– Sé que te amo, Isabeau, con cada aliento de mi cuerpo y no sobreviviría si me dejaras. He estado un jodido año interminable sin ti y no quiero pasar por eso nunca más.
Isabeau sonrió y se inclinó hacia él, le deslizó la lengua sobre el miembro. Se tomó su tiempo, lamiéndole amorosamente, mientras las manos de Conner iban a su cabello y lo acariciaban. Ella le estaba respondiendo de un modo que ninguna mujer pensaría hacer y su corazón casi explotó de amor por ella.
Ella se tomó su tiempo, asegurándose de que él la oyera, que supiera exactamente lo que estaba diciéndole, gritándole, en silencio. Era consciente de cada temblor en el cuerpo de él, de cada matiz diminuto, mientras lo cuidaba, devolviéndolo a su estado medio duro. Se hundió hacia atrás y le sonrió.
– Voy a limpiarme y a caer en la cama para dormir durante horas. No me despiertes.
Él sabía que lo haría. Y sabía que ella lo sabía. La sonrisa de Isabeau era como la del gato que se comió al canario. Sabía exactamente lo que le había hecho con la boca. Con el modo en que le amaba. La miró alejarse y por primera vez pareció cómoda con su desnudez delante de él, las caderas oscilaron de modo provocador, tentadoramente.
– Pequeña pícara -cuchicheó y se tumbó sobre la cama, entrelazando los dedos detrás del cuello, la satisfacción le zumbaba por las venas. Le hacía sentirse en la cima del mundo. Le hacía sentir… magia.
Contempló el techo, su cuerpo lánguido y saciado, estirándose como el gato que era. Ella regresó al cuarto, su cuerpo fluido y elegante, muy femenino, y él y su leopardo la admiraron mientras cruzaba a su lado y se hundía en la cama.
Conner estaba tumbado de lado, apoyado sobre un codo mientras con la otra mano le acariciaba la melena salvaje. Ella tenía razón acerca del pelo. Los mechones se habían secado en una profusión de rizos que él encontraba intrigante. Generalmente, ella llevaba el pelo liso, ocultando su mirada indomada. Le gustaba su lado salvaje.
– He estado pensando, Isabeau -murmuró, mirando el juego de la luz de la luna a través de su cara-. Ninguno de nosotros tiene familia ya.
– Tienes un hermano.
Eso fue un golpe duro inesperado.
– Sí. No he pensado sobre ese aspecto, de lo que te estaría pidiendo.
Las pestañas velaron los ojos de Isabeau.
– ¿Y qué sería eso?
– Bien, por supuesto tengo que acoger al chico. Criarlo yo mismo. Sólo tiene cinco años. Si estuvieras conmigo, te estaría pidiendo que fueras una madre para él.
Ella hizo un pequeño sonido, como un suspiro.
– Estoy muy por delante de ti, Einstein. Por supuesto que nosotros le criaremos, ¿Qué otra cosa haríamos? Tu madre nos perseguiría para siempre si no lo hiciéramos. Además, yo lo he conocido. Tiene tus ojos y tu cabello. Es un chico encantador. Ahora duérmete.
Él continuó jugando con su pelo, mirándola respirar. La larga extensión de piel parecía suave y tentadora a la luz de la luna. El dolor en la ingle era agradable, no doloroso y disfrutó estando allí tumbado, su cuerpo como una cuchara en torno al de ella, su pene apretada contra su culo, los muslos apretados contra los de ella. Así serían sus noches. Isabeau en su cama. Bajó la mirada a los senos, los pezones suaves e invitadores. Algún día un hijo se acurrucaría allí y se alimentaría, sería la cosa más hermosa del mundo.
– Cásate conmigo, Isabeau. -La mano dejó el pelo para ahuecar el seno, el pulgar le rozó perezosamente de aquí para allá a través del pezón, sabiendo que estaba enviando diminutas chispas de excitación directamente al clítoris. Mantuvo el toque suave y poco exigente.
Ella mantuvo los ojos cerrados.
– Ya te dije que lo haría. Ahora duérmete.
– Cásate conmigo mañana, Isabeau -susurró, parando la mano y curvando la mano en torno al seno sólo para sostener el peso suave.
Ella abrió los ojos. Parpadeó y giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.
– ¿Mañana?
