– ¿Ha comenzado a llover otra vez? -preguntó de manera cortante.
Margaret parpadeó ante el rápido cambio de tema. Ladeó su cabeza, escuchando el apacible repiqueteo de la lluvia contra el tejado.
– Yo… sí, creo que lo ha hecho.
– Bueno. Es mejor tener frío.
Y con eso, salió majestuosamente de la habitación.
Después de un segundo de paralizante sorpresa, Margaret corrió a la puerta y asomó su cabeza al pasillo, justo a tiempo para ver la imponente figura de Angus desaparecer en la esquina. Se colgó del marco de la puerta durante diez segundos, la mitad dentro y la mitad fuera de la habitación, no exactamente segura de por qué se sintió tan completamente aturdida. ¿Era porque él se había marchado tan bruscamente? ¿O era que ella le había dado libertades que nunca había soñado con permitir a cualquier hombre que no fuese su marido?
Si la verdad fuera dicha, ella nunca soñó con que tales libertades existieran.
O tal vez, pensó frenéticamente, tal vez lo que realmente la aturdió fue que estuvo acostada sobre la cama, mirándolo mientras él tenía un arrebato de cólera a través de la habitación, y él había estado tan completamente… bien, delicioso para la vista, tanto que ella no se había dado cuenta de que el abrigo se había abierto y sus pechos estaban a la vista de cualquiera.
O al menos para la de Angus, y la forma en que él la miró…
Margaret se dio una pequeña sacudida y cerró la puerta. Después de un momento, la cerró con llave. No era que ella estuviese preocupada por Angus. Él podría estar del humor de un oso, pero nunca levantaría un dedo contra ella, y, lo más importante, nunca se aprovecharía de ella.
No sabía como sabía eso. Ella simplemente lo sabía.
Pero una nunca sabía que clase de asesinos e idiotas se podría encontrar en una posada de esta zona, sobre todo en Gretna Green, ella se imaginaba haber visto más idiotas de los que le correspondía, fugándose para casarse aquí todo el tiempo.
Margaret suspiró y golpeó ligeramente su pie. Que hacer, que hacer. Su estómago soltó un ruidoso estruendo, y fue entonces que recordó el cranachan sobre la mesa.
¿Por qué no? Olía delicioso.
Se sentó y comió.
Cuando Angus entró tropezando en The Canny Man varias horas más tarde, tenía frío, estaba mojado, y sintiéndose como si debería haber bebido. La lluvia, desde luego, había continuado, así como el viento, y sus dedos se parecían a gruesos carámbanos conectados a las bolas de nieve planas que solían ser sus manos.
Sus pies no se sentían como suyos, y le tomó varios intentos y muchos dedos del pie golpeados antes de que llegase a los escalones finales del último piso de la posada. Se apoyó contra la puerta a su habitación mientras buscaba a tientas la llave, luego recordó que él no había traído una llave, luego giró el pomo de la puerta, luego soltó un irritado gruñido cuando la puerta no se movió.
Jesús, whisky y Robert Bruce, ¿por qué demonios le había dicho que cerrara la puerta? ¿Realmente había estado tan preocupado por su autocontrol? No había ningún modo de que él pudiera violarla en estas condiciones. Sus regiones inferiores estaban tan frías, que él probablemente no podría mostrar una reacción aunque ella abriera la puerta sin una puntada de ropa sobre su cuerpo.
Sus músculos hicieron un patético intento de tensarse. De acuerdo, tal vez si ella estuviera completamente desnuda…
Angus suspiró felizmente, tratando de imaginarlo.
El pomo de la puerta giró. Él todavía suspiraba.
La puerta se abrió de golpe. Él se cayó dentro.
Él alzó la vista. Margaret parpadeaba rápidamente mientras lo observaba.
– ¿Estabas apoyado contra la puerta? -preguntó.
– Aparentemente.
– Me dijiste que la cerrara.
– Er… eres una buena mujer, Margaret Pennypacker, ob… obediente y le… leal. Margaret estrechó sus ojos.
– ¿Estás borracho?
Él sacudió su cabeza, lo que tenía el desafortunado efecto de golpear su pómulo contra el piso.
