– ¡Nobles extranjeros -dijo-, sed bienvenidos en Sodoma!
Y de nuevo se echó a reír. Por fin dio media vuelta y se fue por donde había venido. Sin embargo, las luces movedizas de la linterna habían permitido a Taor ver mejor al hombre que le acompañaba, y el príncipe estaba estupefacto de sorpresa y de horror. De aquel hombre hubiera dicho que estaba enteramente desnudo, pero se trataba de algo muy distinto. Aquel hombre estaba rojo, rojo sangre, y en todo su cuerpo se veían claramente los músculos, los nervios y las venas recorridas por el estremecimiento de la vida. No, aquel hombre no iba desnudo, estaba despellejado, era un despellejado vivo y viviente, que recorría Sodoma en tinieblas con un garrote en la mano.
Las horas que siguieron Taor las pasó en una semiinconsciencia en la que se mezclaba el sueño con la lucidez, y sin duda también algunas alucinaciones. No obstante, ruidos y rumores que venían de la ciudad -chirriar de carros, pisadas de animales en el empedrado, gritos, llamadas, juramentos-, todo un sordo zumbido de muchedumbre y de movimiento era muy real, y demostraba que Sodoma seguía estando habitada y tenía una vida secreta y nocturna. Esta vida disminuyó y se desvaneció del todo al nacer el día. Entonces, al mirar a su alrededor Taor se dio cuenta de que sólo tenía un compañero a su lado. ¿Siri sin duda? No podía estar seguro, porque el hombre dormía, envuelto hasta los cabellos en una manta. Taor le tocó el hombro, luego le sacudió llamándolo. El dormido salió bruscamente de debajo de la manta e irguió una despeinada cabeza hacía Taor. No era Siri, era Draorna, un personaje ínfimo al que Taor nunca había prestado atención que vivía a la sombra de Siri y que cumplía escrupulosamente las delicadas e importantes funciones de tesorero-contable de la expedición.
– ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están los demás? -le interrogó el príncipe con vehemencia.
– Nos has devuelto la libertad -dijo Draoma-. Se han ido. La mayor parte en dirección a Elat, detrás de Siri.
– ¿Qué ha dicho Siri para justificar que se iba?
– Ha dicho que estos lugares estaban malditos, pero que inexplicablemente algo te retenía aquí.
– ¿Ha dicho eso? -se sorprendió Taor-. Es verdad que no me decido a abandonar esta tierra sin haber encontrado lo que, sin saberlo bien, he venido a buscar. Pero, ¿por qué Siri no ha hablado conmigo antes de dejarme?
– Ha dicho que eso le resultaría demasiado difícil. Que con tu discursito nos has obligado a hacer una elección diabólica: irse como ladrones o quedarse.
– Y él se ha ido como un ladrón. Le perdono. Pero tú, ¿por qué te has quedado? ¿Sólo tú has querido ser fiel a tu príncipe?
– No, señor, no -reconoció Draoma con franqueza-. Yo también me hubiera ido muy a gusto. Pero soy responsable del tesoro de la expedición, y tengo que presentarte mis cuentas. No puedo volver a Mangalore sin tu sello. Sobre todo porque nuestros gastos han sido considerables.
– ¿O sea que una vez que haya puesto el visto bueno a tus cuentas tú también huirás?
– Sí, mi señor -respondió sin empacho Draoma-. Yo sólo soy un modesto contable. Mi mujer y mis hijos…
– Está bien, está bien -le interrumpió Taor-. Tendrás tu visto bueno. Pero salgamos de este horrible lugar.
Bajo la luz rasante del naciente sol, la ciudad volvía a tener un relieve del que carecía desde su destrucción, pero irreal, espectral, fantástico. Lo que amueblaba el espacio no eran torres, capiteles, techumbres, sino sombras inmensas proyectadas en negro sobre las losas enrojecidas por la luz del nuevo día. Taor pisaba esas sombras con una alada sensación de felicidad que no trataba de explicarse. Lo había perdido todo, sus golosinas, sus elefantes, sus compañeros; no sabía adonde iba; su pobreza y su disponibilidad para todo lo que pudiera sucederle le sumían en una ebriedad de canto.
Un vago rumor, gritos de camellos, golpes sordos, juramentos y gemidos le atrajeron hacia el sur de la ciudad. Desembocaron en una explanada bastante grande en la que una caravana se disponía a partir. Los camellos de albarda, con una tosca cuerda anudada a la mandíbula inferior, paseaban a su alrededor una lenta mirada de altiva melancolía. Les habían atado las patas delanteras, y sólo podían andar a pasitos rápidos. Les desataron, pero sólo para hacer que se agacharan, y se dejaron caer primero hacia delante y luego hacia atrás con gruñidos de exasperación. Luego ataron las cargas de sal, única mercancía que llevaba la caravana, a veces en placas rectangulares translúcidas -cuatro por camello-, otras en conos moldeados, envueltos en esteras de hojas de palma. El lugar se abría directamente al desierto, y Taor pensaba a pesar suyo en un puerto -Elat o Mangalore- donde una flotilla se disponía febrilmente a aparejar para una larga travesía. Porque lo cierto es que nada se parece más a una singladura monótona y regular por un mar en calma que el avance de una caravana por en medio de las rubias dunas que ondulan hasta el fondo del horizonte.
