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– Traje el vestido para ella de una de nuestras pequeñas boutiques en Estados Unidos. Viajo bastante a menudo y cuando vi éste, supe que sería perfecto para ella. Es de su tipo y conviene a su apariencia menos dramática.

Isabeau oyó la pequeña mordedura en su voz, implicando que la inocencia del vestido de Isabeau nunca convendría a alguien que llevaba el vestido rojo que revelaba medio cuerpo de Imelda. Contuvo la respiración, temerosa de que Elijah estuviera contrariando a la mujer, pero Imelda lo tomó como un cumplido. Se pasó la mano por la cadera, acariciando la tela y haciendo que los pechos sobresalieran, dándole la espalda a Isabeau como si ella fuera de poca importancia, Isabeau se dio cuenta de que esa era la intención de Elijah, cerciorarse de que Imelda no la viera como una amenaza de ninguna manera.

Intentó no permitir que el dejarla de lado socavara la confianza en sí misma. Nunca se había considerado hermosa. Era curvilínea, con un poco más de peso de lo que estaba de moda, pero tenía un gran cabello y una buena piel. No creía que pareciera gris pero junto a Imelda probablemente lo hacía. La risa cantarina de Imelda la irritó y la manera en que se movía en el centro del círculo de hombres, como si perteneciera allí, la irritó aún más.

Una quietud cayó sobre la multitud otra vez y las cabezas comenzaron a girar hacia la puerta. Isabeau se encontró siguiendo las miradas de los otros. Un guardia, obviamente uno de los de Imelda, empujaba una silla de ruedas en el cuarto. El ocupante parecía estar en la ochentena, un hombre delgado y bastante guapo con espeso cabello plateado. Llevaba el traje como si hubiera sido hecho para él, lo cual probablemente era el caso. Su sonrisa era amable, incluso benévola, gesticuló hacia varias personas y los saludó por su nombre mientras se empujaba entre la multitud.

Las personas se estiraban para tocarlo. Cada vez que alguien le saludaba, se paraba y hablaba durante unos pocos momentos antes de continuar. Las parejas le sonreían. Él parecía conocer el nombre de todos y preguntaba por los niños o los padres. Imelda suspiró y golpeó con el pie impacientemente.

– Mi abuelo -anunció-. Es muy querido.

Parecía molestarla que su abuelo fuese tan popular entre la gente. Isabeau adivinó que alejaba la atención que ella anhelaba. El hombre levantó la mirada de repente y ella pudo ver sus ojos a través de las gafas gruesas. Viejos y débiles, eran más grises que negros, pero parecían verdaderamente interesados en lo que le rodeaban. No podía imaginar que una criatura tan inmoral y malévola como Imelda pudiera estar relacionada con este hombre.

– Por amor del cielo, abuelo -dijo con brusquedad Imelda y se separó del grupo-. Tenemos invitados importantes -siseó en su oreja, empujándose entre su silla y el guardia. Tomó el control de la silla ella misma y lo empujó por la multitud restante a su pequeño rincón del cuarto-. Ven a conocer a Marcos Santos y Elijah Lospostos. Este es mi abuelo, Alberto Cortez. Es un poco duro de oído -se disculpó.

Marcos y Elijah le estrecharon la mano y le saludaron con respeto y una deferencia que no habían mostrado con Imelda. Alberto sonrió a Isabeau.

– ¿Y quién es ésta?

– La prima de Elijah, abuelo -dijo Imelda, su tono irascible.

– Isabeau Chandler, mi prima -la presentó Elijah con una pequeña y cortés reverencia.

Tomó la mano de Isabeau con ambas manos. La gata siseó, la piel todavía demasiado sensible para el contacto.

– Encantadora, eclipsa a todas las mujeres de aquí.

Imelda puso los ojos en blanco.

– Por favor perdone al anciano, él siempre ha sido un hombre encantador.

– Es usted muy encantador -Isabeau se dirigió directamente a él, sin mirar a Imelda, sintiendo un poco de compasión por él. Imelda le trataba como a un tonto chocho, cuando era obvio que el cerebro era agudo y funcionaba completamente-. Me alegro que haya venido.

Él le guiñó, ignorando también a su nieta.

– ¿Están hablando de negocios otra vez?

