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– Angus, -dijo rápidamente, soltando las palabras antes de que perdiera su capacidad de decidir, -hay cosas que no puedo hacer. Cosas que quiero hacer, o pienso que quiero hacer. No estoy segura, porque nunca lo he hecho, pero no puedo… ¿Por qué sonríes?

– ¿Lo hacía?

Él sabía que había sonreído, el muy libertino.

Él se encogió desvalidamente.

– Es sólo que nunca he visto a nadie tan decorosamente confundida como usted, Margaret Pennypacker.

Ella abrió su boca para protestar, ya que no estaba segura si sus palabras eran elogios, pero él colocó un dedo sobre sus labios.

– Ah, ah, ah, -dijo él. -Silencio ahora, y escúcheme. Voy a besarla, y eso es todo.

Su corazón se elevó y cayó en un único momento.

– ¿Solo un beso?

– Entre nosotros, nunca será solo un beso.

Sus palabras enviaron un escalofrío por sus venas, y ella levantó su cabeza, ofreciéndole sus labios.

Angus respiró roncamente, mirando fijamente su boca como si tuviera todas las tentaciones del infierno y toda la dicha del cielo. Él la besó otra vez, pero esta vez él no se contuvo. Sus labios tomaron los suyos en un hambriento, posesivo baile de deseo y necesidad.

Ella jadeó, y él saboreó su aliento, inhalando su esencia caliente, dulce, como si esto de algún modo le permitiese a ella tocarlo por dentro.

Sabía que debería ir despacio con ella, y por más que su cuerpo gritase de necesidad, él sabía que terminaría esta noche insatisfecho, pero no podía negarse el placer de sentir su pequeño cuerpo bajo el suyo y entonces la recostó sobre la cama, sin separar su boca de la de ella en ningún momento.

Si él solamente fuera a besarla, si era todo lo que él podía hacer, entonces estaba condenado si este beso no duraba la noche entera.

– Oh, Margaret, -gimió, dejando vagar sus manos hacia abajo por los costados de ella, pasando su cintura, sobre sus caderas, hasta ahuecar sus manos sobre la suave y redondeada curva de sus nalgas. -Mi dulce Mar…

Él se interrumpió y levantó la cabeza, dirigiéndole una ladeada sonrisa de muchacho.

– ¿Puedo llamarte Maggie? Margaret es un bocado sangriento.

Ella lo miró fijamente, respirando fuertemente, incapaz de hablar.

– Margaret, -siguió, arrastrando sus dedos por el borde de su mejilla, -es justo el tipo de mujer que un hombre quiere a su lado. Pero Maggie… bien, esa es el tipo de mujer que un hombre quiere debajo.

Le tomó un par de segundos decir, -Puedes llamarme Maggie.

Sus labios encontraron su oreja, así como sus brazos se enrollaron alrededor de ella.

– Bienvenida a mi abrazo, Maggie.

Ella suspiró, y el movimiento la hundió más profundamente en el colchón, y se dejo ir con el momento, con el parpadeo de la vela y el dulce aroma del cranachan, y al fuerte y poderoso hombre que cubría su cuerpo con el suyo

Sus labios se movieron hacia su cuello, susurrando a lo largo de las líneas que conducían a la curva de su hombro. Él besó la piel allí, tan pálida contra la lana negra de su abrigo. Él no sabía como habría de llevar aquella ropa otra vez, ahora que había pasado una tarde entera frotándose contra su piel desnuda. Olería como ella durante días, y luego, después que esa fragancia se desvaneciera, el recuerdo de este momento aún sería bastante para poner su cuerpo en llamas.

Sus ágiles dedos soltaron solo algunos botones para revelar la desnudez de su insinuante escote. No era nada más que una sombra, realmente, un vago oscurecimiento que insinuaba las maravillas debajo, pero aún ese era bastante para enviar fuego por sus venas, tensando un cuerpo que él había pensado que posiblemente no podía ponerse más duro.

Dos botones más fueron liberados, y Angus arrastró su boca abajo a lo largo de cada nueva centímetro de piel desnuda, susurrando todo tiempo, -Esto todavía es un beso. Solamente un beso.

– Solamente un beso, -repitió Margaret, su voz extraña y sofocada.