– Quiero que seas mi mujer. Ninguno de nosotros tiene familia, aparte del chico. El equipo es nuestra familia. El doctor podría arreglarlo para nosotros. Adivino que en este valle hay leopardos. El doctor sólo se asentaría donde su pericia ayudara a su propia gente. Quiero saber que estás esperando al final de este asunto.
Ella se dio la vuelta lentamente y le tocó la cara con la mano.
– Conner. Te amo. Sé lo que tienes que hacer para recuperar a esos niños. Y sé que te hace sentir sucio e indigno de mí, pero eso te hace mejor ¿No lo ves? Eres un hombre extraordinario para arriesgar lo que tenemos por la seguridad de otros. Quise decir lo que dije cuando te aseguré que estaría detrás de ti al cien por cien. Dime qué hacer para ayudarte y lo haré.
– Cásate conmigo mañana. Sé mi mujer. Eso me ayudaría.
Ella tragó. Él miró el movimiento de la garganta, le intrigó que estuviera nerviosa cuando sabía que estaba comprometida con él. Le acarició la garganta con los dedos y sintió el tragar convulsivo, entonces trazó los labios con la punta del pulgar y los sintió temblar.
– ¿Qué es, nena? -Mantuvo su voz suave y baja, íntima-. ¿Tienes miedo?
Ella parpadeó rápidamente otra vez.
– Es sólo que a veces tengo dificultades…
– ¿Con…? -Incitó, la mano moldeó los senos otra vez y luego se deslizó abajo para frotar pequeños círculos sobre el vientre.
– Con creer que un hombre como tú podría estar realmente satisfecho con una mujer como yo.
La mano se inmovilizó. Él se tensó.
– ¿Qué demonios significa eso, Isabeau?
Isabeau se tumbó de espaldas y le miró a la cara, marcada y dura, experimentada y con el peligro en cada línea. Aunque la luz de la luna se derramaba sobre ella, él todavía estaba oculto en las sombras, algo que identificaba con él. Siempre sería ese hombre en las sombras. Duro. Fuerte. Un poco misterioso. Y tan… tan experimentado en todos los aspectos en que ella no.
– Fuera de mi liga.
Él arqueó la boca, la sonrisa llegó lentamente.
– Tienes que dar marcha atrás, cariño. Siempre he sabido que tú estabas fuera de mi liga con tu inocencia y tu confianza. Eres la cosa más hermosa en mi vida y no hablo de tu cuerpo excepcional, al cual admitiré le tengo mucho cariño. Eres todo lo que deseo, Isabeau y nunca debes sentirte como si no pudieras mantener mi ritmo. Si acaso, es al revés.
– Yo no hablo de intelecto, ni de valor. Siento que puedo ser una ventaja para ti, Conner, pero aquí, en la cama, no tengo ninguna experiencia, aparte de la que me has enseñado.
Su miembro dio un tirón contra su trasero, creció más caliente y más grueso. Él se rió suavemente.
– ¿Sientes eso, nena? Eso es lo que tú me haces. Estás tan dispuesta a complacerme y sigues las instrucciones hermosamente. Un hombre desea a una mujer que le da su confianza y su cuerpo sin reservas. Tú haces eso. No puedo pedir nada más. No tienes miedo de decirme o mostrarme lo que te gusta. ¿No crees que sea recíproco? Mirarte disfrutar de mi cuerpo es el pago más grande que hay. El sexo es sólo sexo, Isabeau. El amor es diferente. El amor es mente y cuerpo, corazón y alma. No sé cómo decirlo. Cuando estoy contigo, no es sólo mi cuerpo siendo satisfecho. He tenido el amor, tu marca del amor y no deseo nada más.
Ella rodó para ponerse de lado y acurrucó el redondo y firme trasero más apretado contra el regazo.
– Bien entonces. Acepto. Ahora duérmete.
Conner la miró fijamente, a las largas pestañas que una vez más velaron sus ojos y comenzó a reírse.
– Vas a ser un verdadero infierno con el que vivir, ¿no?
– Absolutamente.
– Bien, ¿no vas a hablar de vestidos y trajes?
– No tengo ningún vestido.
– ¿Vamos a casarnos desnudos entonces? Tiene sus posibilidades.
Ella se rió suavemente.
– Sólo tú pensarías eso. No. Llevaremos ropa. Ahora duérmete. Hablar te pone duro.