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Rio retiró el paño e, ignorando su protesta, siguió sujetándoselo para examinar las laceraciones.

– No son profundas. -Lo dijo en voz lo suficientemente alta como para que Conner lo oyera-. Pondré una loción antibacteriana -dijo a nadie en particular, pero cuando comenzó a aplicar la loción obligó a Isabeau a mirarlo-. Tenemos veneno en nuestras garras, Isabeau. No puedes pasar eso por alto. Límpiala meticulosamente y aplícate la loción varias veces al día. Te daré una inyección de antibióticos, una dosis grande y luego debes asegurarte de tomar todo el frasco de píldoras.

Ella enfrentó su mirada.

– ¿Conner tuvo una infección cuando lo arañé con mis garras? -lo dijo para hacerle recordar.

Enfadada con él. Era el líder del grupo y su deber era mantenerlos a todos a raya, incluyendo a los leopardos afligidos, pero de todas formas estaba enfadada con él.

Él encogió sus grandes hombros, aceptando su ira.

– Sí, la tuvo, a pesar de los antibióticos. Pero le salvaron la vida y harán lo mismo por ti.

Apretó los labios. Había tenido una infección. Ella no había estado allí para cuidarlo. Y si Rio estaba preocupado por los pequeños rasguños de su brazo, ¿Qué sentiría por Jeremiah y Conner? Ambos estaban cubiertos de mordeduras, marcas de garras e incisiones. Había captado un atisbo del cuerpo de Conner, antes de que saltara hacia el asiento trasero y le había parecido que estaba destrozado.

– ¡Isabeau! ¿Me estás prestando atención? Esto es serio.

Lo miró sin verlo en realidad, pero se obligó a asentir. Podía oír a Elijah respirando por Jeremiah, lenta y firmemente, pero sabía que se estaba cansando.

– Alcánzame la intravenosa -dijo Conner-. Necesito una vena. No podemos arriesgarnos a que tenga un paro cardíaco y perdamos las venas.

Rio volvió su atención a los hombres del asiento trasero, pasándole a Conner todo lo que necesitaba del botiquín.

Marcos le palmeó la pierna:

– Respira. Estás en estado de shock.

Lo había considerado. Se había sentido más o menos así al darse cuenta que Conner la había seducido para acercarse a su padre… que no era el hombre que pretendía ser. Ahora, por supuesto, sabía que era exactamente ese hombre. Podía haberse cambiado el nombre, pero había actuado de forma peligrosa, intensa y completamente comprometido con lo que hacía. Tenía el mismo sentido del humor y la misma naturaleza dominante. Era leopardo y todos los rasgos que habían hecho que se enamorara de él seguían estando allí.

Bajó la vista hasta su brazo. Él sufriría a causa de esto. En realidad eran pequeños rasguños. Estaba en camino de controlar a su felino. Pero su felina… suspiró. Había fallado en su intento por controlarla. Tal vez nunca más te deje salir. Pero era una falsa amenaza y ambas lo sabían. Ella deseaba a su leopardo. Estaba lista para aceptarla.

Después de que Conner le pusiera la intravenosa a Jeremiah, Rio se volvió hacia ella. Entró en su campo visual, sosteniendo una jeringa.

– Debo inyectarte esto en el trasero.

Eso logró captar su atención. Lo miró furiosa.

– Bueno, elige otro lugar. Pues te puedo asegurar que eso no va a suceder. -Algo de respaldo sería de ayuda, gatita. No voy a bajarme los pantalones frente a todos estos hombres. No me importa tu falta de pudor. Dios mío. De qué sirves si no ayudas a una chica cuando lo necesita. Adopta un aspecto de tipa dura o algo.

– No seas bebé. Todos tenemos que vacunarnos en el culo.

Lo miró con frialdad.

– Yo no. Inténtalo y perderás un ojo.

Felipe rió burlonamente. Marcos sonrió. Y hasta Leonardo intentó ocultar una sonrisa.

– Podemos hacerlo de la manera fácil o de la difícil. Haré que Leonardo te sostenga.

Enarcó una ceja. Su felina se agitó. Al fin.

– Estás enfadándo a mi gata -le dijo satisfecha-. Todavía no tengo mucha habilidad para mantenerla a raya.

