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– Ven, querida, -dijo él suavemente, -tenemos que dejar a este buen hombre cerrar por esta noche.

Margaret asintió y se puso de pie, sus labios todavía apretados fuertemente. Angus tenía la sensación de que ella no confiaba en si misma para hablar.

– No olvides tu cranachan, -dijo, haciendo señas al tazón sobre la mesa mientras él recogía el propio.

– Usted podría querer llevar el suyo, también, -se rió George. -No confío en la expresión de sus ojos.

Angus tomó su consejo y agarró el otro tazón.

– Una idea excelente, mi buen hombre. Mi esposa tendrá que caminar sin la ventaja de mi brazo, pero pienso que ella podrá arreglárselas, ¿no cree?

– Och, sí. Ella no necesita a un hombre para decirle a donde ir. -George le dio un codazo a Margaret en el brazo y rió con complicidad. -¿Pero es agradable sin embargo, eh?

Angus le dio un codazo a Margaret sacándola del lugar antes de que ella matara al posadero.

– ¿Por qué debe usted persistir en burlarse así de mí? -gruñó.

Angus se giró y la esperó para comenzar a subir la escalera después de ella.

– Desvió su mente de su hermano, ¿verdad?

– Yo… -Sus labios se separaron asombrados y lo miró fijamente como si nunca antes hubiera visto otro ser humano. -Sí, eso hizo.

Él sonrió y le dio uno de los tazones de pudín mientras él buscaba la llave de la habitación en su bolsillo.

– ¿Sorprendida?

– ¿Que usted hiciera tal cosa por mí? -Ella sacudió su cabeza. -No.

Angus se dio media vuelta despacio, la llave todavía en la cerradura.

– Quise decir que estaba sorprendida de haber olvidado a su hermano, pero pienso que me gusta más su respuesta.

Margaret sonrió melancólicamente y apoyó una mano en su brazo.

– Usted es un buen hombre, Sir Angus Greene. Insufrible de vez en cuando… -Ella casi sonrió burlonamente ante su ceño fingido. -Bueno, insufrible la mayor parte del tiempo, si uno quiere poner un buen punto sobre ello, pero todavía un buen hombre.

Él empujó la puerta abierta, luego pusieron sus tazones de cranachan sobre una mesa en la habitación.

– ¿No debería haber mencionado a su hermano en este momento? ¿Quizás debería haberla dejado riñendo como loca y lista para cortar mi garganta?

– No. -Ella soltó un largo, cansado suspiro y se sentó sobre la cama, otro bucle de su largo cabello castaño escapó de su peinado y se derramó en su hombro. Angus la observó con todo el dolor de su corazón. Ella parecía tan pequeña e indefensa, y tan malditamente melancólica. Él no podía soportarlo.

– Margaret, -dijo, sentándose al lado de ella, -usted ha hecho todo lo posible por criar a su hermano por… ¿cuantos años?

– Siete.

– Ahora es hora de dejarle crecer y tomar sus propias decisiones, buenas o malas.

– Usted mismo dijo que ningún muchacho de dieciocho conoce su propia mente.

Angus se tragó un gruñido. No había nada más detestable que ser atormentado por sus propias palabras.

– Yo no querría verlo casarse a tal edad. ¡Buen Dios, si él tomara una mala decisión tendría que vivir con ello -¡ella!- para el resto de su vida.

– Y si él tomó una mala decisión entrando en la Marina, ¿cuánto tiempo de vida tendrá para lamentarlo? -Margaret levantó su cara hacia él, y sus ojos lucían insoportablemente enormes en su cara. -Él podría morir, Angus. No me importa lo que la gente diga, siempre hay una guerra. En algún sitio, algún hombre estúpido sentirá la necesidad de luchar con algún otro hombre estúpido, y ellos van a enviar a mi hermano para resolverlo.

– Margaret, cualquiera de nosotros podría morir mañana. Yo podría salir andando de esta posada y ser pisoteado por una vaca loca. Usted podría salir de esta posada y ser golpeada por un relámpago. No podemos vivir nuestras vidas con miedo por ese momento.

