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»¡No lo permitiré jamás!

– Señora Kurata, por favor. Intente calmarse.

La madre de Kaori se derrumbó y sollozó contra el asiento del coche. Chikako y Makihara guardaron silencio. Makihara esperó a que sus lágrimas remitiesen antes de hablar de nuevo.

– ¿Le ha contado su marido algo sobre esa organización? ¿Cómo está estructurada? ¿Dónde se encuentra? ¿O quiénes son sus miembros?

La señora Kurata se enjugó los ojos, y alzó la mirada hacia Makihara.

– No sé nada más. Él insistía en que no había nada inmoral en ella. Sus miembros son personajes reputados de la sociedad. Algunos son políticos conocidos y líderes de la industria.

– ¿Y de dónde sacan los fondos para financiar sus actividades?

La señora Kurata negó de nuevo con la cabeza.

– ¿Sabe cuando entró su marido en este círculo? ¿Mencionó algo al respecto?

– Su propio padre formaba parte de esta sociedad secreta. Todo empezó tras la Segunda Guerra Mundial. El propósito inicial era impartir justicia, siempre en la sombra, para castigar las tropelías cometidas por las fuerzas de ocupación. No era más que un grupúsculo.

Aquella página de la Historia del siglo XX había quedado casi oculta. Japón capituló y se rindió sin condiciones, y el ejército estadounidense invadió el país. A pesar de la inquebrantable voluntad del general MacArthur en cuanto a la conducta de sus tropas en suelo ocupado, algunos soldados cometieron crímenes que quedaban fuera del alcance de la justicia nipona. Pues ahí habían de encontrarse los fundamentos de tal organización: nació con el objetivo de castigar a los que quedaban impunes a ojos de la ley.

– ¿Conoce el nombre de la citada organización?

La señora Kurata reflexionó unos momentos.

– Lo siento. Puede que alguna vez lo oyera, pero me ponía histérica cada vez que sacaba a colación el tema. Mi marido casi se volvía amenazante; repetía una y otra vez que no sería inteligente contrariarlos. Nadie creería una palabra acerca de la existencia de esta institución que actuaba en una total clandestinidad. Me dio a entender que si les permitía usar a Kaori sin armar ningún escándalo, nunca pondrían en entredicho mi papel de madre. Es más, incluso aludió que si accedía a tener otro bebé, la organización se sentiría eternamente agradecida puesto que quizás fuera otra niña y también naciera con poderes.

– ¡Cómo se atreve a tratarla como una máquina de bebés! – espetó Chikako, indignada.

– Pues eso es lo que había planeado desde el principio. No veía en mí más que a la procreadora de todas las combatientes que necesitara. Desde el momento en el que nos casamos, se buscó una amante -rió tristemente-. Y en cuanto la niña empezó a provocar los incendios, le aseguró: «No te preocupes. Estoy muy orgulloso de ti. Te quiero más que a nada en el mundo». Le dijo que haría cualquier cosa por ella. Supongo que ese es su concepto de buen padre. A mí más bien me recordó a un soldado que promete solemnemente cuidar de su arma como si de su amada se tratase.

Chikako asintió en un gesto de simpatía. Entonces, se percató de un ligero brillo en los ojos de la señora Kurata.

– Ahora que lo dice…

– ¿Qué?

– Algo que mencionó. Le dijo a Kaori que era su protector o algo por el estilo. Y que, algún día, ella le tomaría el relevo. Que se convertiría en…

– … ¿Una protectora?

– Quizás debamos buscar por ahí el nombre de la organización – concluyó Chikako.

– Guardián -masculló Makihara-. Lo que quiso decir es que Kaori se convertiría en una guardiana.

Capítulo 19

Sentada a los pies de su cama, Junko observó con apatía las fotos de Natsuko Mita y Kenji Fujikawa que colmaban la pantalla de la televisión. Con un amargo sabor de boca, recordó las batallas libradas contra Asaba y lo sucedido en la azotea de Licores Sakurai.

