– Aquí Troy. El sitio marcado con la X.
Troy gruñó, me dejó deslizar de su hombro y caer.
– ¿Está bastante dentro?
– No va a ninguna parte. Vamos a separarnos.
Las malolientes hierbas y el barro blando amortiguaron mi caída. Quedé sobre el suelo helado. El cieno frío que empezó a empapar la manta me procuró un momento de alivio a la cabeza molida, pero al permanecer tumbada el peso de mi cuerpo hizo que empezara a filtrarse agua entre el cieno. Sentí la humedad en los oídos y me llené de pánico, forcejeando inútilmente. Sola, metida en aquel denso envoltorio, me iba a ahogar, con agua negra del pantano en los pulmones, en el corazón, en el cerebro. La sangre me retumbó por la cabeza y lloré lágrimas de pura impotencia.
24.- El cenagal de Grimpen
Volví a perder el conocimiento. Cuando fui recobrándolo lentamente estaba totalmente empapada. El agua se había filtrado entre mis cabellos y me cosquilleaba en las orejas. En los hombros sentía como si me hubiera metido barras de hierro para separármelos del esternón. Con todo, el breve sueño y el agua fría y fangosa me habían sanado un poco la cabeza. No quería pensar; era demasiado aterrador. Pero, instante a instante, podría aún salir de aquello con un poco de ingenio.
Rodé hacia un lado, sintiendo el peso de la manta llena de barro. Empleando hasta la última gota de energía, me incorporé hasta quedar sentada. Tenía los tobillos atados y las manos sujetas por las muñecas a la espalda; no tenía forma alguna de llevarlas a la parte delantera del cuerpo. Pero apretándolas contra la vértebra caudal logré apuntalarme lo suficiente para impulsarme hacia adelante poco a poco con las piernas.
No tenía más remedio que suponer que me habían llevado por el mismo sendero que habían seguido para deshacerse de Nancy: en todo caso, era el más alejado de la carretera. Pasado un rato de duro tanteo, que me dejó boqueando para recobrar el aliento dentro de mi envoltorio cenagoso, calculé que tenía el agua a la derecha. Con mucho cuidado describí un giro de ciento ochenta grados para avanzar arrastrándome otra vez hacia la carretera. Intenté calcular la distancia, procurando no computar mi velocidad probable. Me obligué a prescindir de todo pensamiento de comida, baños o cama y me imaginé en una playa soleada. Quizá Hawai. O quizá fuera a aparecer Magnum súbitamente para liberarme de mi aprisionamiento.
Me temblaban las piernas y los brazos. Exceso de esfuerzo, glucosa insuficiente. Tenía que pararme cada pocos impulsos a descansar. La segunda vez que paré volví a dormirme no despertando hasta caer entre las matas. Después de aquello me obligué a seguir una alternancia numérica. Cinco impulsos, contar hasta quince, cinco impulsos, contar quince, cinco impulsos, contar quince. Tambaleo de piernas, vueltas a la cabeza, quince. Mi quince cumpleaños. Gabriella había muerto dos días antes. Su último aliento en brazos de Tony mientras yo estaba en la playa. Acaso existiera realmente el cielo, Gabriella con su voz pura en el coro angélico, esperándome con las alas extendidas, los brazos abiertos de amor infinito, esperando que mi timbre de contralto se uniera al suyo de soprano.
El ladrido de un perro me hizo recobrar la conciencia. La fiera de ojos sanguinolentos. Esta vez no pude evitarlo: vomité, resbalándome un hilillo de bilis por el pecho. Oí acercarse cada vez más al perro, jadeando, con ladridos breves y agudos, después sentí un hocico apretarse contra la manta, haciéndome caer. Quedé tumbada de lado en una impotente maraña de barro y manta, pateando inútilmente al aire y sentí unas patas oprimirme pesadamente el brazo.
Di estériles patadas a la manta, intentando quitarme el perro de encima. Por la nariz se me introdujeron pequeñas lágrimas de terror. Mientras tanto, al otro lado, los colmillos lanzaban tarascadas a la cabeza, a los brazos. Cuando hubieran traspasado la manta ¿cómo podría protegerme la garganta? Tenía los brazos a la espalda. El perro no hacía caso alguno de mi débil forcejeo.
