Chikako escuchó la historia y sintió que se le humedecían las palmas de las manos al recordar lo que la señora Kurata había confesado. Su suegro había formado parte de los Guardianes y quizá esa historia lo explicase todo.
– La familia Kurata mantiene fuertes vínculos con la policía desde entonces. He oído que incluso han hecho importantes donativos. Esa es la razón por la que el capitán Ito recibe al señor Kurata con los brazos abiertos. También he averiguado que se opone rotundamente a cualquier indulto sobre la pena de muerte y que ha publicado artículos e incluso financiado comisiones que apoyan la firme ejecución de la pena capital. Supongo que se toma a pecho que sus opiniones en cuanto a la aplicación de la ley sean escuchadas.
– Y eso es ni más ni menos que lo que ha pasado. -Chikako seguía inmersa en sus cavilaciones, y Michiko la miró con semblante confuso.
– ¿Detective Ishizu?
– ¡Michiko!
– ¿Sí?
– Creo que debería olvidarse de este caso y concentrarse en el que le han asignado. El capitán Ito tiene razón, debe quitarse de la cabeza a la familia Kurata. Eso es exactamente lo que ha de hacer.
Capítulo 28
– Espero que ayer disfrutara de su día libre. -A juzgar por su modo de conducir, Makihara estaba de mal humor. El no solía mostrar sus emociones, y Chikako pensó que quizá le viniera bien hacerlo.
Estaban en su coche, de camino al Tower Hotel en Akasaka, donde se hospedaban la señora Kurata y su hija. El día anterior, aproximadamente a la misma hora que Chikako hablaba con Michiko Kinuta, Makihara se puso en contacto con Fusako Eguchi, el ama de llaves de los Kurata. Estaba ansiosa por encontrarse con Chikako y Makihara, y él concertó una cita al día siguiente, en la cafetería de la primera planta del hotel.
– Pero ¿no fue despedida por los Kurata? -preguntó Chikako.
– Fue despedida por el señor Kurata -matizó Makihara. Amaneció con frío y las nubes desfilaban con rapidez por el cielo-. Sin embargo, la señora Kurata volvió a contratarla, y será ella quien pague su salario a partir de ahora. El señor Kurata sabe dónde están su mujer y su hija, aunque la señora Kurata se niega a verlo. Ha explicado la situación al personal del hotel, y los empleados han accedido a cooperar y a mantenerlo alejado de ellas hasta que el divorcio sea efectivo. Lo que significa que por mucho poder que tenga, el señor Kurata no podrá irrumpir en la habitación sin montar una vergonzosa escena. De modo que la señora Kurata, Kaori y Fusako Eguchi estarán tranquilas de momento.
– ¿Kaori está perdiéndose las clases?
– Por ahora, sí. Por cierto, ¿usted qué hizo ayer?
Chikako lo puso al corriente de todo. Le habló de la visita de Michiko Kurata y de las conclusiones que había sacado tras la conversación.
– Entonces, ¿cree que el capitán Ito esconde algo? -preguntó Makihara.
– No sé qué pensar ahora mismo -reconoció Chikako, negando con la cabeza-. Pero creo que me ha utilizado para involucrarle a usted en los casos.
– ¿Y si resulta que es cierto?
– ¿Por qué le querría en el caso? ¿Podría utilizarle para investigar a los Guardianes?
– Tal vez -asintió Makihara-. O quizá sea él mismo un Guardián y ande en busca de nuevos talentos.
Chikako le lanzó una mirada de menosprecio, pero en el fondo sabía que era una idea que no podían descartar.
– Sería perfectamente lógico disponer de agentes de la policía en la organización de los Guardianes -prosiguió Makihara-. Sobre todo, teniendo en cuenta que las leyes actuales juegan a favor de los criminales.
– Eso suponiendo que los Guardianes existan realmente -le recordó Chikako-. No sigue siendo más que una teoría.
– Sí, señora -sonrió Makihara al meter la marcha-. Hay algo a lo que no dejo de dar vueltas. Quizá los Guardianes están intentando reclutar a Junko Aoki.
– ¿Por qué?
