Isabeau alejó el brazo de un golpe una segunda vez y se retiró un par de pasos, tratando de salir al claro, frente a los árboles donde estaba segura que Jeremiah esperaba con su rifle.
Capítulo 13
– ¿Qué le pasó a tu cara? -preguntó Imelda cuando alcanzó a Conner. Él caminaba justo detrás de Philip mientras el hombre le mostraba el camino a su guarida privada-. Te ves como si te hubieras peleado con un gran felino. -Su voz tembló con entusiasmo. Ella extendió la mano mientras le seguía el paso para tocar una de las largas cicatrices.
Conner le agarró la muñeca y le empujó la mano.
– Lo hice. Un leopardo.
Él sintió su temblor.
– ¿En serio? Que aterrador.
Él se encogió de hombros.
– Sucedió. Estoy vivo. -Caminó delante de ella, cortándole el paso antes de que entrara en la habitación-. Espera aquí hasta que dé el visto bueno.
Sus ojos brillaron.
– No estoy acostumbrada a seguir órdenes.
– Entonces tus hombres no hacen su trabajo -dijo él y le dio la espalda.
Philip sostuvo la puerta abierta y Conner pasó, seguido de Río. Felipe y Leonardo se quedaron con Elijah y Marcos. Sus movimientos eran coordinados y eficientes y nadie habló. Elijah y Marcos no llamaron la atención, de la manera acostumbrada cuando su equipo barría una habitación. Imelda presionó la mano sobre su prominente pecho.
– ¿Cuánto tiempo hace que lo empleaste? -le preguntó a Marcos.
Marcos frunció el ceño.
– ¿Conner? Varios años. Es un buen hombre. Conocí a su familia. -Sus leopardos no estaban cerca para detectar el olor de la mentira. Su equipo de seguridad había hecho su espectáculo y ahora, sintiéndose cómodos en la casa de Philip, se habían dispersado por todas las habitaciones para alertar a la muchedumbre que ella era una persona importante y que ellos mantenían un ojo sobre todo. Ella tenía un guardia pero no era un leopardo.
Elijah echó un vistazo a Marcos, un poco preocupado de que ambos leopardos renegados faltaran. Su preocupación primaria debería ser la seguridad de Imelda. No conocían a Marcos o a Elijah o sus intenciones.
– ¿Cuánto tiempo has tenido a tu equipo de seguridad? -preguntó Elijah.
Sus pestañas velaron sus ojos.
– Cerca de dos años. Ellos son… excepcionales.
Sus cejas se alzaron. Marcos sonrió con satisfacción.
– ¿De verdad? -dijo Elijah-. No los veo aquí donde deberían estar, protegiéndote. No seguirían siendo empleados míos ni diez minutos.
– Ni míos -estuvo de acuerdo Marcos.
La cólera se deslizó sobre su cara. No le gustaba sentirse avergonzada y podía darse cuenta que el punto señalado por ambos era válido. Fulminó con la mirada a su guardia y chasqueó los dedos. Él inmediatamente comenzó a comunicarse por la radio, diciéndole a los dos renegados que Imelda requería su presencia de inmediato.
– Se han vuelto descuidados -continuó Elijah-. Deberían estar contigo en todo momento. Conner, o cualquiera de estos hombres, nunca estarían lejos de ti, aun si así lo quisieras. Se habrían asegurado de que firmaras un contrato vinculante con ellos sobre ese tema. Si te negaras, no te tomarían como cliente.
– ¿Marcos, no le dijiste a Philip que uno de las guardias era tu sobrino? -preguntó Imelda.
Marcos y Elijah intercambiaron una mirada de complicidad. Había cometido un error y no se había dado cuenta. La conversación había ocurrido antes de que Imelda hubiera llegado, lo que significaba que habían sido grabados y que ella ya había visto esas cintas antes de su llegada… algo que habían sospechado que pasaría.
– Es cierto. Dos de ellos lo son. Y uno está emparentado con Elijah.
Imelda encogió un delgado hombro.
– Ya ves, tus ayudantes son familia y no pueden confiar totalmente en nadie más para hacer el trabajo.