– Yo la vacunaré más tarde -dijo Conner.

Su voz sonó tan neutral que Isabeau tuvo la seguridad de que a pesar de la situación de vida o muerte que se desarrollaba en el asiento trasero, él y Elijah habían intercambiado una rápida sonrisa. No le importaba que todos ellos estuvieran riéndose a su costa. Ella estaba fijando los límites. Rio le había puesto un arma en las manos, le había gritado, gritado y la había obligado a calmar a un leopardo al acecho. Ya había tenido suficiente de testosterona y de leopardos macho dominantes. Le dedicó a Rio la mirada furiosa más felina que pudo, retándolo a que lo intentara.

– Gatita -refunfuñó Rio en voz baja-. Vas a tener que contenerla.

– Yo lo haré -aseguró Conner.

– Puede intentar contenerme -murmuró Isabeau en rebeldía y sintió a su gata estirarse lánguidamente y sacar las garras.

Rio puso los ojos en blanco.

– Mujeres -dijo en voz baja.

Todos eran leopardos, por lo que era imposible que dejaran de oírlo.

– Hombres -respondió ella en voz baja de forma infantil.

– ¿Dónde esconderemos a Teresa? -preguntó Marcos-. Me siento responsable de ella.

– En algún lugar donde no la encuentren y desde donde no pueda ponerse en contacto con nadie -dijo Rio.

– Adán tiene un primo -dijo Conner- que no vive lejos del lugar al que nos dirigimos. Si no puedo persuadir al doctor de que nos ayude, podemos recurrir a él.

– ¿Cuánto conoces al doctor? -preguntó Rio.

– Bastante bien. Él y mi madre eran amigos. Jugaban al ajedrez. De hecho me enseñó a jugar al ajedrez. Nunca traicionaría a nuestra gente.

– Cambia de lugar conmigo -dijo Elijah, con voz fatigada.

Isabeau oyó crujidos en el asiento trasero.

– Por ese camino, Felipe -gritó Conner-. La tercera granja. Ahora que está retirado, ejerce la práctica en su domicilio.

La carretera estaba llena de profundos baches. Podía imaginarse a un leopardo eligiendo ese lugar para vivir. El bosque invadía las casas y las granjas estaban bien distanciadas una de otra, lo que otorgaba abundante intimidad. Pasaron dando botes frente a las dos primeras granjas, en ambas ocasiones salió alguien al porche para atestiguar que pasaban. Era evidente que los motivaba algo más que la curiosidad y ella se preguntó si también serían leopardos. Se dio cuenta de que volvía a ponerse nerviosa, o tal vez su ansiedad no había tenido oportunidad de disiparse. El hecho de que todos los hombres comprobaran sus armas y Rio le deslizara una pequeña Glock, no ayudó mucho.

– Tómala -siseó-. Solo por si acaso.

Descubrir la forma en que tenían que vivir estos hombres fue toda una revelación. Sabía que era lo que habían elegido y que ella también estaba optando al igual que ellos, porque ella elegía a Conner ahora y siempre. Tomó el arma y la comprobó para asegurarse que tenía el cargador lleno y el seguro puesto.

Elijah volvió a tomar el lugar de Conner para que éste pudiera ponerse un par de vaqueros antes de que Rio abriera la parte trasera del SUV. Se dirigieron hacia el porche juntos. Conner llamó a la puerta y aguardó. Pudo oír movimientos: a una, no, a dos personas. Una tenía el andar más pesado que la otra. La de andar más pesado se acercó a la puerta y la abrió, no sólo una rendija para espiar, sino más bien ampliamente, como dando la bienvenida.

– ¿Qué puedo hacer por…? -la voz se quebró al ver el cuerpo desgarrado de Conner-. Entra.

– Doctor, soy Conner Vega. ¿Me recuerda? Tengo a un muchacho en mal estado. En muy mal estado. Un ataque de leopardo. Necesitamos su ayuda.

El doctor no formuló preguntas sino que les hizo señas para que entraran al muchacho.

– Lo siento, Doc, pero debemos saber quién está en su casa -dijo Conner.

– Mi esposa Mary -respondió el doctor sin vacilar-. Tráelo dentro, Conner. Si es tan mortal como insinúas y tu amigo tiene que efectuar un registro, dile que se apresure.