Me quedé tan perpleja que desvié mi atención de la calle. Un tremendo bocinazo del coche que había a mi izquierda me hizo volver en mí de inmediato.
Me detuve junto a la acera.
– ¿Qué quiere decir? El pegamento no cae por accidente dentro de las cerraduras, y un saco lleno de ratas no entra así como así en un sistema de ventilación.
– No me explico cómo ocurrieron esas cosas, pero no puedo seguir preocupándome por ellas, así que gracias por las molestias, pero ahora es preciso que deje la fábrica en paz.
Me sonó como un guión ensayado, en el caso de que alguna vez hubiese oído alguno, pero colgó antes de que tuviera ocasión de presionarla un poco. De todos modos no podía permitirme llegar tarde a la cita; tendría que ocuparme de Rose y de Fly the Flag más tarde.
Di un toque a Marcena en el hombro. Volvió a gruñir pero se incorporó y comenzó a arreglarse, poniéndose un poco de maquillaje, rimel incluido, y sacando del bolso su característico pañuelo rojo de seda para anudárselo al cuello. Cuando enfilamos By-Smart Corporate Way presentaba un aspecto tan elegante como siempre. Eché un vistazo a mi cara en el retrovisor. Si me ponía rimel lo más probable era que acentuara el enrojecimiento de mis ojos.
La oficina central de By-Smart se había diseñado siguiendo los consabidos principios utilitarios de sus megatiendas, y se veía igual de grande: una especie de caja enorme rodeada de un parque diminuto. Y como tantos parques corporativos, aquél era una horterada. Habían arrasado los prados de la colina para cubrirla de hormigón y luego añadir una minúscula tira de césped como si fuese una ocurrencia de última hora. El paisajista de By-Smart también había incluido un estanque a modo de recordatorio del marjal que en un tiempo había habido allí. Al otro lado del parche de hierba marrón, el estacionamiento parecía extenderse varios kilómetros; su superficie gris se fundía en el horizonte con el plomizo cielo otoñal.
Tras caminar taconeando el buen trecho que mediaba hasta la entrada, comprobamos que el utilitarismo del edificio terminaba en su forma. Estaba construido con alguna clase de piedra de color oro pálido, quizás incluso fuese de mármol, puesto que de mármol parecía el suelo del vestíbulo, las paredes del cual estaban forradas de suntuosa madera rojiza con incrustaciones ambarinas. Pensé en las interminables hileras de palas, banderas, toallas y cajas de líquido para derretir hielo del almacén de Crandon y en Patrick Grobian esperando trasladarse allí desde su mugriento despachito. ¿Quién podía culparlo, aunque ello supusiera acostarse con tía Jacqui?
A tan temprana hora del día no había ningún recepcionista tras el gigantesco mostrador de teca, sólo un huraño vigilante que se levantó para averiguar qué queríamos.
– ¿Es usted Hermán? -pregunté-. Billy el Ni… el joven Billy Bysen me invitó a la plegaria matutina de hoy.
– Ah, sí. -Hermán se relajó y esbozó una sonrisa paternal-. Sí, me avisó de que una amiga suya vendría a las oraciones. Dijo que pasara directamente a la sala de reuniones. ¿La señora viene con usted? Aquí tienen, estos pases son válidos para todo el día.
Sin pedirnos una tarjeta de identificación, nos entregó un par de cartulinas rosas plastificadas con el rótulo de «visitante». Pensé que la repentina amabilidad de Hermán no se debía tanto a que conociéramos a un miembro de la familia sino a que Billy el Niño siempre conseguía que la gente con quien trataba se mostrase contenta y protectora; había presenciado la misma reacción entre los camioneros que le tomaban el pelo la noche del jueves.
Hermán también nos dio un plano sobre el que nos indicó el camino hasta la sala de reuniones. El edificio estaba construido como el Merchandise Mart o el Pentágono, con pasillos concéntricos que daban a un laberinto de cubículos. Aunque cada esquina tenía una placa de plástico negro que indicaba su ubicación, dimos un montón de vueltas y tuvimos que desandar lo andado. O más bien lo hice yo; Marcena iba dando traspiés detrás de mí.
– ¿Vas a recomponerte un poco antes de que nos presentemos ante Buffalo Bill? -le pregunté.
Me dedicó una sonrisa angelical.
