Alberto se estiró y le tocó la mano. Otra vez su gata saltó y siseó y la piel ardió ante ese toque casual. Estaba cerca de surgir. Demasiado cerca. Y ese era un pensamiento aterrador. De repente deseó que Conner la sostuviera cerca. Estaban atrincherados firmemente en una casa de engaños con asesinos despiadados que fingían ser civiles. La multitud parecía suficientemente amistosa y muy curiosa, pero ella no podía confiar en ninguno de ellos tampoco.
Arrancó la mano suavemente, tratando de no molestarle. Alberto Cortez había sido la cara más amistosa que había visto.
– ¿Siempre ha vivido aquí? -preguntó, tratando de charlar.
– Mi familia es una de las más antiguas de Colombia. Nuestras propiedades se han expandido con el tiempo. Mi hijo fue el primero en tener interés en Panamá. Yo no estuve de acuerdo con sus decisiones, pero él tenía una voluntad fuerte y su hija es muy parecida a él. -Alzó la mirada a su asistente-. ¿No es cierto, Harry?
– Es cierto, señor Cortez -reconoció Harry, moviéndose fácilmente entre la multitud. Su voz era amable y su tono cariñoso.
– ¿Cuántas veces te he dicho que me llames Alberto? -preguntó el anciano.
– Probablemente un buen millón, señor Cortez -admitió Harry.
Isabeau se rió. Le gustó más el anciano por su compañerismo fácil con su guardaespaldas.
Alberto juntó las cejas.
– ¿Y tú, joven Isabeau? ¿Tendré el mismo problema contigo? El me hace sentir viejo.
– Está siendo respetuoso.
– Puede respetar a Imelda. Parece necesitarlo. Yo preferiría ser el simple Alberto, cuidando de mis plantas favoritas en mi jardín.
– ¿Es jardinero?
– Adoro trabajar con las manos. Mi hijo y mi nieta no comprenden mi necesidad de la tierra y de tener los dedos en la tierra.
– Adoro las plantas -dijo Isabeau-. Algún día tendré mi propio jardín también. En este momento, he estado catalogando plantas medicinales que se encuentran en la selva tropical. Lo he hecho aquí y en Borneo. Me gustaría ir a Costa Rica luego. Las plantas son asombrosas con los variados usos. La gente no tiene la menor idea de cuán valiosas son para las medicinas y estamos perdiendo las selvas tropicales demasiado rápido. Perderemos esos recursos si no conseguimos que los investigadores se muevan… -Se calló con una pequeña risa-. Lo siento. Es una pasión mía.
Harry rodeó la silla para abrir las puertaventanas que llevaban al jardín. Ella las mantuvo abiertas para que pudiera sacar a Alberto. El jardín era enorme, húmedo y vívidamente verde. Los árboles se disparaban hacia arriba, enviando paraguas de verdor que les protegían del cielo nocturno. Caminó al banco más visible al lado del bosque donde sabía que Jeremiah estaba oculto. Él los tendría a la vista y ella se sentiría un poco más tranquila, sabiendo que estaba allí.
Un riachuelo hecho por el hombre desbordaba sobre las piedras, ondeando por el jardín para culminar en una serie de pequeñas cascadas. Su cuerpo se tensó un poco ante el sonido del agua, recordándole la sensación del cuerpo de Conner moviéndose dentro del suyo. Respiró hondo y lo dejó salir, inhalando el olor a rosas y lavanda.
Las frondas de encaje de varios helechos forraban la corriente y las flores convertían un banco inclinado en un derroche de color. Reconoció la mayor parte de las plantas y se asombró de cuán hermosa era la disposición.
– Philip tiene un jardinero extraordinario. Mire cómo está todo colocado. Está más allá de hermoso.
Alberto sonrió.
– Estoy contento de que lo apruebe.
Ella giró la cabeza, asombrada.
– ¿Usted? ¿Usted diseñó este jardín?
Él inclinó la cabeza.
– Un pasatiempo mío.
– Tiene mucho talento. Esto es arte, señor Cortez.
Alberto comenzó a reír y Harry se le unió.
Isabeau le sonrió.
– Perdón, Harry me pagó por decir eso.
Alberto rugió con risa.
