Delante de mí, a pocas manzanas, estaba el Silver BuIlet. Un rascacielos impresionante. Grun. ¿Por qué no? Era un sitio tan bueno como cualquiera y yo todavía era Linda Frost. ¿Una abogada de Nueva York trabajando un domingo? Normal.
Mantuve el ritmo de mis pasos, adelanté a los domingueros de compras y a los turistas y me encaminé hacia el edificio. Estaba sudando, pero no jadeaba demasiado. Gracias a Dios por las gradas del estadio y por el remo. Gracias a Dios que aún estaba en libertad. Pensándolo bien, quizá creyera en Dios. Reduje el paso adoptando la parsimonia habitual en una abogada y empujé las puertas giratorias del edificio, donde de repente perdí toda compostura.
Frente al mostrador de recepción había dos policías de uniforme hablando con el guardia de seguridad.
29
No podía darme media vuelta e irme. No podía correr. Por un momento no supe cómo reaccionar. Pero reaccioné. Debía actuar. Me acerqué al mostrador de recepción con aplomo. Era la neoyorkina Linda Frost. Una abogada de altos vuelos en una ciudad de patanes. Hacía semanas que no comía un tiramisú decente; no podía encontrar un buen restaurante egipcio que me salvara la vida. Me subí las gafas con el índice y me acerqué al mostrador para firmar y sin prestar la más mínima atención a los presentes.
– -¿Su despacho está en el piso 32? --preguntaba uno de los agentes a Dave Ricklin, el guardia de seguridad que había conocido el primer día.
– Eso es lo que dice en el directorio -dijo Ricklin verificando esos datos-. El señor Sam Freminet. Trabaja en Grun; es uno de los socios. Lo veo casi cada mañana. Siempre llega temprano.
Sam. Estaban buscando a Sam. El corazón me dio un vuelco, pero firmé con la mayor naturalidad posible.
– Acaso la señorita Frost les pueda llevar allí -dijo Ricklin a los policías-. Se necesita una tarjeta de seguridad para entrar, pero ella la tiene porque también trabaja aquí.
¿Qué? Tragué saliva, pero seguí escribiendo, ajena a cualquier necesidad que no fuera la mía. Una verdadera abogada de Nueva York.
– -¿Señorita? --preguntó uno de los policías--. ¿Señorita?
Levanté la mirada. Tenía que hacerlo.
– -¿Sí?
– -¿Le importaría llevarnos arriba? --El policía tendría unos cuarenta años, ojos azules, frondosas cejas rubias y unos abultados bigotes también rubios. Un auténtico bombón, pero no era mi tipo. Le habría presentado una demanda.
– -Es un asunto policial -dijo el otro agente, alto, delgado y negro. Ambos llevaban chapas cromadas con sus nombres, pero estaba demasiado atemorizada para leer sus apellidos.
– Se lo agradeceríamos mucho -añadió el rubio, expectante.
Tierra, trágame.
– De acuerdo. -Me giré como un autómata y me fui hacia el ascensor con los dos policías detrás de mí. Luchaba por controlar el pánico. Se me hizo un nudo en la garganta. Quería salir corriendo, pero en cambio apreté el botón y me recordé que no era culpable de tres asesinatos, sino que iba a preparar un caso complicado.
– Es una vergüenza tener que trabajar en un domingo como este --dijo el rubio. Se quitó la gorra con el aplomo de un jugador de béisbol de la liga nacional.
– -No tengo otra alternativa. Debo preparar un juicio.
Escruté sus facciones atractivas desde detrás de mis gafas oscuras y vi que no lo conocía de ninguno de mis casos anteriores. Tuve la sensación de que aprobaba lo que le decía y un sexto sentido me dijo que le caía muy bien. POLICÍA SE ENAMORA DE FUGITIVA.
Entré en el ascensor en cuanto llegó, ellos detrás de mí, con las esposas colgando de sus gruesos cinturones de cuero. Cada uno portaba un receptor con una gruesa antena de cobre sujeta al cinturón, y pistolas de servicio con gastadas empuñaduras de madera. Me alejé un poco de las armas cuando se cerraron las puertas del ascensor.