– Conner no es familia, pero es totalmente de confianza -objetó Elijah-. Pero claro, obviamente pensamos diferente. Sé que mis hombres no me traicionarían y no me preocupo si oyen por casualidad discusiones comerciales. Ellos se llevarían los detalles a la tumba.
Ella no se perdió la sonrisa satisfecha que intercambiaron los dos hombres. El líder de su equipo de seguridad había hecho una jugada tonta delante de los dos hombres que ella más quería impresionar. No perdonaría eso fácilmente. Durante un momento, la rabia negra brilló en sus ojos y luego recuperó su máscara de simpatía.
Conner salió, su expresión era ilegible.
– Esa habitación no es adecuada para una discusión, Marcos. -Había un carácter definitivo en sus palabras. Una orden, no una sugerencia.
Imelda estaba claramente intrigada por la forma en que le había ordenado a su patrón. Conner había estudiado cada detalle de su personalidad en la información que Río había reunido y ella no solo deseaba un macho fuerte, sino alguien que tuviera el control. Sus hombres no duraban mucho tiempo. Y su destacamento de seguridad probablemente sudaba sangre con ella. Un hombre como Conner Vega la seduciría de todos las formas. Él era claramente leal hasta el extremo, en completo control y dedicado a servir a su patrón. Y era superior a sus leopardos.
– Es ridículo -discutió Imelda, más porque deseaba desafiar a Conner, hacerse notar, que por cualquier otra razón-. Llevamos a cabo todos nuestros negocios en esa habitación.
La impasible mirada de Conner se posó sobre ella y luego volvió a Marcos.
– El cuarto está caliente.
Hubo un pequeño silencio. Marcos lentamente volvió la cabeza para contemplar a Imelda, su amigable comportamiento había desaparecido. Elijah dejó su copa, la encaró y no había ningún rastro de amistad. De repente se veía como cada centímetro de su reputación. Imelda era muy consciente de los otros guardaespaldas, moviéndose hacia posiciones donde pudieran interceptar a alguien desde cualquier dirección.
– No sé lo que eso significa -dijo Imelda, intentando permanecer tranquila. Nadie había desafiado jamás su autoridad antes… y había vivido. Justo en ese momento se sentía más cercana a la muerte de lo que jamás había estado antes. Era tanto aterrador como excitante. La amenaza estaba en el oro ardiente de los ojos de Conner. Él parecía imperturbable, pero tan peligroso. Su cuerpo se desbordó con la adrenalina, así también como con hambre repentina.
– Eso significa -explicó Marcos con impaciencia-, que ese cuarto está alambrado.
– Pensé que tendríamos una conversación amistosa -dijo Elijah-. Marcos me aseguró eso.
La comprensión llegó. Imelda había sido la única en insinuar a Philip que aprovechara su afición sexual y pusiera a sus criados a disposición de sus más ricos y diplomáticos «amigos». Grabar en vídeo indiscreciones, sobre todo cualquier fetiche o rasgos sádicos, asegurarían la obediencia inmediata. El dinero y los favores lloverían. La furia ardió por ella. Se giró hacia Philip.
– ¡Cómo te atreves! -No podía haber cometido el error de no saber que él gravaba sus conversaciones. Imelda tenía sus propios excesos sexuales. La paliza a un hombre o mujer y observar como su piel se marcaba mientras gritaban de dolor la encendía tanto y rara vez podía rechazarse a sí misma el placer, sobre todo si lo compartía con alguien que apreciaba la vista, como Philip. Él era un entendido en la tortura.
Retrocedió ante ella.
– Imelda. Sabes que no lo haría.
Ella miró de él a la imperturbable máscara de Conner. ¿A quién creer? ¿Sería Philip tan estúpido para arriesgar todo lo que tenían juntos? Ella le proporcionaba clientes. Compartían sus inclinaciones sexuales. Él estaba aterrorizado con razón.
– Muéstrame -desafió ella a Conner.
Él no obedeció su orden. En cambio miró a Marcos, quien asintió. Esto la llevó al límite. Este era su territorio y entre Philip y Martin Suma, su jefe de seguridad, ella parecía débil. Malditos fueran por eso. Necesitaba a alguien como Conner para comandar su seguridad.