Los oídos me rugieron de pánico, convirtiendo mis piernas en una masa inútil. Por encima del bramido oí voces. Con la ínfima energía que aún quedaba en mí, procuré gritar.
– ¿Ya la tienes? ¿La has encontrado? ¿Eres tú, niña? ¿Estás ahí? ¿Me oyes?
No era el perro del infierno, sino Peppy. Con el Sr. Contreras. Me invadió una euforia tal que mis doloridos músculos parecieron momentáneamente curados. Gruñí débilmente. El viejo se debatía febrilmente con los nudos, hablando para sí sin cesar.
– Tendría que haberme traído el cuchillo en vez de la llave inglesa. Tenías que habértelo imaginado, viejo estúpido, ¿para qué querías una llave cuando lo que hace falta es un cuchillo? Tranquila, niña, casi lo tengo, no te des por vencida ahora que estamos ya tan cerca.
Al fin consiguió desgarrar la manta por la parte de la cabeza.
– ¡Ay, Dios! Esto tiene mal aspecto. Vamos a sacarte de aquí.
Trabajó frenéticamente, torpemente, con los nudos de mi espalda. La perra me miró con ansiedad y después empezó a lamerme la cara; yo era su cachorro perdido y hallado en el momento crítico. Mientras el Sr. Contreras iba desatándome las manos, devolviéndome a los brazos un remedo de circulación, la perra no cesó de lavarme la cara.
El Sr. Contreras se impresionó al verme en ropa interior, temiendo que me hubieran violado, y le costó aceptar mi repetida afirmación de que mis atacantes sólo buscaban ahogarme. Apoyándome pesadamente sobre su hombro, le dejé que me guiara, casi en brazos, a la carretera.
– Tengo aquí a un chicarrón. Dice que es abogado. No se creía que realmente pudieras estar aquí, o sea que ha esperado en el coche. Cuando su señoría volvió del lago sin ti, empecé a preocuparme. Entonces este niñato se presenta, dice que habías quedado con él a las nueve y que dónde estás, que no puede esperar todo el día. Ya sé que no quieres que meta las narices en tus asuntos, muñeca, pero yo estaba allí cuando el tipo llamó, oí a tu amiguita decirte que te iban a tirar al pantano, y le obligué a que me trajera aquí en el coche. A mí y a su señoría, sabes porque me figuré que podríamos encontrar el sitio después que me lo habías mostrado en el mapa y eso.
Siguió dándole vueltas a la historia en el trayecto hasta la carretera. Allí nos esperaba Ron Kappelman, recostado en su destartalado Rabbit, silbando quedamente y mirado al infinito. Cuando nos vio acercarnos a los tres se incorporó rápidamente y cruzó la carretera a saltos. Ayudó al Sr. Contreras a subirme por encima de la alambrada y depositarme en el asiento trasero de coche. Peppy emitió un ladridito y empujó para introducir su pesado cuerpo junto al mío.
– Mierda, Warshawski. Cuando faltas a una cita lo haces a lo grande. ¿Qué demonios te ha pasado?
– Joven, haz el favor de dejarla en paz y no hables mal. Hay muchísimas palabras en el diccionario sin tener que andar con tacos a todas horas. No sé qué iba a pensar tu madre si te oyera, pero lo que tenemos que hacer es llevar esta señorita a un médico, que la arregle, y después metes la nariz y le preguntas cómo llegó al sitio donde estaba, y es posible que tenga ganas de contártelo.
Kappelman se puso rígido como para responder al ataque, después comprendió que sería en vano y se sentó en el asiento del conductor. Perdí el conocimiento antes de que hubiera girado el coche.
No recuerdo nada del resto del día. Que Kappelman paró a una patrulla de policía estatal que nos escoltó a ochenta millas por hora hasta la clínica de Lotty, ante la terca insistencia del Sr, Contreras que no les permitió llevarme a un hospital sin su aprobación. Ni que Lotty, al echarme una sola ojeada en el asiento trasero del coche, llamó a una ambulancia para transportarme al Beth Israel a toda velocidad. Ni siquiera que Peppy se resistió a confiarme a los asistentes clínicos. Al parecer, había cogido la muñeca de una mano entre sus fuertes mandíbulas y se había negado a soltarla. Me dijeron que me habían despertado el tiempo suficiente para hacer que dejara libre el brazo del camillero, pero no recuerdo nada de ello, ni siquiera como fragmento de un sueño.