Rio entró a la casa y Conner corrió de regreso al SUV, haciéndoles señas a los demás para que llevaran a Jeremiah. Isabeau se puso a la retaguardia para proteger a Elijah mientras llevaba a Jeremiah a la casa. Leonardo se quedó en el porche. Felipe y Marcos se fueron en el coche, llevándose a Teresa con ellos, presumiblemente hacia la casa del primo de Adán, pues sabían que allí el hombre de la tribu la cuidaría.
– Heridas punzantes en el cuello. Hemos estado respirando por él la mayor parte del tiempo -explicó Conner mientras Elijah tendía a Jeremiah en la mesa de la pequeña oficina del doctor.
Colgaron la bolsa de fluidos en el gancho y se apartaron para dejarle espacio al doctor.
– ¡Mary! -gritó el doctor-. Te necesito. Esto es más importante que tu comedia.
Ella entró, era una mujer pequeña con cabello cano y ojos risueños.
– Yo no miro comedias, vejestorio y tú lo sabes.
Le dio un golpe con un periódico enrollado cuando pasó junto a él, de camino hacia el fregadero donde se lavó las manos y se puso guantes.
– Sal de aquí, Conner. Pero no te vayas lejos. Eres el siguiente y luego la joven -ordenó el doctor gruñón-. Y no te pasees como sueles hacerlo. Siéntate antes de que te caigas. Hay café caliente en la cocina.
Mary los miró por encima del hombro.
– Y pan fresco debajo del paño de cocina -dijo antes de inclinarse sobre Jeremiah.
Conner los observó trabajar juntos fluidamente, casi sin hablarse, pasándose instrumentos uno a otro, el doctor gruñía y negaba con la cabeza ocasionalmente.
Isabeau enlazó los dedos con los de él y lo miró a la cara. Estaba exhausta y preocupada. Él le apretó la mano y tiró, saliendo de la habitación. Elijah los siguió renuentemente.
– ¿Es bueno? -preguntó.
Conner asintió.
– Todos los leopardos acudían a él. Puede que ahora esté retirado, pero sabe lo que hace. No lo dejará morir si existe la posibilidad de salvarlo. Su nombre es Abel Winters. Doctor Abel Winters. Vivió en nuestro pueblo durante un tiempo, pero se fue antes de que mi madre y yo lo hiciéramos. Obviamente era muy joven y probablemente fuera a estudiar. En realidad yo no lo recuerdo, porque era muy pequeño pero mi madre sí. Ella conocía a todo el mundo en nuestro pueblo.
Miró a su alrededor buscando una toalla que pudiera mojar para intentar limpiar algo de la sangre que lo cubría antes de sentarse
– Cuando se mudó a la cabaña, mi madre me llevaba a él para que me curara los habituales huesos rotos. Mi transformación ocurrió relativamente temprano y solía saltar desde la cubierta forestal, intentando efectuar el cambio en mi camino hacia abajo. Me rompí una buena cantidad de huesos de esa forma.
Elijah rió.
– Apuesto a que sí.
La tensión se aflojó un poco. Isabeau tomó la toalla de manos de Conner y él se inclinó sobre el lavabo y se apoyó en el borde mientras ella intentaba limpiar las partes más ensangrentadas.
– Maldición, eso duele como el infierno. Iré a buscar una ducha.
Ella deseó ir con él, pero se quedó en la cocina con Elijah, sintiéndose torpe y fuera de lugar.
– Lo hiciste bien Isabeau -dijo Elijah, rompiendo el incómodo silencio.
– Estaba asustada. -No lo miró, en vez de ello miró a través de la ventana-. Muy asustada.
– Todos lo estábamos. Sabía que corría un gran riesgo al intentar llegar hasta Jeremiah y esperaba que el francotirador me disparara en cualquier momento. Imagino que tú esperarías lo mismo.
Ella sacudió la cabeza.
– No, yo esperaba que le disparara a Conner. Él tenía el mismo problema que yo. No quería dispararle a su amigo. Yo no quería acertarle a Conner.
Apartó los mechones de cabello que caían alrededor de su rostro.
– ¿Qué significa «marcar», Elijah?
Él frunció el ceño.
– ¿En qué contexto?
Volvió a evitar su mirada, sintiéndose cohibida, la fijó en el suelo.
