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Esperaba que alguno de los asociados supiera dónde estaba. Caminé por el pasillo del primer piso evitando la mirada de otra agente de la División de Homicidios y llamé a la puerta de Renee Butler.

– ¿Renee? Soy Bennie.

Abrieron la puerta enseguida y apareció Renee con unos vaqueros holgados y una camiseta gris, mirándome con frialdad.

– -¿Qué?

– ¿Sabes dónde está Marshall? La he llamado, pero no contesta.

– No -respondió. Se dio la vuelta sin decir una sola palabra más, fue hasta su escritorio y tomó asiento. Vi con pena que su despacho estaba casi vacío. Sobre el escritorio y por el suelo había cajas de cartón amontonadas, Los archivos y los libros estaban en bolsas de plástico.

– ¿Qué te parece si hablamos? -Señalé la silla delante del escritorio, pero me dijo que no con la cabeza.

– No, no tengo nada que hablar contigo. El caso La-torno está casi cerrado y estoy comprobando los últimos detalles. Estaré en tu despacho dentro de una hora. Presento mi dimisión. Hoy es mi último día.

– ¿Hoy? -Me senté de cualquier manera en lo que quedaba de los muebles de su oficina. Solo permanecía en pie su altar a Denzel Washington en un rincón; un cartel de la estrella en camiseta de gimnasia, de ojos endrinos, con recortes de revistas de admiradoras a sus pies. Al principio, yo me había opuesto a que lo desplegara, pero les encantaba a los clientes de abusos policiales y ellos necesitaban esa ayuda psicológica. Yo también, en aquel momento-. ¿Estás segura de que quieres irte, Renee?

– -Sí.

– -¿Qué vas a hacer?

– -Trabajaré sola. Me establezco en casa dentro de una o dos semanas. Hay espacio suficiente, está en el centro de la ciudad y a Eve no le importa. -Se alisó el pelo, lo que resaltó su rostro en forma de corazón. Renee tenía una cara bonita, su tez era tan tornasolada como sus ojos-j y a mí nunca me importaron sus kilos de más.

– ¿Por qué no te quedas? Estoy tratando de salvar: firma. Te necesito. -Era verdad. Era una de las letradas más inteligentes de la firma; su inteligencia natural siempre destacaba pese a su infancia en el gueto y a una educación en la escuela pública.

– -No me importa si salvas la firma o no. No quiero trabajar contigo. Sé que mataste a Mark.

Fue un golpe bajo.

– -No, no lo hice. ¿Por qué piensas que soy la asesina?

Se inclinó hacia delante con los ojos llenos de disgusto.

– Viste que Mark te dejaba y que se llevaba R amp; B. Lo amabas tanto como a la firma, y puesto que te quedabas sin nada, tenías que evitarlo. Eres lo bastante fría y dura como para hacerlo, y además no tienes una explicación convincente de dónde estabas a esa hora.

– Todo eso es circunstancial. No prueba nada. La policía aún no me ha acusado de nada.

– -No me importa si lo hacen o no. Sé que lo hiciste. Conozco la furia que llevas en tu interior.

– -¿Y eso qué significa?

Cambió de posición en su silla.

– ¿Qué importa? Me dije que no hablaría contigo de esto y no lo haré. Nuestra asociación ha terminado. He puesto aparte los libros que me prestaste. Le conté a la policía todo lo que sabía.

– ¿Contaste a la policía, qué? -exclamé-. ¿Qué sabes tú? ¡No hay nada que saber!

– Les conté lo del día que fuimos a correr a Franklin Field -dijo, y me enfureció el tono convencido de su voz.

– -¿Qué día? ¿Adonde quieres ir a parar? --Me puse de pie--. Te contraté, te traje aquí y ahora, ¿intentas enviarme a la cárcel? ¿No sabes que estás jugando con mi vida?

Ella también se levantó.

– -No tengo que mentir por ti por el mero hecho de que me dieras un puesto de trabajo.

– ¿Quién ha hablado de mentir? ¿De qué estás hablando?

