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– Había una razón para eso, lerdo. Se llama fobia a las agujas.

– Le dijiste que no eras alérgica cuando él te preguntó -indicó. La mano empezó un masaje circular para aliviar el dolor y, si tenía suerte, para comenzar uno nuevo.

– Una fobia no es una alergia -explicó ella-. Ahora déjame levantarme.

Se estaba volviendo receptiva a sus atenciones otra vez pero su voz decía que no le gustaba, que quería seguir enfadada. Le acarició el lugar dolorido con la lengua y deslizó los dedos profundamente otra vez.

– Estás tan mojada, cariño. -Retiró los dedos justo cuando ella empujó contra la mano para atraerle más profundamente-. ¿Lo ves? -Los sostuvo, brillando con humedad, delante de su cara-. Como néctar. -La mano regresó, dando masajes y frotando-. Te deseo, Isabeau, ¿vas a decirme que no?

Ella tembló ante la promesa oscura en su voz. La mano en la espalda se movió despacio y él le permitió que se deslizara fuera del regazo. Ella se sentó en el suelo con cautela, temerosa de sentarse directamente sobre el ofensivo picor. Levantó la mirada. La luz de la luna se derramaba por la cara de Conner, dándole un borde más suave a pesar de las cicatrices. Levantó la mano y le acunó el lado de la cara, el pulgar se deslizó por la cicatriz más profunda.

– Rio me dijo que tuviste una infección.

La mano de él cubrió la de ella y luego giró la cabeza y presionó unos besos en el centro de la palma.

– Las he tenido antes y las tendré otra vez. -La mirada dorada ardió en la de ella-. Tomé mi inyección de antibióticos sin gimotear.

– Eres tan grande y valiente -contestó ella con una sonrisa débil y misteriosa. Su mirada cayó a la ingle, a la erección pesada, gruesa y levantada contra el vientre plano. Arrastrando los dedos con un toque delicado sobre el miembro, llegó al saco que colgaba debajo, mirando cómo temblaba Conner mientras lo hacía-. Sólo un toque y ya tiemblas.

Isabeau le rozó las suaves pelotas con los dedos antes de acunarlas, las hizo rodar y las apretó suavemente, todo el tiempo manteniendo los ojos centrados en el centro del cuerpo de él, como si cada una de sus reacciones fueran lo más importante en el mundo para ella. El aliento estalló de los pulmones de Conner cuando se inclinó sobre él y lamió suavemente, una y otra vez, acunando sus pelotas y la base de su miembro mientras el placer le inundaba el cuerpo y se endurecía imposiblemente.

Su boca infinitamente suave le chupó otra vez. Todo lo que ella hacía estaba diseñado para complacerlo. Las manos regresaron, acariciando y rozando mientras apartaba la boca y volvía a mirar su reacción.

Conner absorbió la sensación de su toque en la piel. Ella le podía transportar instantáneamente a otro reino sólo con sus dedos. La observó con ojos entreabiertos, mirando la absorta atención en su cara cuando cerró los dedos alrededor del grueso miembro, forzándolo a dar una boqueada de placer. Ella bombeó experimentalmente. Una vez. Dos veces. Su mirada nunca se apartó de su verga. Ella estudió la manera en que latía en su mano, cómo reaccionaba al calor del aliento en la cabeza hinchada. Cuando unas pequeñas gotas color perla aparecieron las quitó con un lametazo como si fuera un cucurucho de helado.

Cada toque, cada caricia era suave como una pluma, apenas allí, diseñada para atormentarlo. Había una mirada en la cara de Isabeau que le rompía, sinceramente le rompía. Ella le comprendía. Le veía, al hombre y al leopardo. Comprendía su impulso de dominar y le aceptaba por quién era. Disfrutaba dándole placer. Y confiaba en él completamente. La confianza estaba en sus ojos cada vez que se entregaba a él sin reservas.

Ella se inclinó hacia delante y curvó la lengua alrededor de la cara inferior de la cabeza ancha, excitando su lugar más sensible y pareciendo complacida cuando la polla respondió con un tirón rápido y grato, latiendo y pulsando en la mano.