– Creo que estaban a punto.

– La música es un poco salvaje, pero la comida es buena y las mujeres son magníficas. ¿Qué está equivocado con los hombres de hoy en día que creen que el negocio lo es todo? No se dan cuenta de que el tiempo vuela y que deberían tomarse el tiempo de disfrutar de las pequeñas cosas. -Levantó la mirada a las caras que le rodeaban-. Pronto serán viejos con poco tiempo.

Dos banderas rojas mancharon la cara de Imelda.

– Dispénsele, por favor. Dice muchas tonterías.

– No, no, querida -Marcos le tocó el brazo-. Dice la verdad. Pienso disfrutar de mi mismo inmensamente mientras estoy aquí. Estoy de acuerdo, el entretenimiento y el placer son muy importantes. -Su mirada barrió el cuarto y se iluminó sobre Teresa, que devolvía una bandeja vacía a la cocina-. Sólo una pequeña cantidad de negocios y nos divertiremos con amigos, ¿correcto, Elijah?

– Por supuesto, Marcos.

Alberto frunció el entrecejo.

– Perdone a un anciano, Elijah, pero conocí a su tío. Oí que murió en un accidente en Borneo. Acepte mi pésame.

Elijah inclinó la cabeza.

– No tenía la menor idea de que ustedes dos se conocían.

– Brevemente. Sólo brevemente. Usted y su hermana eran muy jóvenes cuando le conocí. ¿Dónde está su hermana? Había oído que desapareció también. Tal tragedia, su familia.

– Rachel está viva y bien. Hubo malos asuntos. -Elijah se encogió de hombros casualmente. Los ojos estaban sin vida y fríos-. Un enemigo lo bastante estúpido para tratar de utilizar la amenaza de mi hermana contra nosotros.

– ¿Está viva entonces? Bueno. Bueno. Una hermosa chica. No había oído que había sido de ella. Debería haber sabido que usted se ocuparía de cualquier problema.

Elijah le envió una sonrisa fría.

– Siempre me ocupo de lo mío. Y de mis enemigos.

– ¿Puedo pedirle prestado a su hermosa prima mientras habla de negocios? Sólo un ratito. Podemos pasear por los jardines. Mi hombre estará con nosotros para cuidarla. Y quizás uno de sus hombres nos puede acompañar también, si prefiere.

Imelda frunció el ceño.

– Eso es tonto, abuelo. Philip tiene seguridad por todas partes. ¿Qué podría sucederos a cualquiera de los dos?

Elijah lo pensó. El jardín era completamente visible desde la posición de Jeremiah. No debería haber ningún problema. Se llevó la mano de Isabeau al pecho.

– Creo que eso sería agradable para ti, Isabeau, mejor que escuchar aburridos negocios. -Le metió un mechón de pelo detrás de la oreja-. Enviaré a Felipe contigo.

– Eso no es necesario -dijo Isabeau-. Preferiría que te vigilara.

Alberto hizo gestos a su guardia.

– Este es Harry. Ha estado conmigo durante diez años. -Acentuó el conmigo.

Imelda suspiró y puso los ojos en blanco.

– Oh, por Dios. Vamos. Philip, llévanos a tu cuarto seguro. El abuelo y tu pequeña prima pueden hacer lo que quieran. -Los ojos ya habían ido a las sombras, buscando el guardaespaldas de Marcos.

Conner se movió en el momento que Marcos lo hizo, cayendo suavemente detrás de él. No les miró, pero su mirada se movió inquietamente por el cuarto, controlando a todos. Daba la apariencia de ser capaz de describir con todo detalle a todas y cada una de las personas, e Isabeau estaba segura de que probablemente podría.

– Venga conmigo y haga feliz a un anciano, Isabeau -animó Alberto-. Permítame mostrarle el jardín de Philip. El no es un hombre con el que quiera pasar tiempo, pero adora las cosas hermosas. Su gusto es impecable.

Ella tuvo que estar de acuerdo con que la casa, el trabajo artístico e incluso los muebles portaban el sello de alguien que adoraba las cosas hermosas. Pasaron por la caja llena de instrumentos de tortura y tiritó, atemorizada de que esas cosas hubieran sido utilizadas numerosas veces con personas reales.