– ¡Fuera de mi despacho! ¡No me gusta que vengas aquí a gritarme!

Casi me reí, pero me dolió demasiado.

– No, Renee. Eres tú quien se va. Este sitio aún me pertenece. Deja tus papeles sobre el escritorio. Dentro de una hora no quiero verte por aquí.

Salí del despacho, atravesé el pasillo, fui a mi oficina y la cerré de un portazo. Me quedé inmóvil un momento, temblando. ¿Qué le había dicho Renee a la policía? ¿De qué hablaba? Lo único que recordaba era que una vez salimos juntas a hacer jogging. Había empezado otra dieta y me pidió ayuda. ¿Qué sucedió en Franklin Field? Tenía que recordarlo.

Respiré hondo. Solo había un modo de averiguarlo. Volver sobre mis pasos. Salir a correr. Necesitaba controlar mi ansiedad. Tenía la cabeza a punto de estallar y no hacía ejercicio desde la noche fatídica. Me cambié rápidamente, me puse los pantalones de gimnasia, cogí diez dólares y las llaves y abandoné la casa por la puerta de atrás pasando de los periodistas, que me reconocieron.

– ¿Algún comentario, señorita Rosato?

– ¿Lo hizo usted?

– ¿Y el testamento?

– ¿Se va a hacer ejercicio?

Salí corriendo y dejé atrás a los periodistas, y justo doblar la esquina lo vi.

El teniente Azzic. Estaba sentado y fumando dentro de un coche azul oscuro en la calle Veintidós. No se ocultaba, de modo que deduje que quería que yo supiese me vigilaba. Pretendía asustarme.

Pero ni me inmuté y pasé corriendo al lado de la hilera de coches hasta que llegué al Crown Vic.

– -Hola, guapo --dije mientras me asomaba por la ventanilla--, ¿cuál es su signo?

Apagó su Merit en el cenicero lleno de colillas; boca era una línea incierta.

– Leo, el león. Cuando clavo la zarpa, no abandone

– Oh, muy sensual. Entonces, ¿a qué hora deja el bajo?

Sus ojos siguieron brumosos a través del humo.

– -¿Cree que es divertido, Rosato?

– -No, más bien creo que usted me acosa, Azzic. ¿No tiene nada mejor que hacer? ¿Dar una paliza a algún sospechoso? ¿Aceptar algún soborno?

– -Solo hago una vigilancia de rutina. Cuando quiera venir a la comisaría a hablar conmigo, puede hacerlo.

– -¿Se trata de una invitación? ¿Habrá fiesta? ¿Va a ponerse esa corbata estrafalaria? --Y señalé su chillona Countess Mará.

– -Si habla, yo escucho. Deje a ese muchachito en casa. Creo que se las puede arreglar sola. Me sorprende que acate sus órdenes, toda una gran abogada como usted.

Sonreí.

– -Intenta que me hierva la sangre irlandesa, teniente, pero no soy irlandesa. Creo.

Movió sus anchos hombros cuando puso en marcha el enorme motor de ocho cilindros de su coche.

– -Lo sé. Antes me preguntaba por qué las abogadas como usted hacen lo que hacen. Ahora ya no me importa.

– -Los policías como usted son los que me dan de comer.

Hizo una mueca de disgusto.

– Oh, ¿somos nosotros, verdad? No los asesinos, los violadores y los cretinos a los que usted les saca el dinero.

– ¿Se refiere a mis clientes? Tienen derechos, igual que usted. El derecho a un cuerpo de policía honrado: El derecho a un juicio justo. Nunca lo he entendido mejor que ahora.

Aceleró el motor.

– -¿Sabe cuál es su problema, Rosato? Para usted no hay ni bien ni mal. Por su culpa no podemos conseguir una confesión; por su culpa, no podemos conseguir una condena. Aparece en la televisión, en los periódicos, explicándolo todo. Yo fui cura antes de ser policía..

– -Yo fui camarera antes de ser abogada. ¿Y qué?

– -Sé distinguir el mal del bien.