Conner indicó a Philip que mostrara el camino de regreso a la habitación. Philip echó un vistazo a su reloj.
– Tengo invitados. Si quieres desmantelar el cuarto buscando un equipo inexistente, puedes hacerlo, pero sin mí.
– Philip -siseó Imelda entre dientes-. Entra en ese cuarto. -Ella quería matarlo en el acto. ¿Dónde infiernos estaba Martin? ¿U Ottila? Que los condenaran también. Fulminó con la mirada a su único guardaespaldas-. Haz que vengan aquí en este instante -prorrumpió ella.
Philip de mala gana entró en el cuarto, consciente de que Imelda estaría furiosa cuando averiguara lo que había hecho. No entendía como el guarda de seguridad lo había sabido. No había ninguna prueba, no podía haberla. ¿Entonces cómo? Despreciaba al guardaespaldas personal de Marcos. Bastardo pagado de sí mismo. Imelda babeaba ya sobre él como la perra que era. Retrocedió para observar al hombre dirigir su pequeño drama hasta el final. Realmente no había ningún modo de que pudiera saberlo. Pero la inquietud estaba allí. Incluso si el hombre no era capaz de demostrarlo, la semilla de la duda había sido sembrada en Imelda. Y esto significaba que tendría que marcharse rápidamente. Había amasado millones. Estaba preparado, pero este lugar era perfecto para un hombre como él.
Conner recorrió con la palma de la mano a lo largo de la pared, su expresión todavía inalterable. Si Imelda no sabía que las conversaciones en el cuarto eran grabadas y estaba seguro de eso ya que no había olido una mentira, entonces significaba que sus renegados no se lo habían dicho. ¿Por qué no? ¿Por qué no se lo habían advertido sus leopardos? Debían haber oído el chasquido cuando las grabadoras se activaban con el sonido de las voces. Había un débil zumbido cuando la conversación era registrada. ¿Qué pasaba con esos leopardos? ¿Y por qué no estaban protegiéndola ahora? Tenían que saber que la grabadora sería descubierta.
Isabeau. Su estómago se anudó. ¿Estaban tras Isabeau? Ella aún no había presionado el pequeño botón de alerta incorporado en su reloj. Dirigió una rápida mirada imperativa a Elijah, sin importarle en ese momento si los demás la captaban.
Elijah esperó un latido del corazón. Dos. Se dio la vuelta, miró la puerta causalmente y luego la bajó a su reloj.
– Mi prima está tardando mucho.
– ¿Tu prima? -repitió Imelda como si se hubiera olvidado de Isabeau.
Conner se dio cuenta que probablemente había sido así. Ella no notaba nada o a nadie a menos que tuviera que ver directamente con ella. Su mundo era muy estrecho y sólo la implica a ella.
– Quiero saber donde está en este momento -dijo Elijah bruscamente a Felipe.
Felipe giró abruptamente sobre sus talones y se marchó.
Imelda suspiró.
– Esto es una locura. La muchacha no está en ningún peligro y no hay nadie registrando nuestras conversaciones. Ella está con mi abuelo. Él se asegurará que no sufra ningún daño.
Conner estrelló el puño contra el revestimiento de madera, sin molestarse en encontrar el interruptor escondido, revelando simplemente el equipo de audio. Era mucho más satisfactorio y dramático destruir la impecable pared.
Imelda jadeó y giró con una mirada acusadora hacia Philip.
– Gusano traidor -exclamó ella-. ¿A quién planeabas darle las cintas? ¿A la policía?
– Supongo que tienes asegurada a la policía en tu bolsillo -dijo Marcos y se sentó en una silla, sacando un puro de su bolsillo-. ¿Te molesta, Imelda?
Ella inhaló profundamente y se forzó a recuperar el control.
– No, por supuesto que no, Marcos. Eres mi invitado. -Lo dijo deliberadamente. No había escapatoria para Philip. Ya era hombre muerto y debía saberlo. Sería demasiado tonto intentar enfrentar su fuerza de seguridad con la de ella, ya que él tenía a guardias aficionados. En cambio sus hombres eran combatientes entrenados. Y ella tenía a los leopardos. Nadie más tenía a los leopardos… a menos que… ella realmente observó a Conner, la especulación llenaba sus perspicaces ojos.