– Solamente un beso, -estuvo de acuerdo él, deslizando sin embargo otro botón por su abertura de modo que él pudiera besar completamente el profundo valle entre sus pechos. -Todavía te estoy besando.

– Sí, -gimió. -Oh, sí. Sigue besándome.

Él extendió abierto su abrigo, descubriendo tiernamente sus redondeados pechos. Él contuvo el aliento.

– Buen Cristo, Maggie, este abrigo nunca lució la mitad de bien en mí.

Margaret se puso ligeramente rígida bajo el intenso calor de su mirada fija. Él la miraba como si fuese alguna criatura extraña y maravillosa, como si ella poseyera algo que él nunca había visto antes. Si él la tocara, la acariciara, o incluso la besara, ella podría derretirse de nuevo en su abrazo y perderse en la pasión del momento. Pero con él mirándola fijo, ella era incómodamente consciente de que estaba haciendo algo que nunca soñó con hacer.

Ella había conocido a este hombre sólo unas horas antes, y sin embargo…

Tomó aliento y alcanzó a cubrirse.

– ¿Qué he hecho? -susurró.

Angus se inclinó y besó su frente.

– Sin remordimientos, mi dulce Maggie. Independientemente de lo que sientas, no dejes que el pesar sea una parte de ello.

Maggie. Maggie no se mantenía fiel a las censuras de sociedad simplemente porque ese era el modo en que ella fue criada. Maggie buscaba su propia fortuna y su propio placer.

Los labios de Margaret insinuaron una sonrisa mientras ella dejaba caer sus manos. Maggie no podría estar con un hombre antes del matrimonio, pero ella seguramente se permitiría este momento de pasión.

– Eres tan hermosa, -gruñó Angus, y la última sílaba se perdió cuando cerró su boca alrededor de la cumbre de su pecho. Él le hizo el amor con sus labios, adorándola de todas las maneras en que un hombre podría mostrar su devoción.

Y entonces, justo cuando Margaret sentía escabullirse sus últimos fragmentos de resistencia, él tomó un estremecido, profundo aliento y, con la obvia renuencia, cerró los pliegues de su abrigo alrededor de ella.

Él mantuvo las solapas unidas durante todo un minuto, respirando con fuerza mientras sus ojos estaban fijos en algún punto en blanco sobre la pared. Su cara lucía casi demacrada, y al ojo inexperto de Margaret, él lucía casi como si sufriera dolor.

– ¿Angus? -preguntó vacilantemente. No estaba segura de lo que se suponía que tenía que preguntarle, por eso se conformó solo con su nombre.

– En un minuto. -Su voz tenía un toque áspero, pero de algún modo Margaret sabía que él no sentía ninguna cólera. Ella se mantuvo en silencio, esperando hasta que él giró su cabeza hacia ella y dijo, -necesito dejar la habitación.

Sus labios se separaron en sorpresa.

– ¿Lo necesita?

Él asintió de manera cortante y se separó con violencia de ella, cruzando la distancia a la puerta en dos movimientos largos. Él agarró el pomo de la puerta, y Margaret vio que los músculos de su antebrazo se flexionaban, pero antes de que abriera la puerta, se giró, sus labios comenzaron a formar palabras… que murieron rápidamente en sus labios.

Margaret siguió su fija mirada hacia ella… Buen Dios, el abrigo se le había abierto cuando él lo había soltado. Ella cerró las solapas, agradecida que la débil luz de la vela ocultara su mortificado rubor.

– Cierre la puerta detrás de mí, -ordenó él.

– Sí, desde luego, -dijo ella, levantándose. -hazlo tú, y luego toma la llave. -Hurgó hacia la mesa con su mano izquierda, agarrando el abrigo con la derecha.

Él sacudió la cabeza.

– Consérvala.

Ella dio unos pasos hacia él.

– Conservarla… ¿Estás loco? ¿Cómo volverás a entrar?

– No voy a hacerlo. Ese es el punto.

La boca de Margaret se abrió y cerró unas cuantas veces antes de que lograra decir, -¿Dónde dormirás?

Él se inclinó hacia ella, su proximidad calentando el aire.

– No dormiré. Ese es el problema.

– Oh. Yo… -Ella no era tan inocente como para no reconocer de qué hablaba, pero ciertamente no era lo bastante experimentada para saber como responder. -Yo…