– Solamente frío.
– Has estado afuera todo este… -Ella se inclinó hacia abajo y tocó su mejilla. – ¡Buen Dios, estás helado!
Él se encogió de hombros.
– Comenzó a llover otra vez.
Ella atascó sus manos bajo sus brazos y trató de ponerlo de pie.
– Levántese. Tenemos que sacarle esta ropa.
Su cabeza se apoyó a un lado mientras él le lanzó una desarmante sonrisa ladeada.
– En otro tiempo, con otra temperatura, yo estaría encantado con esas palabras.
Margaret tiró en él otra vez y gimió. Ella no había logrado moverlo una pulgada.
– Angus, por favor. Debes hacer un esfuerzo para pararte. Debes ser el doble de mi peso.
Sus ojos vagaron arriba y abajo de su constitución.
– ¿Cuánto pesas, 44 kilos?
– Apenas, -se mofó ella. -¿Luzco tan insustancial? Ahora, por favor, si solamente pudieras ponerte de pie, podría llevarte a la cama.
Él suspiró.
– Otra de esas oraciones que me gustaría muchísimo malinterpretar.
– ¡Angus!
Él se tambaleó en una posición derecha, con la no insignificante ayuda de Margaret.
– ¿Por qué es, -él reflexionó, -que disfruto ser regañado por vos?
– Probablemente, -ella replicó, -porque disfrutas fastidiándome.
Él se rascó la barbilla, que ahora estaba bastante oscurecida por el crecimiento de un día de barba.
– Pienso que podrías tener razón.
Margaret no le hizo caso, tratando en cambio de concentrarse en la tarea que tenía. Si ella lo pusiera en la cama como estaba, él empaparía las sábanas en cuestión de minutos.
– Angus, -dijo ella, -necesitas ponerte ropa seca. Esperaré fuera mientras tu…
Él sacudió su cabeza.
– No tengo más ropa seca.
– ¿Qué le pasó?
– Tú la -él pinchó su hombro con el índice -llevas puesta.
Margaret pronunció una palabra muy poco elegante.
– Sabes, tienes razón, -dijo él, sonando como si acabase de hacer un descubrimiento muy importante. -Realmente disfruto fastidiándote.
– ¡Angus!
– Oh, muy bien. Seré serio. -Él hizo un gran espectáculo forzando sus rasgos en un ceño. -¿Qué es lo que necesitas?
– Necesito que te saques la ropa y te metas en la cama.
Su rostro se iluminó.
– ¿Ahora mismo?
– Desde luego que no, -dijo ella bruscamente. -Me iré de la habitación durante un momento, y cuando vuelva, espero verlo en aquella cama, con las mantas hasta la barbilla.
– ¿Dónde dormirás tu?
– No lo voy a hacer. Voy a secar tu ropa.
Él torció su cuello hacia uno y otro lado.
– ¿En que chimenea?
– Iré abajo.
Él se enderezó hasta el punto en que Margaret no tenía que sostenerlo.
– No bajarás allí por tu cuenta en mitad de la noche.
– No puedo secar muy bien tu ropa encima de una vela.
– Iré contigo.
– Angus, estarás desnudo.
Lo que sea que él había estado a punto de decir, y Margaret estaba segura, por el indignado empuje de su barbilla y el hecho de que él tenía la boca abierta y lista para contradecirla, que él había estado a punto de decir algo, fue abandonado a favor de una sarta ruidosa y sumamente creativa de maldiciones.
Finalmente, después de decir cada palabra profana que ella alguna vez había oído, y bastantes más que eran nuevas para ella, él gruñó, -Espere aquí, -y salió dando un portazo de la habitación.
Tres minutos después, él reapareció. Margaret observó con asombro como él pateó la puerta para abrirla y vertió aproximadamente tres docenas de velas en el suelo. Una, notó ella, todavía estaba humeando.
Ella se aclaró la garganta, esperando a que su seño se ablandara antes de decir algo. Después de unos minutos, se hizo evidente que su humor gruñón no iba a cambiar en un futuro cercano, entonces preguntó, -¿Dónde conseguiste todas estas?