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En cambio pudo aclarar fácilmente el misterio del encrespamiento blanco que aparecía sobre aquella capa líquida, pesada y perezosa, completamente incapaz de formar olas que rompiesen y de tener espuma. Se trataba en realidad de enormes setas de sal blanca, arraigadas en el fondo, y emergiendo a la manera de arrecifes por la parte superior de su sombrerillo. Cada vez que una ola la cubre, le añade una nueva capa de sal.

Establecieron el campamento en la orilla, sembrada de troncos blanqueados, igual que esqueletos de animales prehistóricos. Sólo los elefantes parecían satisfechos con las rarezas de aquel mar que el profeta llamó «el gran lago de la cólera de Dios». Hundidos en el corrosivo líquido hasta las orejas, se bañaban mutuamente con sus trompas. Caía la noche cuando los viajeros fueron testigos de un pequeño drama que les impresionó aún más que todo lo restante. Procedente de la otra orilla, un gran pájaro negro volaba hacia ellos por encima del mar que el crepúsculo hacía plomizo. Se trataba de una especie de rascón, un ave migratoria que siente preferencia por las regiones pantanosas. Ahora bien, su silueta, que destacaba como si estuviese dibujada con tinta china sobre el cielo fosforescente, parecía volar cada vez con mayor dificultad y perder rápidamente altura. La distancia que debía recorrer no era mucha, pero las emanaciones deleteras que surgían de las aguas mataban toda vida. De pronto los aleteos se aceleraron en un último reflejo de espanto. Las alas se movían más aprisa, pero el rescón permanecía suspendido en el mismo lugar. Luego, como herido por una flecha invisible, cayó, y las aguas se cerraron sobre él sin un ruido, sin una salpicadura.

– ¡Maldito, maldito, maldito país! -gruñó Siri encerrándose en su tienda-. Hemos descendido a más de ochocientos pies por debajo del nivel del mar, y todo nos recuerda que estamos en el reino de los demonios. ¡Me pregunto si saldremos alguna vez de él!

Al día siguiente por la mañana, la desgracia que se abatió sobre ellos pareció confirmar tan sombríos presentimientos. Empezaron por constatar la desaparición de los dos últimos elefantes. Pero las búsquedas no tardaron en interrumpirse, porque indiscutiblemente estaban allí, al alcance de la voz, ante los ojos de todos: dos enormes hongos de sal en forma de elefante se habían añadido a las demás concreciones salinas que llenaban la playa. A fuerza de regarse mutuamente con ayuda de sus trompas, se habían envuelto en un caparazón de sal cada vez más espeso, y no habían dejado de espesarlo aún más prosiguiendo con sus abluciones durante parte de la noche. Allí estaban indiscutiblemente, paralizados, ahogados, destrozados por la masa de sal, pero al abrigo de las injurias del tiempo para varios siglos, para varios milenios.

Eran los dos últimos elefantes de ia expedición, y la catástrofe era irremediable, absoluta. Hasta entonces habían podido repartir entre los anímales restantes lo esencial de la carga de los elefantes perdidos. Esta vez era el final. Enormes cantidades de provisiones, de armas, de mercancías, tuvieron que abandonarse por falta de bestias de carga. Pero había algo que aún era más grave, los hombres de los que esos animales habían sido la razón de ser, y que a partir de ahora ya no se sentían unidos a la expedición, y los demás, todos los demás que de pronto se daban cuenta de que los paquidermos eran mucho más que bestias de carga, el símbolo del país natal, la encarnación de su valor, de su fidelidad al príncipe. La víspera aquello aún era la caravana del príncipe Taor de Mangalore, que desplegó sus tiendas a orillas del mar Muerto. Aquella mañana no eran más que un puñado de náufragos camino de una salvación incierta, dirigiéndose hacia el sur.

Necesitaron tres días para llegar al límite meridional del mar. Desde la víspera caminaban a pie por acantilados gigantescos perforados por grutas, algunas de las cuales habían debido de estar habitadas. En efecto, se llegaba hasta ellas por senderos visiblemente tallados por manos humanas, por escaleras hechas de la misma tierra endurecida, y hasta por medio de groseras escalas o pasarelas que alguien había fabricado por troncos sin desbastar. Pero, debido a la ausencia de lluvias y de vegetación, todo aquello podía permanecer siglos en perfecto estado, y nada permitía saber si los lugares estaban abandonados y desde hacía cuánto tiempo.