– Es muy buena para este anciano, Isabeau. Creo que paso demasiado tiempo sólo. Eche un vistazo y dígame que piensa.
– ¿No le importa?
– No, ya lo he visto todo, ¿recuerda? Sólo quiero mirar su cara cuando descubra todas las variadas plantas. Creo que apreciará este lugar más que cualquier otro.
La debilidad de Isabeau eran las plantas. No pudo resistir la invitación. Además, era curiosa.
– El jardín abarca un acre entero. La corriente lo rodea y el terreno está aplanado, así que utilicé eso en mi ventaja cuando diseñé la disposición -explicó-. Quería que todo fuera natural pero controlado.
– ¿Tiene un jardín en casa como éste?
– No exactamente. No lo separé de la selva tropical. Tomé lo que crecía naturalmente y lo organicé un poco.
Harry bufó burlonamente.
– Él no dice la verdad exacta, Señorita Isabeau. Usted jamás ha visto nada como eso. Su jardín es mucho más hermoso que éste. Las orquídeas están por todas partes. Cuelgan de los árboles como cadenas de flores fluyendo arriba y abajo por los troncos. Incluso los árboles y vides son mantenidos con formas…
Alberto tocó el brazo de Harry.
– He hecho un entusiasta de él.
– No tuve elección -admitió Harry.
– Él es mis piernas -dijo Alberto-. Una vez estuve confinado en la silla, pensé que mis días de horticultura habían acabado, pero Harry encontró un modo de continuar.
Harry se encogió de hombros.
– No le diré que disfruto de ello. Ha estado deseando que admitiera eso desde siempre, pero tengo que tener algo para sostener sobre él para mis aumentos de sueldo.
Isabeau se rió de su tono seco.
– Bueno, echaré una mirada alrededor y veré lo que usted ha hecho. Apuesto que puedo identificar la mayor parte de las plantas.
– Estaré interesado en discutir sobre plantas medicinales con usted para mi jardín -dijo Alberto-. Pero vaya ahora y hablaremos cuando haya tenido la oportunidad de verlo todo.
Era obvio que estaba orgulloso del jardín y quería compartirlo con alguien que esperaba lo apreciaría. Isabeau se puso en camino, bajando por un sendero muy gastado que la llevó al final del extremo sur del jardín. Era el espacio más abierto y deseaba que Jeremiah se sintiera muy cómodo con ella andando por allí.
Se tomó su tiempo, aceptando la palabra de Alberto. Disfrutó de los sonidos de la noche. Podía oír la música resonando a lo lejos, pero los insectos y el revoloteo de alas eran más prominentes y musicales para ella. Encontró el jardín tranquilizador y cuanto más se alejaba caminando de los otros, más segura se sentía. Su gata se calmó y la piel dejó de picar. Ya no había más olor a intriga y depravación. La tierra recién cavada, el perfume de flores y árboles reemplazó el empalagoso perfume y la intención maliciosa. Quizá Alberto había presentido su necesidad de paz y la había enviado fuera para permitirle espacio. Era un hombre perceptivo a pesar de su edad.
Empezó a nombrar mentalmente las variadas plantas y sus usos. Las flores de la pasionaria escarlata atraían y eran polinizadas por el colibrí ermitaño. El néctar de las bromeliadas alimentaba a una variedad de murciélagos. Un impresionante conjunto de orquídeas crecía desde el suelo por los troncos de los árboles, proporcionando alimento a toda clase de pájaros e insectos, inclusive la abeja de orquídea.
Isabeau se paró para admirar un arándano epifítico, la flor naranja brillante y los bulbos favoritos de los colibríes. Aunque se encontraban normalmente en lo alto del dosel, Alberto los había traído al alcance del suelo, lo que había atraído a varias especies de colibríes para inspeccionar.
Muchas variedades de helechos crecían más alto que ella, formando una hermosa selva de encaje. Toda clase de filodendros en varias sombras de verde, con diferentes tipos de hojas, separadas y abigarradas, dominaban por encima de ella también. El sendero sinuoso la llevó a lo alto de una pequeña cuesta donde la maleza era mucho más espesa. Allí, pequeños animales habían hecho sus casas. Podía oír el susurrar e incluso olerlos en las madrigueras.