– Siempre estoy a la altura de las circunstancias. Ésta todavía no necesita que ponga toda la carne en el asador.
Me mordí la lengua: seguro que a insolencias ella me ganaría siempre.
Supe que estábamos en el buen camino (o más bien corredor), cuando empezamos a encontrar a otras personas que iban en la misma dirección. Fuimos objeto de un sinfín de furtivas miradas: dos desconocidas entre ellos, mujeres por si fuera poco, en medio de un mar de hombres con trajes grises y marrones. Cuando comprobé que estábamos yendo en la dirección correcta, advertí que la gente nos tomaba por dos vendedoras ajenas a la empresa. Me pregunté si la oración matutina sería un ritual obligado para hacer negocios con By-Smart.
Mientras buscábamos dos asientos vacíos, una mujer me susurró que la primera fila estaba reservada para la familia y los altos cargos de la empresa. Marcena dijo que le parecía muy bien, que por ella cuanto más lejos del meollo mejor. Encontramos dos sillas contiguas a unas diez filas de la presidencia.
Cuando Billy el Niño me invitó a la plegaria matutina me imaginé algo así como la capilla de Nuestra Señora de una iglesia cuyo párroco es amigo mío: estatuas de la Virgen, velas, crucifijos y un altar. En cambio, nos hallábamos en una sala anodina en la cuarta planta sin más ventanas que unas claraboyas. Luego vi que era una especie de sala polivalente, más pequeña y mucho más informal que un auditorio, donde los empleados asistían a clases y otras actividades que no estaban directamente vinculadas al trabajo.
Aquella mañana habían dispuesto un semicírculo de sillas en torno a una mesa de madera clara. El viejo señor Bysen llegó justo antes de iniciarse el acto, cuando todos los demás asistentes ya estaban sentados. Se trataba de un hombre fornido, con un vientre que había ido creciendo con la edad, pero para nada gordo. A pesar de ayudarse con un bastón, caminaba con brío; de hecho, era como si se diese impulso con él. Un séquito compuesto principalmente por hombres trajeados con los ubicuos tonos grises se arremolinaba tras él. Billy el Niño, con pantalones vaqueros y camisa blanca, entró con Andrés al final del cortejo. Llevaba los rizos pelirrojos bien engominados. En aquella habitación de hombres de gris, la tez morena de Andrés destacaba como una rosa en un cuenco de cebollas.
Había un grupito de mujeres aparte de Marcena y yo, una de las cuales llegó con el séquito de Bysen. Se comportaba a un tiempo con deferencia y seguridad en sí misma: la perfecta secretaria personal. Tenía la cara plana como una sartén, y llevaba un delgado portafolio dorado cuya cremallera descorrió antes de dejarlo abierto sobre el pupitre de modo que tanto ella como Bysen pudieran verlo. Ella fue quien se sentó a la derecha de Bysen cuando el círculo de allegados ocupó las acolchadas sillas. Tía Jacqui, que llegó un momento después, por poco se queda sin asiento en la primera fila.
El oficio matutino parecía ser la ocasión en que Bysen recibía a la corte. Antes de que comenzaran las plegarias, varias personas se aproximaron a conversar en voz baja con él. La mujer con cara de sartén prestaba suma atención a todas ellas e iba tomando notas.
Junto al pastor y Billy el Niño, había otros cuatro hombres sentados a la mesa presidencial; las personas que aguardaban turno para departir con Bysen intercambiaban comentarios con una u otra de ellas, pero todas, reparé, dedicaban una sonrisa y una breve charla a Billy. En un momento dado, éste me localizó entre el público; me sonrió con timidez y un comedido ademán, lo que me levantó un poco el ánimo.
Tras unos quince minutos de atención a sus vasallos, Bysen asintió en dirección a la mujer de la cara de sartén, que guardó el portafolio. Aquélla era la señal para que todos regresaran a sus asientos. Billy, sonrojado por la importancia de su papel, se levantó para presentar al pastor del Mount Ararat añadiendo unas palabras sobre su implicación en South Chicago y lo importantes que la vida eclesiástica y el trabajo del pastor Andrés eran para dicha comunidad. Andrés hizo una invocación y Billy leyó un pasaje de la Biblia, el del hombre rico y el administrador desleal. Cuando hubo terminado, tomó asiento cerca de su abuelo.