Y puesto que me apasionan las cifras, no podía despedirme sin darles algunas sobre esta intrigante molécula de ADN. Sólo el cromosoma 1 descifrado completamente requeriría alrededor de 5.000 volúmenes de 6.000 páginas (es muy grande) y, si en lugar de escribirlo se desenrollara completamente de manera física, mediría ocho centímetros. Puestos uno tras otro, los cuarenta y seis cromosomas que forman el ADN de una sola de nuestras células darían un filamento de la altura de un hombre. Eso ya es espectacular, pero si hiciéramos lo mismo con todas las células que componen nuestro cuerpo, daría una longitud aproximada de… mil quinientos millones de kilómetros, lo que equivale a la distancia del Sol a Saturno.
Millones de kilómetros enroscados, retorcidos, ocultos en el corazón de nuestras células, de nuestra intimidad, desde el alba de los tiempos.
Una cosa es segura: la vida aún no nos ha revelado todos sus secretos.
Quiero expresar mi agradecimiento de corazón a todas aquellas personas que me han acompañado, animado y apoyado a lo largo de la escritura de este díptico. Pienso en primer lugar en Sylvain Billiard, conferenciante e investigador en biología evolutiva, sin el cual esta historia no existiría: tus anécdotas me han fascinado y me han hecho reflexionar sobre el sentido de la vida… Mi agradecimiento igualmente a los profesores Dubucquoi y Fily, al doctor Renouf y al doctor Tournelle, médico forense de gran talento. A Hervé Jourdan, hermano de pluma y capitán de policía en el 36, quien siempre respondió a mis preguntas con prontitud. A Laurent Guillaume, también hermano de pluma, por la precisión de sus explicaciones sobre el funcionamiento de la policía. A un tal Laurent B., por la información que me ha dado acerca de los conflictos internacionales. Muchas gracias igualmente a cuantos, de una u otra manera, han aportado una frase o una palabra. La suma de todas ellas ha dado dos libros…
Gracias a François Laurent por sus lecturas y recomendaciones apasionadas y por haberme aguijoneado con acierto. Gracias a Céline Thoulouze por su perspicacia y profesionalidad, y a Deborah, por su acompañamiento. Gracias también a Aurélie y a Julie, por su trabajo tenaz antes incluso de la publicación de esta novela. Gracias a todo el equipo de Fleuve Noir, que creyó en estas historias desde el primer momento. Vuestra motivación ha sido impecable y me ha dado alas. Doy las gracias en particular a las personas que trabajan en la sombra pero que han permitido que este libro exista. Un recuerdo para cada persona con la que me he cruzado en la plaza de Italie.
Gracias a los dos Laurent, mis grandes, grandes amigos, que se reconocerán sin dificultad. Que nuestras interminables conversaciones puedan prolongarse ad vitam aeternam.
Gracias a los gentlemen de la Liga de lo imaginario, Patrick Bauwen, Maxime Chattam, Olivier Descosse, Eric Giacometti y Jacques Ravenne, Henri Loevenbruck, Laurent Scalese (de nuevo), Bernard Werber y Erik Wietzel.
Gracias a mi familia. Las últimas palabras son para ellos.
Franck Thilliez