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Había una mesita de noche sin nada encima y una cómoda barata con algunos papeles junto a un peine Ace. No había nada que revelara lo que había sucedido. Más allá de la cómoda estaba el lavabo, adonde me dirigí para echar un vistazo. Sobre un fregadero diminuto y roñoso había un tubo de pasta dentífrica y otro de Clearsil. No había ningún botiquín de medicinas, nada más que el aseo y un viejo espejo con el marco destartalado.

Miré desde allí el dormitorio y al pobre Bill sobre la cama. Sentía los palpitos de mi corazón y el pecho congestionado. Por lo que se podía ver, él se había sentado en la punta de la cama, inyectado la primera dosis de heroína y caído hacia atrás fulminado por la sobredosis.

– -¡Miau! ¡Miau!

– -Oh, cállate --le grité al animal, y al momento me arrepentí. Después de todo, era el gato de Bill. Lo alcé de la cama. Lo sentí flaco y huesudo, pero lo abracé. Me dio más ánimos de lo esperado. Me resultó evidente que lo necesitaba. Eché una ojeada a Bill y realicé un último e inútil examen ocular de la habitación, luego recogí la funda del disco y me fui.

Volví a cruzar el bosque a trancas y barrancas con las garras del gato clavadas en la ropa. La lluvia nos empapó hasta que al final logré ver el coche que brillaba en la oscuridad. Me encaminé hacia él confusa y aún atónita, tratando de pensar en Bill. Tenía que llamar a la señora Zoeller. Al diablo con mis temores telefónicos; su hijo había muerto. Temí su reacción. Llegué al coche, dejé al gato y marqué el número de los Zoeller.

– ¡Asesina! -gritó en cuanto le di la noticia.

– ¿Qué? -contesté, perpleja.

– ¡Asesina! -repitió con un grito angustiado.

– -No…

– -¡Ha sido usted! ¡Bill! ¡Oh, Bill!

– No, espere. Yo no lo maté, nadie lo mató. Se metió una sobredosis. ¡He visto la aguja!

– ¿Sobredosis? ¡Bill jamás probó las drogas en toda su vida! Jamás! ¡Usted lo mató y pretende hacer creer que lo hizo él mismo con drogas!

– -¡No! Debe de haber…

– ¡Nunca! ¿Con una jeringuilla? ¡Jamás! -Se puso a llorar--. Bill se desmayaba cuando veía sangre. ¡Siempre!! Nadie podía… pincharle sin que se mareara. Ni siquiera la enfermera del colegio.

Se me hizo un nudo en el estómago en el coche oscuro y frío. Me estaba confirmando algo que no me había permitido ni considerar. Mark asesinado… ¿y ahora Bill? ¿Dónde encajaba el directivo? Me sentí enferma.

– -Su padrastro siempre le decía que era una marioneta por esa misma razón, pero no lo era. ¡Usted lo mató! Dijo que iría a ayudarlo, pero fue para matarlo.

– Señora Zoeller, ¿por qué haría yo una cosa semejante? ¡Es absurdo!

– Bill sabía que usted había asesinado al presidente de la compañía. Se lo iba a decir a la policía… ¡y usted lo mató! ¿Gus? ¡Gus, llama a la policía! ¡Llama al 911!

Colgué el teléfono; me temblaba la mano. Encendí el motor y salí a toda prisa del lugar.

Tenía que alejarme. Lo más rápidamente posible. Aceleré, avanzando por un camino del bosque que esperaba me sacara de allí. Las luces largas describían un arco sobre los troncos mojados de los árboles cuando tomaba una curva. Al cabo de un rato, el lodo y las piedras dejaron paso al asfalto, donde el coche salió disparado. Lejos del bosque. Nadie me seguía; apreté a fondo el acelerador.