Conner encontró su mirada con ardientes ojos dorados, ojos de leopardo. La observó jadear y luego tratar de cubrir su complacido conocimiento. Sabía que el cerebro femenino corría, intentando decidir sobre los demás. Ellos tenían una constitución similar. Todos poseían esa aura magnética de peligro. Y ella probablemente creía que existía una clase de jerarquía en la especie leopardo y que él era de alguna manera superior a Martin.
Procura lealtad. Sintió desprecio por una mujer que no se daba cuenta de que un leopardo que podía traicionar a su propia gente, podría engañar a su patrón el doble de rápido. Ella debía saber eso.
– Philip, siéntate -prorrumpió ella, obligándose a apartar su mirada de Conner-. No irás a ninguna parte hasta que aclaremos esto.
– No tenía idea de que hubiera grabadoras aquí -se quejó Philip-. ¿Crees que tengo una vena suicida? Me siento aquí y converso contigo. Lo que sea que te condene, me condena. Tienes más de mí que cualquier otra persona viva en la tierra. ¿Cuál sería el punto, Imelda? Alguien me tendió una trampa.
Él mentía, sabía sobre la cinta, pero lo de la trampa era una posibilidad. Si no había pensado en esto por sí solo y él estaba en lo correcto, el asunto sería entonces que alguien más le había persuadido para grabar las conversaciones. ¿La policía? ¿Era alguien que no estaba en el bolsillo de Imelda y que en secreto la investigaba? Conner volcó esa posibilidad en su mente. No era probable. Ella tenía demasiados funcionarios en su nómina y habría conseguido un aviso sobre esto. No, era alguien más.
– Alguien me tendió una trampa -imitó Imelda-. ¿Esperas que crea eso, Philip? -Ahora que sabía que Marcos y Elijah creían que era inocente, podría disfrutar viendo a Philip retorcerse. Él amaba controlar a otros. Amaba verlos suplicar, intentar complacerlo, arrastrarse hacia él y besarle los pies mientras él continuaba con sus planes de dolor y muerte para ellos. Le había visto matar numerosas veces. Una vez se había portado tan tiernamente con una mujer después de azotarla brutalmente con la fusta que ella se había creído su actuación en todo momento hasta que le cortó la garganta mientras la consolaba. Los ojos de la mujer habían permanecido fijos sobre ella en todo momento y había sido… delicioso… verla morir.
Imelda se rió de Philip. Fría. Complacida. Le mostraría al mundo lo que le pasaba a quien intentaba traicionarla.
Él empezó a sudar profusamente, el miedo impregnaba el cuarto.
– Quizás deberíamos cerrar la puerta para mayor privacidad -sugirió ella a su único guardaespaldas.
– Mátalos -gritó Philip a su guardia-. Mátalos a todos ellos. -Él se zambulló detrás de su silla.
Su guarda alzó el arma automática, su rostro era una máscara de miedo y determinación. Conner lo mató, golpeando una garra a través de su garganta y quitándole el arma de la mano justo cuando Río y Leonardo empujaban a Marcos y Elijah al suelo, cubriéndolos. Ambos habían desenfundado sus armas, pero apuntaban tanto a Philip como al único guardia de Imelda.
Ella se levantó elegantemente, pasó por encima del muerto y cerró la puerta.
– Muy impresionante. ¿Cómo hiciste eso? -señaló la garganta desgarrada.
Conner no contestó. Mantuvo a los demás cubiertos mientras Río y Leonardo ayudaban a Marcos y Elijah a ponerse de pie. Río tiró de Philip y lo lanzó a una silla. Philip aterrizó con fuerza y presionó una temblorosa mano sobre su trémula boca.
– Gracias -dijo Imelda, dirigiendo a Conner una sonrisa tímida-. Me salvaste la vida.
Él no indicó que había salvado la suya así como la de todo su equipo. A duras penas inclinó la cabeza y por primera vez permitió que su mirada fuera a la deriva perezosamente, un poco insolentemente, sobre el cuerpo femenino. Observó el prominente pecho y sus uñas rojas trazando una línea desde su garganta hasta el montículo de sus senos. Ella se movió en la silla, permitiendo que su vestido se deslizara por su muslo. No había líneas de ropa interior en ninguna parte del traje. Ella le sonrió, su lengua lamió su labio inferior.