– Sí, pero podemos tratar de reducir al mínimo nuestros riesgos.

Angus levantó su mano para peinarse el cabello; esta era una acción que él a menudo repetía cuando estaba cansado o exasperado. Pero de algún modo su mano se movió ligeramente a la izquierda, y en cambio se sintió tocar el cabello de Margaret. Era fino, y liso, y suavemente sedoso y parecía haber allí mucho más de lo que él al principio había pensado. Se deslizó de sus alfileres y cayó en torrentes sobre su mano, entre sus dedos.

Y mientras saboreaba su tacto, ninguno de ellos respiraba.

Sus ojos se entrelazaron, verde contra el más oscuro, ardiente negro, no dijeron ni una palabra, pero mientras Angus se inclinaba, cerrando de una manera lenta la distancia entre ellos, ambos sabían lo que iba a pasar.

Él iba a besarla.

Y ella no iba a detenerlo.

Capítulo 5

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Sus labios rozaron los de ella despacio, con el más puro de los toques. Si la hubiera aplastado contra él o hubiera apretado su boca contra la suya, ella podría haberse apartado, pero esta caricia ligera como una pluma capturó su alma.

Su piel cosquilleaba con conciencia y de repente se sintió… diferente, como si este cuerpo que ella había poseído durante veinticuatro años no fuese más propio. Su piel se sentía demasiado estrecha y su corazón se sentía demasiado ávido, y sus manos… oh, como dolían sus manos queriendo acariciar su piel.

Él sería caliente, ella lo sabía, y majestuoso. Los suyos no eran los músculos de un hombre sedentario. Él podría aplastarla con un golpe de su puño… y de algún modo ese conocimiento era emocionante… probablemente porque él la sostenía en ese momento con tal tierna reverencia.

Ella se apartó durante un momento, de modo que pudiera ver sus ojos. Ellos quemaban con una necesidad que le era desconocida y ella sabía exactamente lo que él quería.

– Angus, -ella susurró, levantando su mano para frotar la áspera piel de su mejilla. Su oscura barba estaba saliendo, densa y áspera y completamente diferente de las patillas de su hermano en las pocas ocasiones que lo había visto sin afeitar.

Él cubrió su mano con la suya, luego giró su cara hacia su palma, presionando un beso contra su piel. Ella miró sus ojos sobre las puntas de sus dedos. Ellos nunca abandonaron los suyos, y hacían una pregunta silenciosa, y esperaban su respuesta.

– ¿Cómo pasó esto? -ella susurró. -Yo nunca… Yo nunca lo quise, incluso…

– Pero lo hace ahora, -susurró él. -Usted me desea ahora.

Ella asintió, impresionada por su admisión, sin embargo incapaz de mentirle. Había algo en el modo que él la miraba, la forma en que sus ojos la recorrían como si él pudiese ver el camino al centro mismo de su corazón. El momento era perfecto de un modo aterrador, y ella sabía que la mentira no tenía espacio entre ellos. No en aquella habitación, no durante esa noche.

Ella humedeció sus labios.

– No puedo…

Angus tocó con el dedo su boca.

– ¿No puede? -Esto había traído una temblorosa sonrisa. Su tono provocador derritió su resistencia, y ella se sintió acercarse hacia él, inclinándose contra su fuerza. Más que nada, quería dejar a un lado todos sus principios, cada precepto moral al cuál ella se había sostenido fiel. Podría olvidar quién era ella, y lo que siempre pareció, y yacer con este hombre. Podría dejar de ser Margaret Pennypacker, hermana y guardián de Edward y Alicia Pennypacker, hija del difunto Edmund y Katherine Pennypacker. Podría dejar de ser la mujer que traía comida a los pobres, asistía a la iglesia cada domingo, y plantaba su jardín cada primavera en pulcras y ordenadas filas.

Ella podría parar de ser todas esas cosas, y finalmente ser una mujer.

Era tan tentador.

Angus alisó con uno de sus callosos dedos su arrugada frente.

– Usted parece tan seria, -murmuró él, inclinándose para posar sus labios en su frente. -Quiero besar estas líneas, quitar estas preocupaciones.