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Cuando hubo salido dando zancadas con McGonnigal, entré en mi habitación para cambiarme. Mientras volvía a colocarme el vestido negro miré por la ventana: el agua formaba riachuelos en el camino. Me puse los deportivos y metí un par de zapatos negros de tacón en el bolso.

Incluso con un paraguas excepcionalmente amplio se me empaparon las piernas y los pies en la carrera al coche. Claro que en la mayoría de los febreros aquello habría sido una nevada de uno o dos pies de altura, de modo que intenté no protestar con mucha aspereza.

El descongelador del pequeño Chevy no conseguía grandes resultados en el parabrisas empañado, pero al menos el coche no tenía el motor muerto, suerte que habían corrido otros a los que pasé en mi camino. La tormenta y las retenciones me obligaron a hacer el recorrido hacia el sur lentamente; eran casi las diez cuando giré en la Calle Noventa y Dos dejando la Ruta 41. Cuando al fin hube encontrado un sitio donde estacionar cercano a la esquina con la Comercial, la lluvia empezaba a levantar; había aclarado lo bastante para calzarme los tacones.

Las oficinas de PRECS estaban en el segundo piso de un bloque de pequeños comercios. Doblé ágilmente la esquina hacia la entrada para el público; mi dentista solía tener aquí su clínica y este acceso desde la Comercial constituía un recuerdo indeleble.

Me detuve en lo alto de la escalera desnuda para leer el directorio de la pared mientras me peinaba y me alisaba la falda. El Dr. Zdunek ya no estaba allí. Ni tampoco muchos de los restantes inquilinos; dejé atrás una media docena de oficinas vacías al avanzar por el corredor.

En el extremo del fondo entré en una habitación que tenía todo el aspecto de una entidad no lucrativa de pocos haberes. El mobiliario de metal estaba muy rayado y los recortes de periódico pegados a las paredes oscilaban bajo una luz fluorescente muy parpadeante. Papeles y guías telefónicas estaban amontonados sobre el suelo y las máquinas de escribir eléctricas eran un modelo que había abandonado IBM cuando yo aún estaba en la universidad.

Una joven negra mecanografiaba mientras hablaba por teléfono. Me sonrió, pero levantó un dedo para pedirme que esperara. Oía las voces que salían de una sala de juntas abierta; sin prestar atención a los apremiantes siseos de la recepcionista, me acerqué a la puerta para mirar en el interior.

Había un grupo de cinco personas, cuatro mujeres y un hombre, sentados alrededor de una mesa de pino desvencijada. Caroline estaba en el centro, hablando acaloradamente. Cuando me vio en la puerta se interrumpió, sonrojándose hasta las raíces de su cabello cobrizo.

– ¡Vic! Estamos reunidos. ¿No puedes esperar?

– Todo el día, si es por ti, corazón. Necesitamos un téte-á-téte sobre John McGonnigal. Me ha hecho una visita a primera hora de esta mañana.

– ¿John McGonnigal? -su naricilla se arrugó inquisitiva.

– Sargento McGonnigal. Policía de Chicago -contesté servicialmente.

Se ruborizó aún más intensamente.

– Ah. Sí. Será mejor que hablemos ahora. ¿Me perdonáis?

Se levantó y me condujo hasta un cubículo contiguo a la sala de juntas. El caos que reinaba allí, compuesto de libros, papeles, gráficos, periódicos viejos y envolturas de golosinas hacía que mi oficina pareciera una celda conventual. Caroline tiró una guía telefónica que había sobre una silla plegable y me la ofreció mientras ella se sentaba en el tambaleante sillón giratorio de su mesa de trabajo. Enlazó las manos fuertemente frente a ella, pero me miró de forma desafiante.

– Caroline, te conozco desde hace veintiséis años, y me has hecho jugarretas que habrían avergonzado a Oliver North, pero ésta se lleva la palma. Después de mucho lloriquear y suspirar me convences para que busque a tu padre. Después me despides sin razón alguna. Y ahora, para rematarlo, le mientes a la policía sobre mi relación con Nancy. ¿Te importa explicarme por qué? ¿Sin recurrir a Hans Christian Andersen? -sólo con esfuerzo estaba logrando que mi voz no llegara a los gritos.

