El siguiente banco de plantas fue su favorito, todo medicinal. Alberto Cortez tenía incluso una Gurania bignoniaceae, una planta que tenía extensos usos medicinales. Las hojas y las flores podían ser aplastadas y el resultado aplicado a cortes infectados o llagados que se negaban a curar, algo que sucedía a menudo en la humedad de la selva tropical. Las hojas y las raíces podían prepararse como té y tomarse como una poción para expulsar gusanos y parásitos. Las flores podían ser aplastadas y convertidas en una cataplasma para aplicar sobre llagas infectadas. Sabía media docena de usos más de la planta para varias enfermedades, aunque dependiendo de donde creciera, las raíces podían ser tóxicas.
Frunció el entrecejo cuando vio la gran variedad de strycnos, utilizado para hacer el fuerte curare de las cerbatanas. Había cientos de plantas, tóxicas y medicinales, todas mezcladas. Estaba incluso la planta que sabía que la tribu de Adán utilizaba para neutralizar el veneno de rana utilizado en sus dardos cuando accidentalmente les tocaba la piel.
El jardín tenía de todo, desde pequeños arbustos a flores exóticas. Encontró un lecho de margaritas que le gustó. Parecía un poco incongruente al lado del más brillante pájaro del paraíso, pero la belleza sencilla de las margaritas no se malgastó en ella.
Se encontró siguiendo el pequeño lecho de flores comunes. A su alrededor, la maleza crecía espesa con abigarradas hojas y frondas. Algunas las hojas eran tan grandes que cuando llovía, formaban pequeños paraguas y el agua caía en corrientes diminutas sobre los parterres de abajo, erosionando la tierra. Se agachó más cerca para examinar los parterres y ver si las plantas de debajo estaban dañadas. Algunos de los tallos estaban marrones y marchitos como si no consiguieran agua o tuvieran un hongo.
Algo, un animal, había estado hocicando alrededor del cuadro de flores, excavando en busca de raíces. Había evidencia de pájaros también, como si algo los hubiera atraído a esta área. Se arrastró entre las flores agonizantes al centro del parterre y captó un olor a podredumbre. Su gata retrocedió ante el olor. ¿Abono? Nunca había olido nada como esto. Casi olía como la muerte.
El corazón saltó y echó una mirada alrededor para asegurarse de que estaba sola. El hedor era abrumador y podía ver claramente que los animales habían perturbado el área. Se movió más cerca, los ojos examinaban las flores marchitas. Alrededor de ellos, la tierra estaba recién excavada. Algo pequeño, blanco y brillante que asomaba de la tierra captó su atención. Isabeau miró nerviosamente entre los árboles para ver si Harry y Alberto la podían ver, pero el follaje era demasiado espeso.
Se acercó un poco más, se agachó. El olor a podredumbre se volvió más fuerte y su gata se rebeló, instándola a huir. Apartó la tierra alrededor de ese pequeño objeto blanco y casi saltó atrás. Cuando revolvió la tierra, cientos de pequeños insectos se menearon y protestaron. Muy delicadamente, empujó el objeto para revelar más. Estaba mirando un dedo parcialmente podrido. Había un cuerpo humano en el jardín.
Tratando de respirar superficialmente para no captar el olor, se puso de pie y retrocedió con cuidado, el corazón le latía con fuerza. Philip Sobre tenía su propio cementerio. El jardín tenía un acre entero. Podía enterrar cualquier número de personas aquí. Tragó con fuerza y trató de pensar que hacer. No quería ninguna evidencia de su descubrimiento. Con la mano, borró con cuidado sus huellas y avanzó de vuelta al sendero principal, tratando de cubrir cualquier cosa que hubiera podido perturbar.
¿Lo sabía Alberto? Seguramente no la había mandado deliberadamente a mirar, esperando que hiciera el descubrimiento. ¿Era posible que él tuviera su propio orden del día? ¿Que no fuera el viejo caballero dulce que parecía ser? ¿Pero qué podría lograr con que el hecho de que ella descubriera un cadáver en el jardín privado de Philip Sobre? Este lugar era horrible y ella quería salir de allí tan rápidamente como pudiera.
