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La fecha que encabezaba la transcripción era el 27 de abril de 1988. Calista estaba promocionando una película de acción que se llamaba Roja rosa. La entrevistadora, Valery Fine, parecía empeñada en sacarle todo el jugo posible a su artista invitada.

VF: Bueno, ya tienes un Osear por Horizontes perdidos, la nueva película es un éxito y tú te has convertido en una de las actrices más solicitadas del país. ¿Qué se siente al estar tan arriba?

CB: La verdad, no lo sé. (Risitas.) ¿Que qué se siente al estar tan arriba? Supongo que debe de ser algo parecido a lo que se siente al volar.

VF: Pareces… tan poco afectada… Lo que quiero decir es que, aunque estás montada en una montaña rusa, pareces perfectamente centrada. Escoges tus papeles con mucho cuidado y rechazas muchas ofertas. De alguna manera, pareces inmune a la fama.

CB: Yo no diría tanto.

VF: Yo sí. Pareces muy… equilibrada. Y yo me pregunto: ¿Has hecho alguna vez algo realmente… estúpido?

CB: (Risas.) Por supuesto que sí. ¿Equilibrada? No, no creo lo sea.

VF: Bueno, tú eres la mujer ideal para medio mundo. Y estás aquí. ¡Eres Calista Bates! Pero, al mismo tiempo, también pareces la chica de enfrente.

CB: (Risas.) ¿Adonde quieres ir a parar? Ni que yo fuera una de esas mujeres que dirigen un consultorio sentimental en la radio.

VF: Bueno, no. Para empezar, eres demasiado sofisticada para eso. Pero, háblanos de ti, de la verdadera Calista Bates.

CB: No, prefiero no hacerlo.

VF: ¿No?

CB: No.

VF: Pero ¿por qué no? Conozco las reglas. No hablaremos de tu familia ni de tu infancia ni de nada por el estilo. Pero ¿qué daño puede hacer que la gente te conozca un poco mejor? Eres una mujer brillante, una mujer inteligente. Lees mucho. Eres una mujer con muchas inquietudes. ¿Por qué no quieres que la gente conozca esa faceta tuya?

CB: Basta con lo que la gente ya sabe de mí

VF: Pero ¿por qué?

CB: (Suspiros.) Mira, cuando hay una cámara de por medio, cuando ocurre algo digno de salir en las noticias, o simplemente cuando un periodista entrevista a un jugador al acabar el partido… ¿sabes lo que pasa? Siempre hay alguien al fondo dando saltos para saludar a la cámara.

VF: (Saludando.) Sí, sé lo que quieres decir.

CB: Bueno, la cuestión es que cuando consiguen salir en la televisión se ponen como locos. Es como si hubieran sido tocados por una gracia especial. Se convierten en parte del otro mundo, del mundo de la televisión, y piensan que ese mundo es más real que el suyo.

VF: Sí, tienes razón. Eso también me ha pasado a mí. No quiero decir que tenga que ponerme a dar saltos para que me mire alguien, porque que ya me ve todo el mundo. (Risas.) Pero es curioso, porque mis amigos siempre me dicen que los busque. «Oye, Val, si ves el partido de baloncesto de los Lakers que ponen en la tele, ¡búscame! Estaré sentado en la sexta fila, detrás del banquillo, a la derecha.»

CB: ¡Sí! Aunque veas a esa amiga prácticamente todos los días. Y, además, en carne y hueso. Pero ella quiere que la veas en la tele.

VF: La verdad, estaba pensando en un hombre.

CB: (Risas.) Bueno, da lo mismo. La cosa es que ésa es una de las reacciones que provocan las cámaras, pero también hay otras. Hay otras personas que no quieren salir en la televisión, que no quieren que les hagan fotos, porque eso las hace sentirse menos reales. Todo el mundo conoce el tópico del miembro de una tribu que no quiere que le hagan fotografías porque cree que la cámara le robaría el alma.

VF: Claro, pero… ¡Un momento! Se supone que estábamos hablando de ti.

CB: (Risas.) Sí. Lo que quería decir es que yo tengo un poco de las dos cosas. Cuando interpreto un papel es como si me pusiera a dar saltos como una loca delante de la cámara. Cuando actúo, quiero que todo el mundo me vea. Pero en la vida real, en mi vida real, soy como el hombre de la tribu. No quiero hablar sobre mi vida real porque si lo hago me siento mal, me siento como si perdiera parte de mi alma.