Las horas siguientes se convirtieron en una mezcla oscura de lluvia y miedo mientras me deslizaba sobre el asfalto resbaladizo. Vigilaba el retrovisor para ver si aparecía un coche patrulla mientras trataba de concentrarme en lo que había visto y oído. Bill se desmayaba a la vista de la sangre y no había señales de inyecciones en sus brazos. Había sido un asesinato manipulado para que pareciera una muerte por sobredosis. ¿Quién lo había cometido? ¿Estaba relacionado con el de Mark? Presentí que así era, pero no sabía exactamente cómo. Ahora, más que nunca debía descubrir lo que estaba sucediendo.

Encendí la radio para oír las noticias. ¿Anunciarían este último crimen? Ya tenían bastante con que acusarme. ABOGADA DE FILADELFIA ASESINA A TRES… Aceleré pese a las señales amarillas que recomendaban cautela. Sabía dónde iba; lo había decidido en el momento en que puse en marcha el coche. Todo el tiempo pasado en el campo me había sentido fuera de lugar. El campo, los bosques, el interior. Yo allí me perdía. No encajaba con mi traje y los zapatos hechos a medida. Estaba fuera de mi elemento, como pez fuera del agua.

Necesitaba regresar a Filadelfia. Era el sitio más peligroso para mí, pero también era el único lugar en el que sabía desenvolverme. Había vivido allí toda la vida. Conocía los barrios, las costumbres, los modos de hablar. Allí podía desaparecer, sabía cómo hacerlo. ¿Qué sitio es más anónimo que una ciudad? ¿Qué persona puede pasar más inadvertida que una abogada vestida con un traje a medida?

Iba a un lugar acorde con mi ropa. Conduje en medio de la noche, la tormenta y el miedo. Era una Midnight Cowboy con un objetivo.

22

Era la madrugada del viernes a las seis y cuarto. Había conducido toda la noche.

Me pasé revista en el aparcamiento subterráneo del edificio Silver Bullet. Mi cabello, el traje y los zapatos estaban secos. Tenía un portafolios, un teléfono móvil y un gato. También un plan.

Me peiné con los dedos, me maquillé un poco los ojos y cogí el teléfono y el portafolios.

– -Deséame suerte --le dije al gato, pero no lo hizo. Cerré con llave la puerta del coche.

Las seis y veinte de la madrugada. Conocía la rutina de este edificio desde mis días en Grun amp; Waste. El guardia de seguridad estaría en el despacho de arriba, ya que su turno empezaba a las seis. Llegué al ascensor y apreté el botón. Tendría que detenerme en la planta baja para firmar en el vestíbulo. El guardia sería mi primer examen de pelirroja.

Entré en el ascensor y cuando salí, respiré hondo y caminé como una persona soñolienta, lo cual no me costó mucho.

– ¡Señorita! -llamó el guardia. Era un joven negro de facciones atractivas que estaba sentado tras el escritorio de entrada.

– ¿Sí? -Adopté la pose de mi personaje dando una apariencia de agotamiento, confusión y falta de sueño.

En otras palabras, la típica abogada primeriza y expío en un gran bufete jurídico.

– -Tiene que firmar el libro. --Señaló el libro sobre mesa.

– Oh, lo siento. -Me aproximé y mis tacones resonaron fuertemente en el suelo de mármol gris. El escritorio era de brillante mármol negro y rodeaba al guardia como una caverna empresarial. En las paredes de la cueva relucían las huellas del hombre moderno, trémulas pantallas de seguridad y un listado informatizado del edificio. Yo no figuraba. Tenía que solucionarlo en cuanto llegara arriba--. Todavía estoy dormida --le dije soñolienta--. ¿Tiene un bolígrafo?

– Aquí tiene. -Me pasó un bolígrafo con una sonrisa relajada--. La comprendo. A mí también me pasa. --Su uniforme rojo parecía cuadrado en los hombros y la gorra quedaba grande.

– Últimamente trabajo demasiado -dije con el bolígrafo en la mano. Necesitaba un nombre. Diablos.

– ¿Dónde trabaja? ¿En Grun? -Su chapa decía DAVÍ RICKLIN. A su lado tenía el Daily News aún sin leer una taza de café humeante. Olí una galleta.