Se obligó a caminar, no a correr, dirigiéndose de vuelta hacia el anciano. Al echar un vistazo por encima del hombro para mirar por última vez al cementerio, golpeó algo duro. Dos manos le agarraron los brazos en un puño firme, estabilizándola y el olor de un macho excitado le asaltó la nariz. Lo reconoció instantáneamente. Ottila Zorba, uno de los leopardos renegados y la estaba mirando con la concentrada mirada del leopardo, como si ella fuera una presa. La miró fijamente sin sonreír y lentamente, casi de mala gana, la soltó.
Isabeau forzó una pequeña sonrisa.
– Hola. No le he visto. Debería haber estado mirando por donde iba. -Dio un paso como si fuera a rodearle, pero él se deslizó con esa manera silenciosa y fluida de los leopardos, cortando su escape. Era un hombre atractivo, muy musculoso, con una cara flaca y una boca atractiva y firme.
Isabeau sintió la picazón familiar corriéndole bajo la piel. Su gata se estiró sensualmente y de repente su cuerpo se sintió sensible y dolorido, tenso de necesidad. Tuvo el impulso repentino de frotarse por todo el cuerpo masculino.
¡No te atrevas! amenazó a su felina. Creía que no te gustaba.
Hacía calor en el jardín, demasiado calor. La piel se sentía demasiado apretada. Los pezones se convirtieron en picos y rozaron su sostén. Sintió gotas de sudor que se deslizaron entre el valle de los senos. Levantó una mano para apartarse el pesado cabello que le caía por la cara. Estaba tan sensible que sólo el toque casi le quemaba la piel, como la pasada de una lengua. Tragó y le atrapó mirándole fijamente la garganta con hambre en los ojos. La acción de levantar la mano al pelo fue seductora. ¿Lo había hecho a propósito? Atrajo la atención a los senos y pezones en punta
Su gata se movió, un cebo tentador diseñado para tentar a cualquier macho en la vecindad para ayudar a su compañero a demostrarle que ella estaba escogiendo al compañero correcto. Isabeau supo exactamente qué estaba haciendo la desvergonzada. Siseó, tratando de mostrar su disgusto al macho.
– No deberías haber salido sin escolta.
– No estoy sola -se apresuró a indicar Isabeau-. Estoy aquí con el abuelo de Imelda y su protector personal.
– ¿Un anciano y su guardaespaldas débil? ¿Piensas que eso es suficiente para detenerme de tomar lo que deseo?
Ella envió una mirada rápida y furtiva hacia el bosque para ver si Jeremiah tenía un disparo claro. No lo tenía. No a menos que se hubiera movido de posición. Se humedeció los labios.
– No estoy preparada.
– Pero estás cerca. -Ottila movió la cabeza hacia ella, el movimiento lento y luego inmovilizado de un gran gato cazando y la inhaló, llevando su olor carismático a los pulmones-. Muy cerca. -Se estiró y le pasó el dedo por el seno.
La gata se volvió loca, tirándose hacia adelante, chillando una protesta, ahogando el temor de Isabeau y reemplazándolo con rabia. Saltó atrás, balanceándose hacia él, las garras estallaron, la piel ardió cuando unas garras afiladas estallaron de los dedos y le arañaron el brazo. Ningún leopardo macho tocaba a una hembra hasta que estuviera lista, incluso ella sabía eso.
– Guarda tus manos para ti. -Las garras se fueron rápidamente, dejando las manos doloridas y sintiéndose hinchadas.
La sangre goteó por el brazo de él. Este se miró las marcas de garras y entonces le sonrió.
– Me has marcado, Isabeau. -Deliberadamente siseó su nombre con una mueca posesiva en el labio.
– Tienes suerte de que no te maté por tocarme -dijo con brusquedad-. No tienes modales.
– Soy leopardo. Lo mismo que tú.
– Y estoy protegida. Tócame e incluso tu jefa te deseará muerto porque mi gente exigirá tu cabeza en una fuente.
– Es sólo mi jefa siempre que quiera trabajar para ella. Y esos hombres deberían saber que es mejor no permitirte vagar sin protección. -Le alcanzó el vientre, impertérrito por la marca de garra en el brazo, colocándole la palma sobre la matriz-. Mi niño crecerá aquí.