La programación televisiva vespertina incluía un reportaje especial sobre los tres incendios en el que se pretendía esclarecer los enigmas que rodeaban a la banda y sus dos últimas víctimas.

La hipótesis policial permanecía prácticamente sin cambios desde el principio, a saber, que la causa tanto de la muerte de las víctimas de la azotea como las de los incendios era el resultado de un ajuste de cuentas dentro del grupo. Se especuló sobre la posibilidad de que Fujikawa recibiera un disparo por un desacuerdo entre sus verdugos a la hora de decidir cómo deshacerse del cuerpo. Aunque también se conjeturó sobre una lucha para alzarse con el poder en esa organización criminal, o tal vez un altercado relacionado con el reparto de los beneficios sobre la venta de droga.

Según la policía, «X», el chico de diecinueve años hallado muerto en Licores Sakurai, competía con Asaba por el liderazgo de la banda. En la pantalla aparecía ahora su fotografía, pero puesto que se trataba de un menor, la zona ocular quedaba oculta bajo un filtro de píxeles, y Junko no estaba segura de reconocerlo. Quizás se tratase del chico de los pantalones caqui que la apuntó con una pistola poco antes de que su cara se derritiese bajo la onda térmica.

Tuvo que reconocer el mérito de los forenses que habían conseguido identificar el cadáver.

La última hipótesis sostenida por los investigadores consistía en que, tras secuestrar a la joven pareja, Asaba y algunos miembros de la banda habían confinado a Natsuko en Licores Sakurai, su base de operaciones, mientras se encargaban de deshacerse del cuerpo de Fujikawa. Asaba intentó ocultarlo en la fábrica abandonada, pero algunos miembros se opusieron a ello. Entonces, se inició una discusión y un tiroteo. Uno de los proyectiles habría alcanzado un antiguo depósito de metano, lo que causó la explosión y el incendio.

Asaba habría sido el único en escapar con vida y, en ese preciso momento, decidió deshacerse de su rival en la carrera por el liderazgo del grupo. Acudió a Tsutsui, su proveedor de armas de contrabando, para hacerse con un arma más potente. Los dos se encontraron en el Café Currant y, cuando Asaba se enteró de que Tsutsui no tenía preparado el pedido, el chico se vio invadido por un arrebato de ira. Le partió el cuello, asesinándolo en el acto. Para destrozar cualquier prueba posible, prendió fuego a la cafetería. Acto seguido, habría regresado a la base donde, embriagado por la sangre derramada, continuó exterminando a sus rivales uno a uno. Incluso su madre cayó víctima de su indiscriminada matanza. Cuando hubo acabado con todos, incendió Licores Sakurai. Planeó escapar con Natsuko como rehén, pero el fuego se extendió con más rapidez de lo previsto y lo arrinconó en la azotea. Entonces, disparó a Natsuko y, después, se quitó la vida.

Junko se quedó bastante impresionada por la verosimilitud del guión. Aunque se preguntó por qué la policía, pese al arsenal forense con el que contaba, no había sido capaz de averiguar que los incendios eran de naturaleza sospechosa. «Qué se le va a hacer…»

No había podido hacer nada por Fujikawa; había presenciado, impotente, el asesinato de Natsuko a quien había jurado proteger. Tampoco consiguió ajustar cuentas con Asaba… La sensación de derrota era tan fresca como intensa, y le dejaba un considerable vacio interior.

¿Quién habría matado a Natsuko? ¿A quién habría reconocido la chica en la azotea de Licores Sakurai?

La pantalla de televisión mostraba de nuevo la cara de Natsuko; la voz en off de una mujer que había trabajado con ella acompañaba la secuencia. Según contaba, que Natsuko y Fujikawa fueran secuestrados por la banda de Asaba esa noche no era una simple casualidad. Explicó que aproximadamente un mes antes, salieron juntas a ver una película en Shinjuku. En el camino de vuelta a la estación, Asaba y un par de colegas suyos las siguieron.

Decía: «Recuerdo perfectamente sus caras. Eran tres, y uno de ellos se trataba del chico que responde a la inicial de "A"».