– Gata salvaje de mierda -gruñó él-, vas a pagar por esto.
Ella alzó la barbilla.
– Vamos, mátame. Veamos lo que dice tu amigo.
– Oh, no te mataré, pero tengo muchas formas para hacerte lamentarlo. He aprendido una cosa o dos de Imelda.
Su estómago dio tumbos. Intentó recordar lo que Conner le había dicho. Había retrocedido ante Ottila hace poco para hacerle salir a campo abierto. Pero retroceder ahora le atraería a ella y estaría en desventaja. Tenía que caminar a un lado, mantener sus pies firmes, no flexionados. Él no sería sorprendido dos veces por su gata.
Ottila la alcanzó otra vez y el sonido del amartillar de una escopeta fue fuerte. Ottila se dio vuelta hacia el sonido sin expresión. No se molestó en limpiarse la sangre de la cara o pecho. Esta goteaba de las heridas de garra de sus brazos. Él se rió de Harry.
– ¿Estás seguro que quieres ser parte de esto, Harry? Sólo vete y seguirás con vida. No sólo te mataré, sino que mataré a tu jefe también. Esto no es de tu incumbencia.
– Ella está bajo mi cuidado -dijo Harry-. Isabeau, camina hacia mí.
– No te atrevas a moverte, Isabeau -siseó Ottila-. Te mataré antes de que él consiga disparar y luego tendré que matar al anciano.
– Mata a Alberto, e Imelda nunca te dejará vivir. Te perseguirá y ningún lugar será seguro para ti. Matará a cada hombre, mujer y niño por el que te preocupes -prometió Harry.
Isabeau alzó la mano.
– Harry, no te quiero a ti y a Alberto en medio de esto. Elijah vendrá tras de mí. Y su equipo es letal. Iré con él.
– No creo eso, Isabeau.
Una nueva voz llegó desde detrás de Ottila. Confiada. Acentuada. Tan familiar. Isabeau miró más allá de Ottila y vio a Felipe y no pudo evitar que el alivio la embargara. Ella había visto a Felipe en acción y era rápido. Muy rápido.
– Harry, gracias. Puedo encargarme desde aquí. No dejes al anciano solo -dijo Felipe.
Ottila giró y esta vez mostró las palmas en rendición. Esperó hasta que Harry asintiera y se alejara antes de hablarle a Felipe.
– Puedo ver que tendré que trabajar con más fuerza para conseguir a mi mujer.
– Puedes elegir una diferente.
– Tiene tantos olores sobre ella, no puedo encontrar uno en particular. Eso me dice que no está apareada y por lo tanto tengo tanto derecho como cualquier otro para intentar aparearla.
– Somos su familia y decidimos alejar la mierda de ella.
Ottila se adentró en la maleza, alejándose de Isabeau.
– Ella es una pequeña bruja.
– Veo que no te fue bien en tu noviazgo.
– Las brujas son la mejor clase -dijo Ottila-. Duran más tiempo y te dan pequeños fuertes. -Miró a Isabeau a los ojos-. No me has visto por última vez.
Isabeau se encontró con su mirada fija, dejando que su gata le observara.
– Espero por tu bien que así sea.
Él la saludó y comenzó a alejarse, dándose la vuelta en el último momento para enviar una sonrisa satisfecha a Felipe.
– Deberías buscar a tu muchacho en los árboles. La pequeña bruja dio la señal de disparar y no lo hizo. ¿Ahora qué supones que significa eso? -Él parecía satisfecho.
Isabeau parpadeó para contener las lágrimas. La idea de Jeremiah en manos de Martin Suma la hizo enfermar. Él no tendría piedad.
Felipe simplemente sonrió en respuesta.
– Creo que tú deberías buscar a tu compañero. Hubo disparos. El chico no falla.
Felipe hizo un examen rápido de Isabeau.
– ¿Estás bien?
Ella asintió.
– Conmocionada, eso es todo. No me ha hecho daño.
– Tienes contusiones en los brazos. Y sangre por todo tu vestido. -Dio un paso tras Ottila, como si fuera a luchar contra él después de todo.
– Su sangre. -Isabeau le agarró del brazo-. No lo hagas. Salgamos de aquí. Quiero asegurarme que Alberto Cortez está bien y tengo que decirle lo que encontré. Este lugar es un cementerio. No un paseo.
– Eso no me sorprende. Nada sobre este lugar o gente me sorprende.
– ¿En verdad crees que Jeremiah está bien?