– Como las marcas que accidentalmente le hice a Conner en el rostro. ¿Qué significa eso en el mundo del leopardo?
Él se encogió de hombros.
– Es tu compañero, así que no es gran cosa. Pusiste tu marca sobre él. Más profundamente que al nivel de la piel. Tienes un cierto compuesto químico en tus garras. Puedes transferir ese compuesto al cuerpo de un hombre. Eso fue lo que hiciste cuando arañaste a Conner. Tú no sabías lo que estabas haciendo, pero tu gata sí. Se aseguró de que él la deseara. Habitualmente una hembra no suele hacer eso a menos que esté en pleno Han Vol Dan. No puedo decir que nunca ocurra y la prueba está, en que tu felina marcó a Conner, pero probablemente ese sea el mayor riesgo durante la manifestación.
– Entonces ¿qué ocurre si marca a alguien que no es su compañero?
Elijah se irguió lentamente, el silencio se extendió angustiosamente hasta que se sintió obligada a enfrentar su mirada.
– ¿Fue eso lo que ocurrió, Isabeau?
– ¿Qué cosa ocurrió? -preguntó Conner entrando a zancadas en la habitación, secándose el cabello con una toalla. Llevaba los vaqueros caídos en las caderas y las profundas laceraciones, las marcas de mordidas y la piel desgarrada resultaban muy evidentes.
Ella se mordió el labio con fuerza. Tenía el mal presentimiento de que Elijah iba a revelar algo que ella no quería saber.
– Isabeau quiere saber qué ocurriría si marcara a alguien que no fuera su compañero.
Allí estaba ese silencio otra vez, extendiéndose hasta que se le pusieron los nervios de punta.
– ¿Isabeau? -preguntó Conner-. ¿Fue eso lo que ocurrió?
Ella eludió la pregunta.
– Encontré un cadáver en el jardín. Creo que Philip Sobre es un asesino en serie.
Para evitar mirar a ninguno de los dos, fue hacia el otro lado de la mesa y levantó el paño de cocina, revelando la hogaza de pan recién horneada.
Su declaración fue recibida en silencio. Sintiendo que la miraban, se volvió. Conner parecía aturdido.
– ¿Qué encontraste, qué?
Cortó el pan y lo puso en un plato. Estaba tibio y su aroma era paradisíaco.
– Un cadáver. Alberto me habló de cómo diseñar y plantar un jardín. Aparentemente es jardinero y uno muy bueno. Me invitó a que diera un vistazo. Él me esperaría junto al estanque.
– Ve a la parte del cadáver, Isabeau -dijo Elijah.
– Y a lo de marcar a otro hombre -la alentó Conner.
Tomó un platillo con mantequilla de manos de Elijah y untó dos rebanadas, luego empujó los platos hacia ellos antes de servir café.
– ¿Alguno lo toma con crema?
Conner dejó la taza de café, rodeó la mesa y le rodeó la cintura con el brazo.
– Deja lo que estás haciendo y siéntate. Debes decirnos qué ocurrió.
Isabeau permitió que retirara una silla y la sentara en ella. Los dos hombres también se sentaron. Ella sacudió la cabeza.
– No sé si Alberto sabía que el cuerpo estaba allí y quería que yo lo encontrara. Tal vez quería que yo llamara a la policía y denunciara a Sobre.
– ¿Estás segura de que era un cadáver? -preguntó Conner.
– Muy segura. Me acerqué a él. Algo, un animal, había estado cavando. Había insectos y olor a descomposición. Vi un dedo. Era un cadáver. Retrocedí y borré cualquier evidencia de mi presencia. No sabía qué hacer. No confiaba en Alberto ni en su guardia. No daba señales de ser otra cosa que un agradable anciano, pero a mi gata no le agradaba que me tocara y simplemente tenía esa sensación… -se presionó el estómago con la mano y miró a Conner con impotencia.
Él le tomó la mano y se llevó la punta de sus dedos a la boca.
– Lo siento, cariño, nunca debí permitir que te mezclaras en esto. Si hubiera estado pensando coherentemente, te hubiera escondido en algún lugar seguro hasta que todo hubiera terminado.
– No hubiera ido. Yo comencé esto, Conner y me aseguraré de verlo terminado. Alguien tiene que detenerlos.