Tenía un tiro claro a casi cualquier mira en el lado sur, a excepción del área en la que ella había decidido entrar. ¿Qué la había poseído para entrar en un área tan densa de maleza que él no tenía ninguna esperanza de ayudarla? En el momento que vio a Ottila escabulléndose en el perímetro del jardín, deliberadamente evitando al anciano en la silla de ruedas y su guardia, supo que el renegado no andaba en nada bueno. Isabeau estaba demasiado cerca de su cambio. Incluso él había sido afectado, a pesar de su código moral.
Se limpió las gotas de sudor de la frente con la manga.
– Vamos sal, Isabeau. Muéstrate. Sal a campo abierto.
Las hojas de un gran arbusto se balancearon ligeramente, dándole una dirección, pero no pudo ver su objetivo. Esperó, reteniendo el aliento, sin apartar nunca los ojos de la mira. Sabía la distancia, el viento, cada variable que podría necesitar, cada cálculo, pero no podía conseguir ver al objetivo. Sabía que estaba allí. Podía visualizarlo. Podía saborearlo. Pero no podía verlo.
– Mierda. Mierda. Mierda. -No iba a fallar, no la primera vez que tenía una oportunidad de probarse a sí mismo. Y si fallaba, perderían a Isabeau. Sin contar el hecho de que Conner lo mataría, no deseaba que nada le pasara a ella. Le gustaba… como una hermana, por supuesto.
Comenzó a lloviznar, constante, pero la ligera lluvia hizo resbaladiza la rama del árbol. Se movió, intentando observar detenidamente a través del follaje. Su corazón saltó. Captó un vislumbre de azul. Isabeau definitivamente usaba un vestido azul. Él mantuvo su mirada fija en ese pequeño trozo de tela. Ella se movió otra vez, lentamente, centímetro a centímetro.
– Buena chica -murmuró él-. Ven con papá.
Ahora podía ver una vaga sombra en el profundo follaje. Negro. Ottila iba de negro, pero muchos de los guardas de seguridad también. Parecía ser un color popular. Incluso Elijah se había puesto una camiseta negra. Frustrado, tomó un profundo aliento. Gran parte de su trabajo era ser paciente. Sabía que podía hacer el tiro si podía obtener una mira. Se deshizo del miedo por Isabeau y la irritación por no tener una mira. Vendría. Ella estaba trabajando en eso.
– Estoy aquí, dulzura -aseguró él-. Tráelo a mí.
La tela azul se esfumó otra vez. Ella no corría. Buena chica. Tenía coraje. Ella dio otro paso y esta vez pudo ver su perfil. No se había quitado el broche de su cabello, aunque su pelo estaba despeinado, mechones caían alrededor de su cara. No miró hacia él; mantuvo su atención concentrada en el hombre que estaba seguro era Ottila tras ella.
Una mano apareció y presionó, los dedos se separaron sobre su vientre. Él sabía el significado de ese gesto en una mujer sufriendo las convulsiones del Han Vol Dan. Ella frotó y apartó la mano, para luego retroceder unos pasos más hasta que estuvo totalmente a campo abierto. Jeremiah sonrió y encajó el ojo en el lente
– Ahora te tengo, bastardo. Tócala otra vez y eres hombre muerto.
El viento cambió y captó el débil olor de un felino. Sin dudar, saltó, llevando su rifle con él. Detrás de él, algo golpeó la rama en la que había estado con la suficiente fuerza para sacudir el árbol. Aterrizó en una pendiente y corrió rápidamente, lanzando el rifle sobre su hombro. Logró entrar en el denso follaje antes de dejarse caer sobre una rodilla y encajar el rifle contra su hombro. Permitió surgir a su felino, sus sentidos llamearon para leer la noche.
Estaban cazándolo. Definitivamente un leopardo. Probablemente Martin Suma.
– Sal, bastardo -siseó él entre dientes. No hubo ningún sonido, pero no lo esperaba. Los leopardos no hacían ruido. Podían adentrarse en una casa y seleccionar a su víctima en un dormitorio o incluso en una sala de estar donde la gente estaba reunida viendo la televisión y pasar desapercibido. Esto era más frecuente de lo que uno creería en el borde de la selva. No oiría a Suma. Y quizás tampoco lo olería.