– Es un maldito buen tirador, Isabeau. Será un gran activo con un poco de experiencia.
Ella notó que él no contestó exactamente su pregunta. Siguieron a lo largo del camino de regreso a donde ella había dejado a Alberto. Mientras se apresuraban, siguiendo la corriente, Harry apareció alrededor de una curva, empujando la silla de Alberto. El hombre más viejo tenía la escopeta sobre su regazo y parecía preparado para usarla.
– ¿Dónde está ese guardia? -exigió él-. ¿Estás bien, Isabeau?
Ella cabeceó.
– Estoy bien. Gracias, Harry. Creo que este lugar vuelve demente a todo el mundo. Por favor no dispares a nadie en mi nombre.
– Me voy a casa -declaró Alberto-. Ahora que sé que estás a salvo. Sugiero que hagas lo mismo. Harry, llama a mi conductor. Espero que nos encontremos otra vez, Isabeau.
– Su jardín era encantador -dijo ella.
Felipe puso una mano sobre su oído, escuchando la voz que llegaba desde la radio.
– Nos marchamos, Isabeau. Elijah dice que te recogerá frente al coche -La tomó del codo.
Para su consternación, la criada, Teresa, ya estaba en el coche, viéndose como si fuera a llorar. Isabeau subió en silencio junto a ella, preocupada por Jeremiah, temerosa por Teresa y preguntándose qué era lo que exactamente iba a pasar.
Capítulo 14
Mientras el coche marchaba rápidamente por la larga y sinuosa avenida, Isabeau miraba por la ventanilla, evitando los ojos de todos. Sabía que podían oler el aroma de Ottila en ella. Las manchas de sangre que había en su vestido eran imposibles de ocultar en los reducidos confines de un vehículo. Oyó la exclamación de Conner cuando vio los moretones oscuros que estropeaban su piel y la sangre en su vestido, pero no le miró. Sabía que estaba al límite y que solo necesitaba algo de espacio. Todos necesitaban darle un espacio… especialmente Conner. Philip Sobre, Imelda Cortez y los leopardos renegados le daban repulsión. Se sentía sucia y sólo deseaba encontrar una buena ducha caliente.
El vehículo aminoró la marcha y Leonardo abrió la puerta de un empujón. Jeremiah salió volando del tupido bosque y corrió a través de un grupo más ralo de árboles y matorrales. Estaba más o menos a medio camino hacia el SUV cuando algo pesado cayó de los árboles encima de él, estrellándolo contra el suelo. Piel, dientes y hombre se derrumbaron y rodaron por el suelo revolcándose. El rifle salió volando.
Teresa comenzó a gritar y Elijah se inclinó sobre ella, de forma muy casual y la sujetó al mismo tiempo que con el pulgar apretaba fuertemente un punto de presión, haciendo que se desplomara hacia delante inconsciente, con su expresión enmascarada por el terror. Un rugido de furia sacudió el SUV y Felipe frenó violentamente, haciendo que el vehículo girara sobre sí mismo hasta detenerse, mientras Conner saltaba por la puerta abierta, desnudándose mientras se transformaba.
Isabeau pestañeó, pasmada por la velocidad con la que Conner se había transformado mientras iba a la carrera, sacándose la ropa al mismo tiempo. Había visto a Jeremiah practicando y había visto a Felipe trabajando con él, pero eso no la había preparado para la vertiginosa velocidad real. Si no hubiera sabido la verdad acerca de la especie, no hubiera creído a sus propios ojos. Se transformaba en leopardo tan rápidamente que ella nunca hubiera sido capaz de procesar el hecho de que alguna vez había sido un hombre.
Leonardo y Rio también saltaron fuera del coche, casi antes de que éste hubiera dejado de girar, pero ellos se quedaron escudriñando los árboles en busca de algún francotirador, espalda contra espalda, examinaban con mirada aguda cada centímetro de la cubierta forestal, con los rifles preparados, usando sus sentidos animales para obtener datos.
Conner estuvo sobre el leopardo antes de que éste siquiera se diera cuenta de que había llegado alguien, golpeándolo fuertemente en el jadeante costado, con su inmensa zarpa derribó al furioso gato, apartándolo del cuerpo desgarrado de Jeremiah. Elijah corrió velozmente entre los árboles mientras los dos leopardos se encontraban gruñendo y girando, con las flexibles espinas dorsales prácticamente doblándose por la mitad en tanto se tiraban zarpazos y rasguños uno a otro.