Elijah contestó, tomando el codo de Isabeau, le hundió los dedos en la piel. La mirada aguda de Imelda no podía dejar de ver la señal a Isabeau para que no hablara.