Al avanzar observaron que las orillas del lago se iban acercando, y previeron que no tardarían en juntarse, pero antes les detuvo un lugar de una grandiosa y fantástica tristeza. Sin duda era una ciudad que había debido de ser magnífica, pero hubiese sido exagerado hablar de ruinas acerca de los vestigios que quedaban de ella. La palabra ruina evoca la acción suave y lenta del tiempo, la erosión de la lluvia, la cocción del sol, piedras que se agrietaban por la acción de zarzas y líquenes. Aquí, nada parecido a eso. Visiblemente, aquella ciudad había sido fulminada en un solo instante, cuando resplandecía de fuerza y juventud. Los palacios, las terrazas, los pórticos, una plaza inmensa que tenía en su centro un estanque poblado de estatuas, teatros, mercados cubiertos, soportales, templos, todo se había fundido como cera blanda bajo el fuego de Dios. La piedra brillaba con el negro resplandor de la antracita, y sobre todo sus superficies parecían vitrificadas, sus ángulos limados, sus aristas redondeadas, como bajo la llama de cien mil soles. Ni un ruido, ni un movimiento despertaban esa inmensa necrópolis, y hubiera podido considerarse deshabitada, de no tener una población a su imagen, siluetas de hombres, de mujeres, de niños, y hasta de asnos y de perros, proyectadas e impresas en las paredes y en los suelos por un soplo de fin de mundo.

– ¡Ni una hora, ni un minuto más aquí! -gemía Siri-. Taor, mi príncipe, mi amo, amigo mío, ya lo ves: acabamos de llegar al último círculo del infierno. ¿Pero acaso estamos muertos y condenados para vivir aquí? ¡No, estamos vivos y somos inocentes! ¡Vámonos! ¡Ven, vámonos! Nuestros navíos nos esperan en Elat.

Taor no escuchaba esas súplicas, porque prestaba toda su atención a otras voces, confusas, pero imperiosas, que resonaban en sus oídos desde Belén. Cada vez más su vida se construía ante sus propios ojos por escalones, cada uno de los cuales poseía una evidente afinidad con el anterior -y en el que cada vez la evidencia le obligaba a reconocerse a sí mismo-, pero también una originalidad sorprendente, a la vez áspera y sublime. Asistía subyugado a la metamorfosis de su vida que se hacía destino. Porque ahora se encontraba en el infierno, pero ¿acaso no había empezado todo con unos alfóncigos? ¿Adonde iba? ¿Cómo iba a acabar todo aquello?

Llegaron ante un templo del que no quedaba más que la escalera, unas columnas truncadas y, más lejos, un gran cubo de piedra que debió de ser el altar. Taor subió unos peldaños del atrio -desgastados como si los hubieran pisado legiones de ángeles y de demonios-, y luego se volvió hacia sus compañeros. Sólo sentía afecto y gratitud por aquellos hombres de su tierra que le habían seguido fielmente en una aventura de la que no comprendían nada, pero ya era hora de que supieran, de que decidiesen, de que dejasen de ser niños irresponsables.

– Sois libres -les dijo-. Yo, Taor, príncipe de Mangalore, os libero de todo deber para con mi persona. Esclavos, os doy la libertad. Y vosotros, los que dependéis de mí por palabra o contrato, podéis hacer lo que os plazca. Amigos fieles, os ruego que no sigáis sacrificándoos por mí, a no ser que una convicción imperiosa os empuje a seguirme. Nos embarcamos en un viaje que prometía ser divertido, previsto, limitado, en virtud sobre todo de la frivolidad de sus propósitos. ¿Ha comenzado alguna vez tal viaje? A veces lo dudo. En cualquier caso, terminó cierta noche en Belén, mientras unos niños se atracaban de golosinas y sus hermanos morían. Entonces empezó otro viaje, mi viaje personal, y no sé adonde me lleva, ni tampoco si lo haré solo o con un compañero. Vosotros decidiréis. Ni os echo ni os retengo. ¡Sois libres!

Y sin decir una palabra más volvió a mezclarse con ellos. Anduvieron largo por callejas que serpeaban entre zahúrdas. Finalmente, como anochecía, se metieron en lo que había debido de ser el jardín interior de una quinta, y que ya sólo parecía una mazmorra. Una multitud de roces a ras del suelo les advirtió que al entrar habían debido de desplazar a una familia de ratas o un nido de serpientes.

De los hechos siguientes Taor dedujo que había dormido varías horas. En efecto, despertó al oír unos sonoros pasos acompañados del ruido de un bastón que resonaba en la calleja. Al mismo tiempo, luces y sombras bailaban en las paredes, evidentemente provocadas por una linterna que alguien balanceaba con la mano. Los ruidos se alejaron, las luces desaparecieron. Pero el sueño no volvió. Un poco después volvieron los ruidos y las luces, como si se tratara de una ronda efectuada regularmente por un vigilante nocturno. Esta vez el hombre entró en el jardín. Deslumbró a Taor levantando su linterna. No estaba solo. Tras él se disimulaba otra silueta. Dio unos pasos y se inclinó sobre Taor. Era alto, vestía unos ropajes negros que contrastaban con la extrema palidez de su rostro. Tras él su compañero esperaba, con un pesado bastón en la mano. El hombre se irguió, retrocedió, inspeccionó el destartalado patio en el que se encontraba. Entonces se le alegró la cara y estalló en una sonora risa.