– Sugiero que nos marchemos inmediatamente -dijo Río.
– ¿Y eso por qué? -preguntó Imelda, aún mirando a Conner.
– Hay un cadáver en el suelo, Imelda -indicó Marcos-. No quiero que mis hombres sean interrogados por la policía, tampoco quiero tener nada que ver con esto. Podemos encontrar otra ocasión… quizás en un lugar más apropiado. -Él comenzó a levantarse.
– No, no -frunció el ceño Imelda-. Podemos fácilmente deshacernos del cuerpo. Eso no es problema, ¿cierto, Philip? -Ella le envió una sonrisa venenosa-. Philip es un maestro en deshacerse de los cuerpos, ¿no es así, dulzura?
El hombre estaba tan pálido que parecía un fantasma.
– Imelda…
– No lo hagas -siseó ella, su sonrisa se desvaneció-. Me traicionaste.
– No lo hice.
Lo sentenció con un movimiento de la mano y miró fijamente a su guardaespaldas. Él inmediatamente se dirigió hacia Philip y estrelló la culata de su arma en la cabeza del hombre.
Imelda sonrió otra vez.
– Creo que debemos hablar, Marcos. Me ocuparé del cuerpo y nadie sabrá jamás que hubo un problema. Philip será encontrado muerto y la policía descubrirá que él iba con frecuencia al cementerio. Todas esas mujeres desaparecidas durante los últimos años podrían ser encontradas. -Cruzó una pierna sobre la otra y balanceó su tobillo, casi dándole un puntapié al guardia muerto en el suelo delante de ella.
Conner no tenía idea sobre qué cuerpos estaba hablando, pero la idea de que sabía que había mujeres que estaban siendo asesinadas y que no había hecho nada, le puso enfermo. Tenía que marcharse pronto o la haría volar y la mataría ahí mismo antes de que entraran en su complejo y encontraran a los niños. Lo consideró. ¿Si ella muriera, algún subalterno liberaría a los niños, o los mataría? Era un riesgo demasiado grande.
– No, no. -Marcos alzó la mano-. Tenemos que irnos ahora, Imelda. No corro riesgos con mis hombres. -Él se levantó de la silla y la apartó-. Elijah, tenemos que irnos ahora.
Río ya estaba en movimiento, indicando al guardia de Imelda que saliera de su camino.
– Vamos a mi casa, Marcos -invitó, desesperada por impedir que su oportunidad se escabullera. Tal vez podía hacer negocios con ambos, y deseaba ver a Conner otra vez, tener la posibilidad de alejarlo de Marcos. Con Philip fuera, necesitaría un socio. Él parecía bastante frío, despiadado y suficientemente peligroso para ser el que había estado buscando.
Marcos vaciló.
– Ambos. Y la pequeña prima. Parece llevarse bien con mi abuelo. Él puede entretenerla mientras hablamos.
Mientras hablaba, su mano acarició su garganta. Sus ojos estaban sobre Conner, brillando con promesa. Él no respondió, pero su mirada se deslizó sobre ella, demorándose durante un momento en sus senos, como ella deseaba. Imelda estaba caliente, sonrojada, mojada sólo por una única mirada despectiva. Tan de improviso. Como si ella no significara nada, pero él estaba interesado, estaba segura de eso.
Ella suavizó su voz y se obligó a mirar a Marcos.
– Vamos. Encontrarás que el alojamiento es de tu gusto.
– Es una gran distancia para viajar, Imelda -eludió Marcos, forzando su mano.
– Tengo muchas habitaciones para todo tu grupo. Los dormitorios están vacíos y podrías quedarte unos días. -Ella quería tiempo con su guardaespaldas-. No pienses en ello como trabajo. Puedes divertirte todo lo que quieras. Tenemos todo lo que puedas imaginar o necesitar.
Marcos se giró hacia su amigo.
– ¿Elijah?
Elijah se encogió de hombros.
– Dale un par de días para ocuparse de este asunto -él indicó el cuerpo y a Philip-. Veré qué Isabeau esté bien y luego seremos libres de aceptar la oferta de Imelda. -Sus fríos ojos negros encontraron los de ella-. Les puedes dar las coordenadas a mis hombres.