VF: Tampoco hay que exagerar. ¿No es eso un poco… pretencioso? Yo no quiero quitarte parte de tu alma. Sólo quiero una historia, algo sobre la verdadera Calista.

CB: (Suspiros.) No lo entiendes. Pero eso es porque tú eres la que hace las preguntas.

VF: Tienes razón. Seamos justas. Hazme una pregunta. Adelante, pregúntame lo que quieras.

CB: De acuerdo. (Se aclara la voz.) Dime, ¿con cuánta frecuencia te masturbas?

VF: (Gritando y riéndose.) ¡Eso no vale! Yo no te estaba preguntado nada tan personal.

CB: Un disc-jockey de la radio lo haría.

VF: Pero tú te negarías a contestar, ¿verdad?

CB: Sí. Pero, si lo hiciera, la gente diría que soy esquiva. O que no llevo bien la fama. Mira, yo no quiero parecer difícil. Antes hablaba de mí misma todo el tiempo.

VF: ¿No te parece que estás exagerando?

CB: No. De verdad, hablaba mucho de mí. Pero cuando contaba algo sobre mí misma sentía como si se me erizara el vello.

VF: ¿Qué quieres decir?

CB: Por ejemplo, si conozco a alguien y esa persona ya lo sabe todo acerca de mí, me parece que la situación está desequilibrada. Al cabo de cierto tiempo, uno deja de hablar de gran parte de su vida porque, una vez que comparte las cosas, ya no son suyas. ¡Se van! Lo que quiero decir es que… No me estoy explicando demasiado bien.

VF: Pero ése es precisamente el precio de la fama, ¿no? Si quieres que la gente pague seis dólares por ir a verte, ¿no crees que tú les debes dar algo a cambio?

CB: No. No lo creo. El público paga por ver mi película, no por saber quién es mi jugador favorito de los Lakers o si llevaba trenzas cuando tenía cinco años.

VF: Así que no me vas a ayudar, ¿eh?

CB: ¡Eres implacable!

VF: ¡Por favor! Cuéntanos algo, cualquier cosa.

CB: (Suspiros.) Está bien. Pero sólo porque quizá sirva para que otras chicas no hagan la misma tontería que hice yo. Aunque, claro, no creo que sirva para nada. ¿A quién estoy intentando engañar?

VF: Vamos, vamos. ¡Estamos esperando!

CB: Está bien, pero es una estupidez. No es una anécdota graciosa, sino más bien una estupidez, una estupidez peligrosa. (Suspiros.) Cuando vine a California tenía diecinueve años. Casi no tenía dinero. Vine conduciendo yo sola con Gunther.

VF: ¿Quién es Gunther?

CB: Gunther es una vieja furgoneta Volkswagen con las llantas peladas que siempre se calienta demasiado. Prácticamente tuve que cruzar las montañas Rocosas muy despacio para que el motor no se calentara demasiado. Desde luego, no es una furgoneta segura. Y, para ahorrar, paraba en la cuneta o en cualquier aparcamiento y dormía allí mismo, en la furgoneta. Todavía me cuesta creer que lo hiciera.

VF: Y… ¿te ocurrió algo terrible?

CB: No, pero ésa no es la cuestión. La mayoría de la gente era increíblemente simpática, pero me ocurrieron cosas que podrían haber sido… No sé… Peligrosas.

VF: ¿Como qué?

CB: Como la vez que un tipo intentó arrastrarme hasta su coche. O esa otra vez que otro tipo se subió encima de la furgoneta y no se quería bajar; estaba completamente drogado.

VF: Pero, de todas formas, conseguiste llegar, ¿verdad? ¿No es eso lo que importa?

CB: No. Yo tuve suerte. Pero puede que otra chica no la tenga.

VF: Tienes razón. Pero no puedo resistirme a preguntarte una cosa. ¿Quién es tu jugador favorito de los Lakers?

La entrevista continuaba durante un par de páginas más. Cuando Lassiter acabó de leerla, la dejó a un lado y cogió otro artículo. Pero después cambió de idea. La historia de la furgoneta tenía alguna relación con otra cosa. Pero ¿el qué?

Entonces se acordó. La revista L. A. Style había publicado un artículo con el titular «Esto es todo, amigos. ¡Calista se marcha!»