– Opera bajo la misma premisa que ellos. Siente que perseguir a los criminales que han conseguido colarse por el tamiz de la ley es su deber. El punto de inflexión radica en que los Guardianes no dejarán que se conozca su existencia. Ejecutan a los sentenciados a muerte con mucha más sutileza, hacen que parezcan accidentes o suicidios. De otro modo, no podrían haber operado en la sombra durante tanto tiempo. Junko Aoki, por otro lado, no reprime su furia ni intenta ocultar lo que ha hecho. Se deshace de sus víctimas a la menor oportunidad. Los Guardianes deben de andar tras ella ya. Y si saben que tiene poderes, no me sorprendería que intentaran reclutarla como soldado.
– Sus poderes…
– Detective Ishizu -interrumpió Makihara-. Depende de usted creer o no en la piroquinesis en función de lo que ha visto hasta ahora. Pero sepa que ellos no tienen la menor duda al respecto. Por esa misma razón quieren a Kaori. Y es lógico que también estuvieran más interesados si cabe en Junko Aoki, que además de poseer esos poderes, está dispuesta a luchar.
Chikako asintió muy a regañadientes. Makihara tenía argumentos de peso.
– Pero nosotros sospechamos que cometió tanto los homicidios de Arakawa como la reciente oleada de asesinatos, solo por la poca discreción que rodeó esa serie de ajusticiamientos -razonó la detective.
– Exacto. Y probablemente sea ése el motivo por el que los Guardianes tengan prisa en contactarla. Por supuesto, también sabemos que ya lo han hecho.
– ¿Y cómo? -preguntó Chikako.
– Porque fueron a ver a Kazuki Tada -contestó Makihara a modo de conclusión. Al reparar en la expresión de desconcierto de Chikako, se explicó-: ¿Quién le dijo dónde encontrarlo? Junko Aoki posee unos poderes piroquinéticos extremadamente desarrollados, pero no es detective. Jamás podría haber dado con él sin ayuda. Y no solo eso, también sabemos que fue a verlo en coche. Tada entró en estado de conmoción cuando la vio, pero cuando indagué en ese punto, acabó recordando que no iba al volante. Estaba seguro de que se encontraba en el asiento del pasajero. Eso significa que alguien la llevó.
– ¿Ha vuelto a hablar usted con Tada?
– Sí, lo he visto varias veces. Se ha mostrado muy cooperativo. De hecho, creo que se siente aliviado de compartir todo lo que sabe. -Con una mano aún en el volante, Makihara sacó el bloc de notas del bolsillo de la camisa-. Hay un papel plegado por aquí dentro. Sáquelo y eche un vistazo.
Chikako siguió las instrucciones del detective. Era el retrato de una joven.
– Esa es Junko Aoki -dijo Makihara-. Por desgracia, Tada no tiene fotos de ella. La describió de memoria a un dibujante de la policía que esbozó ese retrato robot. Esta es una copia del original, y también he hecho otra para usted.
Chikako observó el dibujo de una joven con aspecto tranquilo. Reparó en que las comisuras de sus labios estaban algo caídas, en una mueca triste. Su corte de pelo era sencillo y le caía sobre los hombros.
– Tada dijo que cuando la vio, llevaba el pelo recogido y un sombrero.
– Qué chica tan bonita -suspiró Chikako.
– Quién podría imaginar que tras ese rostro se esconde una asesina sedienta de sangre que ha matado a más personas de las que ambos podemos contar con las manos, ¿eh? -apuntó Makihara.
– De modo que no ha contactado con Kazuki Tada. Y tampoco ha respondido al mensaje que los Sada colgaron en su página web.
– ¿Ha hablado con los Sada?
– Sí, y también he echado un vistazo a la web. -Makihara parecía sorprendido, y Chikako se echó a reír-. De acuerdo, de acuerdo. Ayer me quedé en casa porque quería comprar un ordenador. Uno de los hombres que trabajan con mi marido tiene un hijo que da clases de informática para neófitos. Le pedimos que nos ayudara, y se encargó de todo, desde la compra hasta la instalación.
El joven llegó poco después de que Michiko se marchara, y pasó el resto de la tarde enseñando a Chikako cómo acceder a Internet y enviar y recibir correos electrónicos.