Margaret sacudió su cabeza y suspiró mientras abría la ventana para que entrara aire fresco. Ahí estaba ella, en Escocia -con, como resultó, ninguna razón para estar en Escocia- no tenía dinero, su ropa estaba manchada más allá del rescate, y su reputación probablemente estaría hecha pedazos para el momento en que regresara a casa.
Pero al menos era un día perfecto.
El pueblo ya se estaba despertando. Margaret observó a una joven familia cruzar la calle y entrar en un pequeño negocio, luego desplazó su fija mirada a una pareja que claramente acababa de fugarse para casarse. Entonces se tomó el trabajo de contar a todas las jóvenes parejas que iban desde la calle a las posadas y de nuevo a la calle.
Ella no sabía si reír o fruncir el ceño. Todas estas escapadas no podían ser algo bueno, y aún así alguna esquina romántica de su alma había sido estimulada la noche pasada. Tal vez algunas de estas nuevas novias y novios no eran los completos idiotas que ella había pensado la noche anterior. No era completamente irracional suponer que algunos de ellos realmente tenían buenas razones para escapar a Escocia para casarse.
Con un suspiro sentimental, ella se inclinó un poco hacia fuera de la ventana y comenzó a inventar historias para todas las parejas. Aquella señorita tenía un padre autoritario, y este hombre joven quiso unirse en matrimonio con su verdadero amor antes de unirse al ejército.
Estaba tratando de decidir que señorita tenía la malvada madrastra, cuando un grito ensordecedor sacudió el edificio. Margaret miró abajo justo a tiempo para ver a Angus moverse deprisa a la calle.
– ¡Aaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnne!
Margaret jadeó. ¡Su hermana!
Bastante segura, una alta señorita de cabellos negros estaba de pie del otro lado de la calle, mirando sumamente asustada mientras trataba de ocultarse detrás de un carruaje obviamente bien mantenido.
– Jesús, whisky y Robert Bruce, -susurró Margaret. Si no bajaba pronto, Angus iba a matar a su hermana. O al menos asustarla con su demencia temporal.
Recogiendo sus faldas bien arriba de los tobillos, Margaret salió corriendo de la habitación.
Angus se había estado sintiendo razonablemente alegre, silbando para él mismo mientras se había propuesto encontrar el perfecto desayuno escocés para llevárselo a Margaret. Gachas de avena, por supuesto, y un verdadero bollo escocés eran necesarios, pero Angus quería darle una probada del delicioso pescado ahumado de su país también.
George le había dicho que tenía que ir a través de la calle al pescadero para conseguir algún salmón salvaje, y entonces le había dicho al posadero que volvería en unos minutos por las gachas de avena y los bollos, y había empujado la puerta de calle.
No había dado ni un paso hacia la calle cuando lo divisó. Su carruaje apostado al otro lado de la calle con dos de sus mejores caballos amarrados.
Lo que significaba solo una cosa.
– ¡Aaaaaaaaaaaaannnnnnnnnnnnne!
La cabeza de su hermana asomó por un lado del carro. Sus labios se separaron con horror, y él vio su nombre en su boca.
– ¡Anne Greene, -rugió -no des un solo paso más!
Ella se congeló. Él avanzó a través de la calle.
– ¡Angus Greene! -vino el grito detrás de él. -No des un paso más.
¿Margaret?
Anne se estiró un poco más lejos del carro, el terror en sus ojos dio paso a la curiosidad.
Angus se giró. Margaret estaba corriendo hacia él con toda la gracia y la delicadeza de un buey. Ella estaba, como siempre, completamente enfocada en un solo objetivo. Desafortunadamente, esta vez el objetivo era él.
– Angus, -dijo en ese tono normal de ella que casi lo hizo pensar que ella sabía de qué hablaba, -no quieres hacer nada precipitado.
– No estaba planeando hacer nada precipitado, -dijo, con lo que estimó santa paciencia. -Solo estaba a punto de estrangularla.
Anne jadeó.
– No lo dice en serio, -se apresuró a añadir Margaret. -Él ha estado muy preocupado por usted.
– ¿Quién eres? -preguntó Anne.
