– Mire, Srta. Chigwell. Me fastidia tener que ponerme pesada, pero hay una cosa que quisiera saber. ¿Le ha llamado Gustav Humboldt en los últimos días?
Se mostró sorprendida.
– ¿Cómo lo sabe?
– No lo sabía. Su secretaria me proporcionó una cierta información que en teoría Humboldt había recibido de su hermano. Quería saber si Humboldt se la había sacado de la manga.
– ¿Qué fue lo que, según él, le dijo Curtís?
– Que Joey Pankowski era el padre de Caroline Djiak.
Me pidió que le explicara quiénes eran ambos, y después marchó a comprobar la cuestión con su hermano. Tardó un cuarto de hora en volver. Terminé las palomitas y ejecuté algunos ejercicios de piernas, tumbada con el teléfono junto al oído para poder oírla a su vuelta.
Su voz irrumpió bruscamente:
– Dice que sabía lo de ese hombre, que la madre de la muchacha se lo había contado todo cuando la habían contratado.
– Ya veo -dije débilmente.
– El problema es que te puedes pasar toda una vida con una persona sin saber cuándo te está mintiendo. No sé qué parte se ha inventado Curtís, pero le puedo decir una cosa: está dispuesto a decir cualquier cosa que Humboldt le pida.
Mientras me esforzaba por añadir estos datos a mi cerebro reblandecido, me extrañó otra cuestión:
– ¿Por qué me dice todo esto, Srta. Chigwell?
– No lo sé -respondió sorprendida-. Es posible que después de setenta y nueve años esté harta de que Curtis se escude en mí. Adiós -colgó con un clic seco.
Me pasé el sábado calentándome los cascos con Humboldt y Chigwell, incapaz de imaginar motivo alguno para que pergeñaran una historieta sobre Louisa y Joey, incapaz de ingeniar alguna forma de echarles mano. Cuando Murray Ryerson, director de la sección de sucesos delictivos del Herald Star, me llamó el domingo porque uno de sus chupatintas había destapado el dato de que Nancy Cleghorn y yo habíamos sido compañeras de curso, incluso accedí a hablar con él.
En baloncesto Murray sigue a De Paul, o más bien se babea con ellos. Aunque yo vivo -y muero- todos los años con los Clubs, y conservo un cariño nostálgico por Otis Wilson de los Bears, me trae francamente sin cuidado que los Blue Demons vuelvan a hacer una canasta en toda su vida. En Chicago eso es máxima herejía; equivalente a afirmar que detestas los desfiles del día de San Patricio. Por tanto, acepté acarrearme hasta el Horizon para verlos enzarzarse con Indiana o Loyola o el que fuera.
– En todo caso -dijo Murray-, puedes sentarte y recordar que tú y Nancy hacíais las mismas jugadas sólo que mejor. Dará un sabor más intenso a tu memoria.
De Paul perdió una ganga, y Murray no cesó de hacer comentarios injuriosos sobre el joven Joey Meyer y el ataque en general durante la hora que pasamos para avanzar desde el aparcamiento hasta cruzar la barrera. Hasta que no estuvimos en Ethel's, un restaurante lituano del Sector Noroeste, y Murray hubo atiborrado su complexión de seis pies cuatro pulgadas con unas cuantas docenas de rollitos de col agridulce, no se centró en el verdadero meollo de aquella tarde.
– ¿Entonces qué interés tienes en la muerte de Cleghorn? -preguntó con indiferencia-. ¿Te ha pedido la familia que la investigues?
– A la poli le llegó un soplo de que se había ido al otro mundo por mí -me comí sosegadamente otra bolita gordezuela de masa. Tendría que correr diez millas a la mañana siguiente para quemar todo aquello.
– Venga, venga. Por lo menos una docena de personas va diciendo que has estado husmeando por allí. ¿De qué se trata?
Sacudí la cabeza.
– Ya te lo he dicho. Quiero salvar mi buen nombre.
– Ya, y yo soy el Ayatollah de Detroit.
Me encanta cuando estoy diciéndole la verdad a Murray y él se imagina que es una tremenda tapadera; me da una enorme ventaja. Desgraciadamente, no era mucho lo que se podía extraer de él. La policía había hecho una visita a Steve Dresberg, a su hombre de paja, Leon Haas, a otros cuantos ciudadanos probos de Chicago Sur -entre ellos algún antiguo amante de Nancy- y no tenían nada que pudiera considerarse realmente una pista.