Permaneció agachado, manteniéndose muy quieto, sin hacer ningún ruido. Suma tenía que saber que trataba con un leopardo. Y probablemente había captado su olor. No esperaría mucha oposición de un chiquillo inexperto. Era la única ventaja que Jeremiah tenía. Esperó, su corazón latía, esperando que de un momento a otro Suma cayera sobre él desde arriba. Su mirada continuamente barría los árboles sobre él.
El olor de piel mojada golpeó sus fosas nasales y se dio la vuelta, apretó el gatillo ante el leopardo que surgió de la maleza a su izquierda. Rodó, disparó otra vez desde esa posición y siguió rodando. El leopardo gruñendo de dolor, rugió una vez y atacó. Jeremiah saltó poniéndose de pie, alzó el rifle por tercera vez, pero el leopardo lentamente se adentró en la maleza. Sabía que eso era mejor que continuar. Pudo ver un rastro de espesa sangre. Había acertado, pero no era un tiro mortal. Un leopardo herido era muy peligroso.
Jurando, puso el arma en los hombros y trepó rápidamente el árbol, agradecido por las horas que Río y Conner le habían obligado a seguir practicando. Si algo le hubiera pasado a Isabeau, nunca se perdonaría. Ahora tenía que preocuparse de no dejar rastro así como de impedir que fuera atacada y posiblemente secuestrada. ¿Dónde infiernos estaban todos?
– No capté tu nombre -dijo Isabeau, deteniéndose un momento. Lo había llevado a campo abierto y seguramente estaba a salvo ahora. Si pudiera detenerlo por el tiempo suficiente, Alberto o Harry podrían llegar buscándola. O podría intentar gritar, pero temía que eso pudiera provocarle.
– Ottila Zorba. -Sus ojos iban misteriosamente del verde al amarillo, los ojos de un gato brillando por la noche. Él se acercó más-. Ven conmigo sin luchar. No me hagas matar al anciano.
Ella tragó con fuerza.
– No estoy lista. Lucharé contra ti a muerte y sabes que lo haré. ¿Por qué crees que mi felino permitiría esto?
Él sonrió.
– Finalmente tu gata surgirá y cuando lo haga, ella necesitará un compañero.
Pero no tú. Nunca tú. Ella no dejaría que eso sucediera. Ella mantendría el control sobre su gata. La pequeña fresca sentía definitivamente los efectos del celo, pero obedecía a Isabeau más fácilmente.
– ¿Y luego qué, señor Zorba? ¿Cree que viviremos felizmente por siempre jamás?
Él sonrió y no fue agradable.
– Al menos yo seré feliz. Si tú lo eres o no depende completamente de cuánto quieras cooperar.
Él la alcanzó, sus manos se curvaron alrededor de sus antebrazos con gran fuerza. En vez de luchar, ella alzó la mano intentando tirar del broche de su cabello. Él se rió y se inclinó cerca.
– ¿Crees que tu amigo me pegará un tiro? Oteamos los árboles en el instante que nos dimos cuenta que eras leopardo. Era evidente que tendrías a alguien en el dosel. Probablemente ya está muerto. Martin no falla.
Ella cerró los ojos brevemente, su corazón latía desbocado, con miedo.
– Si fuera así él te estaría echando una mano. -Trató de zafarse pero el movimiento sólo apretó su agarre sobre ella.
Él la observó con lascivia.
– Compartimos todo. Siempre compartimos todo.
Ella se estremeció.
– ¿No te basta con Imelda? Ella es tan pervertida como tú.
Él se rió.
– Le gusto, es cierto, pero es asquerosa. Y no es un leopardo. Después de un par de veces, no podemos soportarla.
Dejó de luchar y permitió que la llevara un par de pasos. Respiró profundamente en ambos pasos y convocó a su gata. Para su conmoción, el leopardo hembra contestó, rugiendo su rabia, el sonido hizo eco a través del jardín, las garras surgieron por las yemas de los dedos y envolviéndola con su fuerza interior, le permitieron retorcerse para liberarse, atacar y rasgar carne. Saltó y giró con la flexibilidad de la columna felina, luchó contra su apretón. La sangre caliente cayó como un rayo a través de los árboles y salpicó sobre vides y hojas, manchando su vestido.