Observaba a un joven caravanero que disponía un hábil entrelazamiento de cuerdas destinadas a impedir que el peso se deslizara por el lomo del animal, cuando media docena de soldados interpelaron al hombre y le rodearon por completo. Hubo una discusión bastante viva cuyo sentido escapó a Taor. Luego los soldados se llevaron al caravanero. Un hombre obeso que llevaba anudado a la cintura el rosario de calcular de los mercaderes, no se perdió ni un detalle de la escena, y pareció buscar con los ojos un testigo para compartir con él su indignación satisfecha. Al descubrir a Taor, le explicó:
– ¡Ese bribón me debe dinero, y se disponía a largarse con la caravana! ¡Le han prendido a tiempo! -¿Adonde le llevan? -preguntó Taor. -Ante el juez de los miércoles, evidentemente. -¿Y luego?
– ¿Luego? -se impacientó el mercader-. Pues tendrá que pagarme, y como no va a poder, tendrá que ir a las minas de sal. Luego, encogiéndose de hombros ante tanta ignorancia, corrió tras los soldados.
¡La sal, la sal, siempre la sal! Taor sólo oía esta palabra desde que estuvo en Belén, una palabra obsesionante y fundamental, formada por tres letras; todos los alimentos básicos tenían muy pocas letras, trigo, vino, mijo, arroz, té… Alimentos cargados de símbolos y que definían otras tantas civilizaciones diferentes. Pero si existe una civilización del trigo, del mijo o del arroz, ¿es posible imaginar una civilización de la sal? ¿No hay en ese crista! un amargor y una causticidad que se oponen a que de él salga algo bueno y vivo? Echando a andar detrás de los soldados y de su prisionero, interrogó a Draoma. -Dime, tesorero-contable, para ti, ¿qué representa la sal? -¡La sal, mi señor, es una inmensa riqueza! Es el cristal precioso, como hay piedras preciosas y metales preciosos. En numerosas regiones sirve de moneda corriente, una moneda sin efigie, y por lo tanto independiente del poder del príncipe y de sus manipulaciones fraudulentas. Una moneda, por consiguiente, incorruptible, pero que sólo vale en los climas muy secos, pues tiene el inconveniente de fundirse y desaparecer bajo la primera lluvia.
– ¡Incorruptible para el hombre, pero a merced de un aguacero!
Taor admiraba el genio de ese cristal, que seguía enriqueciéndose de atributos contradictorios, y que también era capaz de hacer locuaz e ingenioso a un contable bobalicón.
Los soldados y su prisionero, siempre seguidos por el gordo mercader, desaparecieron detrás de un muro. Taor y su compañero descubrieron allí una estrecha escalera, por la que también bajaron. Un estrecho pasadizo con mucha pendiente conducía luego a un sótano grande y espacioso que tiempo atrás debía de tener encima un imponente edificio, a juzgar por sus paredes con contrafuertes y a su techo de forma ojival. Una muchedumbre silenciosa iba y venía sin prestar atención -a no ser precisamente por su silencio- al tribunal de los miércoles, que tenía sus sesiones en un entrante en forma de ábside. Taor observaba apasionadamente a aquellos hombres, a aquellas mujeres, a aquellos niños, todos sodomitas, habitantes secretos -o ignorados, en virtud de una convención tácita, por sus vecinos- de la ciudad maldita, supervivientes de una población exterminada por el fuego del cielo mil años atrás. «Está claro que esta especie es indestructible», pensó, «puesto que ni siquiera el propio Dios ha conseguido acabar con ella». Buscaba en aquellos rostros, en aquellas siluetas, lo que podía caracterizar al pueblo sodomita. Su delgadez y la impresión de fuerza que daban les hacían parecer altos, aunque su estatura no era más que mediana. Pero ni siquiera en las mujeres y los niños se advertía lozanía y frescor, ya que había en sus cuerpos una sequedad y una ligereza, en su rostro una expresión de tensa vigilancia, siempre dispuesta al sarcasmo, que atraían y al mismo tiempo inspiraban temor. «La belleza del Diablo?, pensó Taor, porque no olvidaba que se trataba de una minoría de réprobos, odiada por sus costumbres, aunque en su apariencia y en su comportamiento todo indicaba que querían ser a pesar de todo de su estirpe, sin provocación, pero no sin orgullo.
Taor y Draoma se acercaron al tribunal que iba a juzgar al caravanero. A los soldados y al demandante se habían unido unos cuantos curiosos, pero también una mujer con la cara devastada por la pena, que apretaba contra su pecho a cuatro niños de corta edad. La gente señalaba también a tres personajes vestidos de cuero rojo que custodiaban unas herramientas inquietantes; tenían un aire bonachón, pero eso quedaba desmentido por sus evidentes funciones de verdugo.