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Angus la miró, se rascó la sien, y dijo, -Tome algo de queso.

Los ojos de Margaret se ensancharon con sorpresa, pero tomó el queso y puso un poco en su boca.

– Sabroso.

– Yo comentaría la superioridad del queso Escocés, pero estoy seguro de que usted ya se sentirá un poco insegura sobre la cocina de su país.

– ¿Después del haggis?

– Hay un motivo por el que nosotros, los escoceses somos más grandes y fuertes que los ingleses.

Ella soltó un resoplido elegante.

– Usted es insufrible.

Angus se echó hacia atrás, descansando la cabeza en sus manos, con sus brazos abiertos. Él parecía un hombre-bien-saciado, un hombre-seguro, uno que sabía quién era y lo que quería hacer con su vida.

Margaret no podía quitar sus ojos de él.

– Quizás, – accedió él, -pero a todos les caigo bien.

Ella le lanzó un pedazo de queso.

Él lo cogió y lo metió en su boca, sonriendo sarcásticamente mientras masticaba.

– ¿Le gusta lanzar cosas, verdad?

– Que curioso que nunca sentí la inclinación de hacer eso hasta que lo conocí.

– Y aquí todos me dijeron que sacaba lo mejor de ellos.

Margaret comenzó a decir algo y luego solamente suspiró.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Angus, claramente divertido.

– Estuve a punto de insultarle.

– No es que esté sorprendido, pero por qué lo pensó mejor?

Ella se encogió.

– Ni siquiera lo conozco. Y aquí estamos, discutiendo como un viejo matrimonio. Es bastante incomprensible.

Angus la miró pensativamente. Ella se veía cansada y algo confundida, como si ella finalmente hubiese disminuido la velocidad lo suficiente para que su cerebro comprenda que estaba en Escocia, cenando con un desconocido que casi la había besado una hora antes.

El sujeto de su lectura interrumpió sus pensamientos con un persistente, -¿No lo cree?

Angus sonrió cándidamente.

– ¿Se suponía que tengo que hacer un comentario?

Esto le ganó un ceño bastante feroz.

– Muy bien, -dijo, -aquí está lo que pienso. Pienso que la amistad florece más rápidamente en circunstancias extremas. Considerando los acontecimientos que se han revelado esta tarde y, aún más, el objetivo común que nos une, no es sorprendente que estemos sentados aquí disfrutando la comida como si nos conociéramos desde hace años.

– Sí, pero…

Angus consideró brevemente que espléndida sería su vida con la eliminación de las palabras, "sí" y "pero" de la lengua inglesa, entonces interrumpió con, -Pregúnteme algo.

Ella parpadeó varias veces antes del contestar, -¿Disculpe?

– ¿Quiere saber más de mí? Aquí está su posibilidad. Pregúnteme algo.

Margaret se puso pensativa. Dos veces separó los labios, con una pregunta en la punta de su lengua, sólo para cerrarlos otra vez. Finalmente ella se inclinó hacia adelante y dijo, -Muy bien. ¿Por qué es usted tan protector con las mujeres?

Diminutas líneas blancas aparecieron alrededor de su boca. Era una pequeña reacción, y bien controlada, pero Margaret había estado mirándolo atentamente. Su pregunta lo había puesto nervioso.

Su mano tensa alrededor de su taza de alé, y él dijo, -Cualquier caballero vendría en ayuda de una dama.

Margaret sacudió su cabeza, recordando la fiera, casi salvaje mirada de él cuando había despachado a los hombres que la habían atacado.

– Hay más en esto que eso, y ambos lo sabemos. Algo le pasó. -Su voz se puso más suave, más calmante. -O quizás a alguien que ama.

Hubo un largo silencio de dolor, y luego Angus dijo, -yo tenía una prima.

Margaret no dijo nada, nerviosa por lo plano de su voz.

– Ella era mayor, -continuó, mirando fijamente el líquido que se arremolina en su taza de ale. -Diecisiete a mis nueve. Pero éramos muy cercanos.

– Suena como si usted fuese afortunado de tenerla en su vida.

Él asintió.

– Mis padres iban con frecuencia a Edimburgo. Ellos raras veces me llevaban con ellos.

– Lo siento, -murmuró Margaret. Ella sabía lo que era echar de menos a sus padres.