– -Debemos ir al 35 --dijo el rubio.
– De acuerdo. -Apreté el botón y comprobé, aliviada, que no me temblaba la mano.
– -¿Conoce a Sam Freminet, señorita Frost?
– -No, no soy de la oficina de Filadelfia. --Mentía con la vista fija en los brillantes números anaranjados del ascensor. Tercer piso, cuarto piso. Hacía calor porque el aire acondicionado no funcionaba los fines de semana-. ¿Tiene algún problema el señor Freminet, agente?
– Llámeme Bob. Bob Hall.
– De acuerdo, Bob. -Mierda-. ¿Decía?
– Ah, sí. Encontramos su coche abandonado. No le han dejado nada.
Octavo piso, noveno piso.
– -Mala suerte.
– -Peor que eso. Es un coche de ochenta mil dólares.
– Diablos. -Con razón Sam había llorado.
– -También encontramos un portafolios con papeles del señor Freminet. Pero la matrícula había desaparecido y no pudimos encontrar su registro ni ninguna otra identificación. Usted no le conoce personalmente, pero ¿sabe dónde vive? No figura en el listín de teléfonos y nuestro servicio de identificación no nos puede dar una respuesta hasta mañana lunes.
– No, no tengo la menor idea. -13.° piso, 14.° piso. Vamos, vamos, más rápido. Estos malditos ascensores subían más rápido cuando yo trabajaba allí.
– En la oficina tienen un listado, ¿no es así? Debemos ponernos en contacto con él.
– No lo sé. Yo soy de la oficina de Nueva York.
– Nueva York, ¡no me diga! -Al rubio se le iluminó la cara-. Yo crecí en Nueva York.
– -Estupendo. --Qué maravilla. 21.° piso, 22.° piso.
– Así es. Soy de Queens. Richmond Hill, pero eso fue hace mucho tiempo. -Me miró con un nuevo interés, como preguntándose si habíamos ido juntos a la escuela.
– ¿De Queens, eh? -Vi que me repasaba el cuerpo con los ojos y escrutaba mis gafas de sol. Recé para que no me reconociera ahora que mi foto era sin duda la de la primera mujer en la galería de BUSCADOS POR asesinato. Las mujeres progresaban en todos los frentes.
– Apuesto a que puedo adivinar de dónde es -dijo-. ¿Larchmont o Mamaroneck? ¿He acertado?
Mama ¿qué?
– -No. --23.° piso, 24.° piso.
– Entonces, ¿de dónde es?
– -Oh, no soy oriunda de Nueva York. Sólo trabajo allí.
Dejó caer sus anchos hombros.
– -¿Y de dónde es?
Y dale. La peor mentirosa del colegio de abogados. Miré al agente negro. ¿De dónde era él?
– -De Iowa. Grinnell, Iowa --dije.
El negro se encogió de hombros y yo le sonreí. 30.° piso.
– ¿No se va a quitar las gafas? -preguntó el rubio.
– No puedo. -31.° piso, 32.° piso. Busqué aire y una respuesta decente-. Resaca. Una inmensa resaca. Una resaca de muerte.
– Ya veo. -Su rostro se distendió en una amplia sonrisa-. De fiesta anoche, ¿eh?
– Ha acertado -dije con otra sonrisa.
– ¿Aunque tenga que trabajar al día siguiente?
33.° piso, 34.° piso. ¡Venga! ¡Más deprisa!
– Ya sabe cómo son esas cosas.
Sonrió con malicia.
– No, ¿cómo son?
35.° piso.
– Ya hemos llegado. -Las puertas del ascensor se abrieron con su característico swoosh y nos encontramos en la zona de recepción. Me alegré tanto de estar en la Costa Dorada que podría haber besado su fina alfombra persa. El frío del aire acondicionado me dio en plena cara recibiéndome con su inconfundible aroma de poder y dinero.