Él gimió, juró suavemente y enterró los puños en el glorioso pelo, tirando de su cabeza hacia delante, desequilibrándola un poco, hasta que colocó su miembro en equilibrio en la boca. Le untó los labios con esas pequeñas gotas color perla y el corazón casi se le detuvo cuando ella sacó la lengua para capturar su esencia, atrayéndolo dentro.

– Abre la boca -ordenó suavemente. Necesitándola. Deseándola. Amándola. Dios, pero ella era brutal, una mujer para sostener por siempre.

Ella alzó la mirada entonces, se encontró con la de él y el corazón de Conner empezó a funcionar a toda marcha, golpeando con la fuerza de un martillo. Vio cómo sus ojos cambiaban, volviéndose somnolientos, adormilados, tan sexy que gimió otra vez y le empujó la cabeza contra él. La boca se abrió bajo la presión y ella chupó la polla en el caldero apretado y caliente.

La lengua empezó a dar golpecitos y a bailar alrededor de la ardiente cabeza, acariciando la cara inferior hasta que él juró que iba a volverse ciego. El cuarto se enturbió realmente y unas pequeñas explosiones explotaron en su cerebro. Las corrientes eléctricas crepitaron en la sangre, causando que su cuerpo se estremeciera y otro gemido profundo escapara. Ella lo lamió, lo chupó y le dio golpecitos, sin detenerse nunca en una sola cosa sino cambiando constantemente hasta que Conner estuvo desequilibrado y las sensaciones se amontonaron una encima de la otra. Ella no mostró signo de estar cansada, sino que le condujo sobre el borde de su control una y otra vez y luego retrocedía hasta que él pensó que explotaría.

Respirando entrecortadamente, usando las riendas sedosas que sostenía, le levantó la cabeza.

– Ponte a cuatro patas.

Todavía sosteniéndolo profundamente en la boca, con la lengua trabajando arriba y abajo por su miembro, negó con la cabeza, los ojos le decían que estaba arruinándole la diversión. La apartó de él, sosteniéndola quieta, las manos enterradas con fuerza en su pelo, hasta que obedeció. Isabeau tembló cuando él se arrodilló detrás de ella y colocó la mano entre los omóplatos, presionando la cabeza contra el suelo.

La acción levantó sus nalgas, esos perfectos globos y él curvó las palmas sobre su culo de manera posesiva. Lo masajeó, amasó y luego resbaló los dedos entre las piernas donde la humedad brillaba.

– Adoro cuán mojada te vuelves por mí, cariño. -Frotó la cabeza de la polla de aquí para allá por los suaves pliegues, sintiendo el calor húmedo, prolongando el momento, deseando que ella empujara contra él-. ¿Qué piensas? ¿Debo provocarte del modo en que tú me has provocado a mí? -Se agachó sobre ella, permitiendo que sintiera su peso mientras presionaba el pene en la ardiente entrada.

Ella se estremeció e hizo un sonido estrangulado en el fondo de la garganta. Él sintió la vibración corriendo por su cuerpo directamente al canal femenino. Hundió un poco las caderas y sintió que el cuerpo de ella cedía a la invasión. Apretado. Al rojo vivo. Siempre ese poquito de resistencia como si ella no fuera a permitirle entrar y luego… el paraíso. La respiró, permitió que lo tomara, rindiéndose a ella completamente. Siempre le divertía pensar que ella pensara que era la que se rendía. Él era el fuerte, el leopardo macho dominante, agresivo, tomándola de cualquier forma que deseara. Era este momento, la primera unión cuando el amor por ella lo abrumaba. Le sacudía tanto que siempre necesitaba este momento después de enterrarse en ella, para rendirse a ella, a la enormidad de lo que sentía por ella.

Comenzó a moverse, un poco sorprendido de la fuerza de su amor por ella. Cuando estaba así, sintiéndose como si tocara el borde de un milagro, prefería estar detrás donde Isabeau no pudiera verle la cara. Cada golpe enviaba llamas por todo su cuerpo, le lamía la piel, ardiendo a través de su polla y esparciéndose como un incendio fuera de control hasta que las sensaciones eran tan fuertes que no podía pensar.