Imelda inhaló aire, como una demente excitada. Lo que podría haber sido un desastre había resultado ser perfecto.
Elijah miró su reloj.
– ¿Dónde infiernos está Isabeau?
Ella no había oído que el hombre jurara. O que la preocupación ribeteara su voz. Nada lo había indicado, pero esa pequeña oración delató su debilidad. Isabeau. La poca cosa de la prima. Debería haber procurado instruir a su abuelo que la vigilará con cuidado. Pasar por alto detalles así podía arruinar los planes de cualquiera. Isabeau, una potencial mosca en la miel.
– Shane, por favor averigua por qué Martin u Ottila no han contestado. Quiero asegurarme que están cuidando de mi abuelo y de la queridísima prima de Elijah. -Ella se levantó elegantemente-. Permanece aquí y asegura la puerta, no dejes pasar a nadie. -Ella sonrió a los dos hombres-. Os llevaré al jardín y personalmente me ocuparé de esto. No os preocupéis del lío.
– Había una señorita, una criada… -informó Marcos.
– Teresa -añadió Imelda, mostrando otra vez que había tenido acceso al vídeo antes de llegar.
– Me gustaría que nos acompañara.
La sonrisa de Imelda era toda inocencia.
– Eso puede arreglarse, Marcos. -Comenzó a salir al pasillo, pero Conner dejó caer una mano en su hombro para impedirle marchar. Alzó la vista hacia él por encima del hombro, su expresión sumisa, arqueando una ceja. Deliberadamente ella miró la mano sobre su hombro.
– Voy primero. -Su voz fue firme. Imperativa, dejando claro que sería obedecido. La mano permaneció en su hombro. Él esperó para que ella sintiera el calor extendiéndose-. Para asegurarnos que es seguro para ti. -Añadió las dos últimas palabras deliberadamente como una conexión. Ella se repetiría a sí misma esas palabras múltiples veces, convenciéndose de que él le enviaba un mensaje privado, de que tenía la posibilidad de alejarlo de su patrón. ¿Qué mejor camino que utilizar la atracción sexual?
Imelda se ruborizó e inclinó la cabeza, como la princesa al campesino. Él quitó la mano, pero lentamente, permitiendo que su palma se deslizara en una caricia sobre la nuca de su cuello. Ella tembló. Su felino rugió con rabia, escupiendo y gruñendo, merodeando cerca de la superficie de tal modo que él sintió el dolor en sus músculos y mandíbula.
Ella capturó el brillo nocturno en sus ojos que eran completamente felinos, la abrasadora y fija mirada que la desconcertaba. Obligó a su leopardo a estar bajo control. Pronto, prometió y avanzó delante de ella en el pasillo. Cuando la adelantó, dejó que su cuerpo rozara contra el de ella, piel contra piel. El jadeo de Imelda fue audible, su mirada caliente, sin equívoco sobre su intención sexual. Consiguió un olorcillo de su excitación y le enfermó. Se sintió sucio. ¿Cómo podía ir donde Isabeau después de tocar a Imelda, de dejarla creer que se acostaría con ella?
Maldiciendo por lo bajo, barrió el área y anunció que estaba despejado. Abrió el camino hacia el jardín, sin mirar a Imelda otra vez. Podía olerla. Oír su respiración. Eso era suficiente malo.
Jeremiah juró quedamente y cambió de posición por tercera vez, rezando por poder conseguir una línea más clara de visión. Había visto al leopardo renegado. Ottila, el tranquilo. Suma daba todas las órdenes y se pavoneaba como un pez gordo. Jeremiah estaba impresionado con él, sobre todo cuando ostentaba todo ese dinero por allí. Ahora no era tan cierto que Suma fuera el único observador, no después de estar cerca de Conner, Río y los demás.
– Vamos sal, Isabeau. Sal a campo abierto -susurró él suavemente-. ¿Sabes que estoy aquí, verdad? Ven sal, dulzura, sólo sal de tu pequeño escondite.