– ¡Lo digo en serio! -gritó Angus. Pinchó con el dedo a su hermana. -Tú señorita, estás en grandes problemas.
– Ella tenía que crecer en algún momento, -dijo Margaret. -Recuerda lo que me dijiste sobre Edward anoche.
Anne se volvió hacia su hermano.
– ¿Quién es ella?
– Edward estaba escapando para unirse a la Marina, -gruñó Angus, -no siguiendo un estúpido sueño a Londres.
– Oh, y supongo que Londres es peor que la Marina, -se burló Margaret. -Por lo menos ella no va a tener un tiro en su brazo por algún francotirador portugués. Además, una temporada en Londres no es un estúpido sueño. No para una muchacha de su edad.
La cara de Anne se iluminó.
– Mírala, -protestó Angus, agitando su brazo hacia su hermana mientras miraba fijamente a Margaret. -Mira lo hermosa que es. Cada uno de los libertinos de Londres irá tras ella. Voy a tener que rechazarlos con un palo.
Margaret se giró hacia la hermana de Angus. Anne era bastante bonita, con el mismo grueso y negro cabello y ojos oscuros que su hermano poseía. Pero ella no era la idea que alguien tendría de una belleza clásica. De nadie menos Angus.
El corazón de Margaret se hinchó. Ella no se había dado cuenta hasta ese momento de cuanto amaba Angus a su hermana. Puso una mano en su brazo.
– Tal vez sea tiempo de dejarla crecer, -dijo suavemente. -¿No dijiste que tenías una tía abuela en Londres? Ella no estará sola.
– Tía Gertrude ya ha escrito que yo podría quedarme con ella, -dijo Anne. -Dijo que le gustaría la compañía. Pienso que debe sentirse sola.
La barbilla de Angus sobresalió hacia adelante como un toro enfadado.
– No trates de hacer esto sobre la tía Gertrude. Tu quieres ir a Londres porque quieres ir a Londres, no porque estés preocupada por la tía Gertrude.
– Por supuesto que quiero ir a Londres. Nunca dije lo contrario. Yo simplemente trataba de indicar que mi ida beneficiaba a dos personas, no solo una.
Angus le frunció el ceño, y ella se lo devolvió, y Margaret contuvo el aliento ante lo parecidos que los dos hermanos lucían en ese momento. Desafortunadamente, también se veían como si se fueran a agarrar a golpes en cualquier momento, entonces ella hábilmente dio un paso entre ellos, alzó la vista (Anne era unas buenas seis pulgadas más alta que ella y Angus la superaba por más de un pie), y dijo, -Es muy dulce de tu parte Anne. ¿Angus, no crees que Anne tiene un buen punto?
– ¿De qué lado estas? -gruñó Angus.
– No estoy del lado de nadie. Solo trato de ser razonable. -Margaret lo tiró del antebrazo, llamándolo aparte, y le dijo en voz baja, -Angus, esta es la misma situación por la cual me aconsejabas anoche.
– De ninguna manera es lo mismo.
– ¿Y por que no?
– Tu hermano es un hombre. Mi hermana es solamente una joven.
Margaret lo miró con el ceño fruncido.
– ¿Y eso que se supone que quiere decir? ¿Yo soy “solamente una joven” también?
– Por supuesto que no. Tú eres… tú eres…-Él hurgó el aire en busca de las palabras, y su cara se puso más bien inquieta. -Tú eres Margaret.
– ¿Por qué -habló arrastrando las palabras, -eso suena como un insulto?
– Desde luego que no es un insulto, -dijo bruscamente. -Solamente te hacía un cumplido hacia tu inteligencia. Tu no eres igual que otras féminas. Tú eres… eres…
– Entonces pienso que usted solamente insultó a su hermana.
– Sí, -saltó Anne, -me has insultado.
Angus dio vueltas alrededor.
– No escuches disimuladamente.
– Oh, por favor, -se burló Anne, -estás hablando tan fuerte como para ser escuchado en Glasgow.
– Angus, -dijo Margaret, bruzando los brazos, -¿crees que tu hermana es una joven mujer inteligente?