Al fin, Murray se cansó del juego.
– Supongo que hay suficiente para publicar una historieta de interés humano sobre Nancy y tú en la universidad, viviendo con una miseria y estudiando a los clásicos en el tiempo que os quedaba entre zurra y zurra a los mejores equipos femeninos de la región. Me fastidia sacarte en blanco y negro cuando no te lo has ganado, pero al menos el fiscal del estado tendrá el nombre de Nancy en las narices.
– Muy agradecida, Murray.
Cuando me dejó en mi casa de la calle Racine, me metí en el coche y arranqué hacia Hinsdale. La entrevista con Murray me había dado una idea maldita sobre la forma de presionar a Chigwell.
Eran casi las siete cuando toqué el timbre de su puerta lateral, no precisamente la hora ideal para hacer una visita. Cuando la Srta. Chigwell salió a la puerta intenté adoptar un aspecto serio y fiable. Sus graves facciones no me daban ningún indicio de la medida en que lo estaba consiguiendo.
– Curtís se niega a hablar con usted -me dijo con su tono brusco, sin mostrarse sorprendida por mi aparición.
– A ver cómo le cae esto -sugerí con ademán serio y fiable-. Su fotografía en la portada del Herald Star y algunos detalles entrañables de su carrera médica.
Me miró sombría. Por qué simplemente no me daba con la puerta en las narices era algo que no entendía. Y aún me intrigó más que marchara a transmitir el mensaje. Me recordó a unos primos vejestorios de mi querido ex marido Dick, dos hermanos y una hermana que vivían juntos. Los hermanos se habían peleado hacía unos trece años y se negaban a hablarse, por lo que tenían que pedir a la hermana que les pasara la sal, la mermelada y el té, y ella obedecía dócilmente.
Sin embargo, esta vez el Dr. Chigwell vino a la puerta en persona, no confiando la mermelada a su hermana. Con su delgado pescuezo oscilando hacia adelante tenía todo el aspecto de un pavo maltratado.
– Oiga usted, jovencita. No tengo por qué aguantar amenazas. Si no se ha ido de esta puerta en treinta segundos llamo a la policía y puede explicarles a ellos por qué ha iniciado esta campaña de acoso.
Me tenía cogida. Me imaginaba intentando explicar a un policía suburbano -o incluso a Bobby Mallory- que uno de los diez hombres más ricos de Chicago me estaba mintiendo y buscando la connivencia de su antiguo médico de fábrica para ello. Bajé la cabeza resignada.
– Considéreme ida. El periodista que vendrá a verle por la mañana se llama Murray Ryerson. Le hablaré de sus antiguos historiales médicos y demás.
– ¡Fuera de aquí! -su voz había adoptado un tono silbante que me heló la sangre.
Me fui.
17.- Melancolía de lápida
El funeral de Nancy estaba programado para las once de la mañana del lunes en la iglesia metodista a la que asistía de niña. Tengo la impresión de pasar muchísimo tiempo en funerales de antiguos amigos; y tengo un traje sastre azul marino tan fuertemente asociado a estas ocasiones que no soy capaz de llevarlo en ninguna otra. Deambulé vestida con medias y blusa, sin lograr disipar el temor supersticioso a ponerme el traje, como si eso diera carácter definitivo a la muerte de Nancy.
No conseguía concentrarme en nada, ni en Chigwell ni en Humboldt, ni en organizar un plan para ganarle la carrera a la policía hasta el asesino de Nancy, ni siquiera para ordenar los periódicos desparramados por todo el salón. Así había empezado el día, pensando que contando con unas cuantas horas podía arreglar la casa. Pero me sentía en exceso fragmentada para poder crear orden.
De repente, a las diez menos diez, todavía en ropa interior, busqué el número de las oficinas centrales de Humboldt y llamé. Una operadora indiferente me puso con su despacho, donde hablé no con Clarissa Hollingsworth sino con su ayudante. Cuando pregunté por el Sr. Humboldt, y tras una cierta cantidad de regateo, vino la Srta. Hollingsworth.