– ¿Por qué haces tantos aspavientos? -contestó beligerante-. Es verdad que aconsejaste a Nancy sobre…

– ¡Cállate! -la interrumpí con energía-. Ya no estás hablando con los polis, preciosa. Me imagino el cuadro, tú ruborizándote y parpadeando con lágrimas en los ojos ante el Sargento McGonnigal. Pero yo sé lo que le dije a Nancy aquella noche tan bien como tú. O sea que déjate de cuentos y dime por qué le mentiste anoche a la policía.

– ¡No es cierto! ¡Intenta probarlo! Es verdad que Nancy vino aquella noche a mi casa. Y que tú le dijiste que hablara con alguien de la oficina de Jurshak. Y ahora está muerta.

Sacudí la cabeza como un perro mojado, intentando aclarar mi cerebro.

– ¿Podemos empezar desde el principio? ¿Por qué me pediste que dejara de seguir el rastro de tu padre?

Miró el tablero de la mesa.

– Pensé que no era justo para mamá. Hacer a espaldas suyas una cosa que tanto le dolía.

– Vaya, hombre -exclamé-. Para el carro, que voy a ver al Cardenal Bernardin y al Papa para que empiecen los trámites de beatificación. ¿Cuándo has puesto tú a Louísa, o a cualquiera, por delante de lo que querías?

– ¡Ya basta! -gritó, estallando en llanto-. Créeme o no me creas, lo mismo me da. Quiero mucho a mi madre y no estoy dispuesta a que nadie le haga daño, pienses lo que pienses.

La observé con cautela. Caroline era de las que podía derramar unas lagrimitas como parte de su papel de huérfana trágica, pero no era propensa a estos ataques de llanto.

– Está bien -dije lentamente-. Lo retiro. Ha sido una crueldad. ¿Es por eso por lo que me has echado encima a la poli? ¿Para castigarme por decirte que iba a continuar la investigación?

Se sonó la nariz ruidosamente.

– ¡No ha sido eso!

– ¿Qué ha sido entonces?

Se mordió el labio inferior.

– Nancy me llamó el martes por la mañana. Me dijo que había recibido una amenaza por teléfono y que creía que alguien la seguía.

– ¿Por qué la amenazaban?

– Por la planta de reciclaje, claro.

– Caroline, quiero que me contestes con absoluta claridad. ¿Dijo ella específicamente que las llamadas fueran por la planta?

Abrió la boca, después tomó aliento.

– No -susurró finalmente-. Yo supuse que eran por eso. Porque había sido lo último de lo que habíamos hablado.

– Pero a pesar de eso le dijiste a la policía que la habían matado por la planta de reciclaje. Y que yo le había dicho con quién debía hablar. ¿Te das cuenta de lo indignante que es esto?

– Pero, Vic. No es una suposición descabellada. Quiero decir…

– ¡Quieres decir una mierda! -me volvió a invadir la ira, enronqueciéndome la voz-. ¿Es que no ves la diferencia entre tus entelequias y la realidad? Han matado a Nancy. La han asesinado. En lugar de ayudar a la policía a encontrar al asesino, me difamas y me los echas encima.

– De todas formas Nancy les trae sin cuidado. Todos los de aquí les traemos sin cuidado -se puso en pie, con la mirada relampagueante-. Reaccionan a las presiones políticas, y por lo que respecta a Jurshak, tanto le da Chicago Sur como el Polo Sur. Lo sabes tan bien como yo. Sabes cuándo fue la última vez que reparó una calle de este barrio; y desde luego fue antes de marcharte tú de aquí.

– Bobby Mallory es un buen policía, honrado y concienzudo -dije tercamente-. Eso no lo cambia el que Jurshak sea todas las clases de cabrón conocidas.

– Ya, a ti también te da igual. Lo dejastes bien claro cuando te mudaste del barrio y no volviste hasta que yo te obligué.

Empezó a palpitarme la sien derecha. Descargué el puño en la mesa con bastante fuerza para tirar algunos papeles al suelo.

– Me he roto el culo una semana buscando a tu padre. Tus abuelos me han insultado. Louisa se puso como una hiena ¡y tú!, tú no te podías conformar con engatusarme para que buscara al tipo y dejarme después en la estacada. Tuviste que mentir a la policía sobre mí.