– No lo esté. Yo nunca estaba solo. Tenía a Catriona. -Él tomó un sorbo de su alé. -Ella me llevó de pesca, me dejó acompañarla en sus recados, me enseñó las tablas de multiplicar cuando mis tutores levantaron sus brazos en desesperación. -Angus alzó la vista bruscamente; luego una sonrisa melancólica cruzó su cara. -Ella las entretejió en canciones. Curiosa, la única manera en que yo podía recordar que seis por siete era cuarenta y dos era cantarlo.

Un nudo se formó en la garganta de Margaret porque ella sabía que esta historia no tenía un final feliz.

– ¿Cómo era ella? -susurró, no completamente segura de por qué quería saberlo.

Una sonrisita nostálgica escapó de los labios de Angus.

– Sus ojos eran del mismo color que los suyos, tal vez un poco más azules, y su pelo era el más rico pelirrojo que usted alguna vez ha visto. Ella solía lamentarse cuando se volvía rosa en la puesta del sol.

Él se calló, y finalmente Margaret tenía para expresar la pregunta que colgaba en el aire.

– ¿Qué le pasó?

– Un día ella no vino a la casa. Ella siempre venía los martes. Otros días yo no sabía si ella iba a visitarme o no, pero los martes ella siempre venía para ayudarme a practicar mis números antes de que mi tutor llegara. Pensé que ella debía estar enferma, entonces fui a su casa a llevarle flores. -Él levantó la mirada con una expresión extrañamente arrepentida. -Pienso que debo haber estado medio enamorado de ella. ¿Quién se enteró alguna vez de un muchacho de nueve años que trae flores a su prima?

– Pienso que es dulce, -dijo Margaret suavemente.

– Cuando llegué, mi tía estaba aterrada. Ella no me dejaría verla. Dijo que yo tenía razón, que Catriona estaba enferma. Pero di la vuelta por atrás y subí por su ventana. Ella estaba tendida en su cama, enroscada en la pelota más apretada que alguna vez haya visto. Nunca he visto que algo así… -Su voz se rompió. -Dejé caer las flores.

Angus carraspeó, luego tomó un sorbo de alé. Margaret notó que sus manos temblaban. -Dije su nombre, -dijo él, -pero ella no respondió. Lo dije otra vez y tendí una mano para tocarla, pero ella se estremeció y se movió lejos. Y luego sus ojos se despejaron, y durante un momento ella pareció la muchacha que yo conocía tan bien, y dijo, "Crece fuerte, Angus. Crece fuerte para mí."

– Dos días más tarde, ella estaba muerta. -Él alzó la vista, sus ojos tristes. -Por su propia mano.

– Oh, no… -Margaret se oyó decir.

– Nadie me dijo por qué, – siguió Angus. -Supongo que ellos me creyeron demasiado joven para la verdad. Yo sabía que ella se había matado, desde luego. Todos lo sabían, la iglesia se negó a enterrarla en la tierra consagrada. Solo años más tarde oí la historia completa.

Margaret tomó su mano a través de la mesa. Le dio un apretón tranquilizador.

Angus alzó la vista, y cuando habló otra vez, su voz pareció más enérgica, más… normal.

– No sé cuánto sabe usted de la política escocesa, pero tenemos muchos soldados británicos que vagan por nuestra tierra. Nos dicen que ellos deben estar aquí para mantener la paz.

Margaret sintió algo nauseabundo creciendo en la boca de su estómago.

– ¿Alguno de ellos… estaba ella…?

Él asintió de manera cortante.

– Todo que hizo fue caminar de su casa al pueblo. Ese fue su único crimen.

– Lo siento tanto, Angus.

– Era un camino había recorrido toda su vida. Excepto que esa vez, alguien la vió, decidió que la quería y la tomó.

– Oh, Angus. ¿Usted sabe que eso no fue su culpa, verdad?

Él asintió otra vez.

– Yo tenía nueve años. ¿Qué podría haber hecho? Y aún no aprendí la verdad hasta haber alcanzado diecisiete, la misma edad que Catriona tenía cuando murió. Pero me prometí… -Sus ojos quemaron, oscuros y feroces. -Prometí a Dios que no dejaría que a otra mujer se le hiciera el mismo daño.