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Él lanzó una prenda en su dirección.

– Puede llevar mi prenda de recambio.

– ¿Pero entonces qué usará usted?

– Estaré bien con una camisa.

Impulsivamente, ella extendió la mano y tocó su antebrazo, que estaba expuesto por la manga enrollada.

– Usted se está congelando. ¿Su otra camisa está hecha de lino? No será lo bastante gruesa. -Cuando él no contestó, ella añadió firmemente, -Usted no puede darme su abrigo. No lo aceptaré.

Angus echó una mirada a su diminuta mano en su brazo y comenzó a imaginarla viajando hasta su hombro, luego a través de su pecho…

Él no sentía frío.

– ¿Sir Greene? -preguntó suavemente. -¿Está usted bien?

Él arrancó la mirada de su mano y luego cometió el error colosal de mirarla a los ojos. Esos orbes verdes herbosos que, en el curso de la tarde, lo habían mirado con miedo, irritación, vergüenza y, recientemente, con inocente deseo, estaban ahora rebosantes de preocupación y compasión.

Y lo desarmaba completamente.

Angus se sintió llenarse de un histórico terror masculino, como si de algún modo su cuerpo conociese lo que su mente se rechazaba a considerar, que ella podría ser La Única, que de algún modo, no importase con cuanta fuerza él luchase, lo fastidiaría para toda la eternidad.

Y peor, que si ella alguna vez ella decidiera dejar de fastidiarlo, él debería rastrearla y encadenarla a su lado hasta que empezara otra vez.

Jesús, whisky y Robert Bruce, era un destino aterrador.

Él le arrancó su camisa, furioso por su reacción hacia ella. Esto había comenzado de solamente con una mano en su brazo, y la siguiente cosa que él sabía, era que había visto su vida entera estirándose delante de él.

Él terminó de vestirse y salió por al puerta dando fuertes pisadas.

– Esperaré en el pasillo hasta que usted esté lista, -dijo.

Ella lo miraba fijamente, su cuerpo temblaba con diminutos escalofríos.

– Y sáquese toda esa condenada ropa mojada, -ordenó él.

– Sencillamente no puedo llevar su abrigo sin nada debajo, -protestó ella.

– Usted puede y lo hará. No seré responsable de que coja una fiebre pulmonar.

Él vio la enderezar los hombros y sus ojos llenarse de acero.

– Usted no puede darme órdenes, -replicó ella.

Él levantó una ceja.

– Puede sacarse usted su camisa mojada, o yo lo haré por usted. Es su decisión.

Ella dijo algo en voz baja. Angus no oyó bien todas las palabras, pero las que escuchó no eran terriblemente elegantes.

Él rió.

– Alguien debería regañarle por su lengua.

– Alguien debería regañarle por su arrogancia.

– Usted ha estado intentándolo toda la noche, -indicó él.

Ella hizo un sonido ininteligible, y Angus apenas logró desaparecer por la puerta antes de que ella le lanzara otro zapato.

Cuando Margaret asomó su cabeza por la puerta del dormitorio, Angus no estaba por ningún lado. Esto la sorprendió. Ella conocía al enorme escocés de unas pocas horas, pero estaba segura de que él no era del tipo que abandonaba a una dama de buena crianza para que se arregle por cuenta propia en una posada pública.

Cerró silenciosamente la puerta detrás de ella, no queriendo llamar la atención sobre si misma, y fue de puntillas pasillo abajo. Probablemente estaría segura de atenciones no deseadas aquí en The Canny Man -Angus había proclamado en voz alta que era su esposa, después de todo, y sólo un idiota provocaría a un hombre de su tamaño. Pero las pruebas del día la habían dejado cautelosa.

En retrospectiva, probablemente había sido un esfuerzo absurdo hacer un viaje tan largo y difícil a Gretna Green sola, ¿pero qué otra opción tenía? No podía dejar a Edward casarse con una de aquellas horribles muchachas a las que él había estado haciendo la corte.

Alcanzó el hueco de la escalera y miró detenidamente abajo.

– ¿Hambrienta?

Margaret pegó un brinco y soltó un corto y notablemente ruidoso grito.

Angus sonrió burlonamente.

– No tenía intención de asustarla.

– Sí, quería.

– Muy bien, -admitió. -Quería. Pero usted seguramente tuvo su venganza sobre mis oídos.

– Se lo merece, -refunfuñó ella. -Ocultándose en el hueco de la escalera.

– En realidad, -dijo, ofreciéndole su brazo, -yo no había tenido la intención de ocultarme. Yo nunca habría abandonado el pasillo, pero pensé que había oído la voz de mi hermana.

– ¿Lo hizo? ¿La encontró? ¿Era ella?

Angus levantó una espesa ceja negra.

– Usted parece más bien excitada por la perspectiva de encontrar a alguien que no conoce.

– Lo conozco a usted, -indicó ella, esquivando una lámpara mientras se movían por el cuarto principal de The Canny Man, -y por mucho que usted me fastidie, me gustaría verle localizar a su hermana.

Sus labios se extendieron en una sonrisa burlona.

– Por qué, señorita Pennypacker, pienso que usted podría acabar de admitir que le gusto.

– Dije, -dijo ella de forma significativa, -que usted me fastidia.

– Bien, desde luego. Lo hago a propósito.

Esto lo ganó una mirada feroz.

Él se inclinó adelante y tiró de su barbilla.

– Fastidiarla a usted es la mayor diversión que he tenido en años.

– No es divertido para mí, -refunfuñó ella.

– Desde luego que lo es, -dijo él jovialmente, conduciéndola en el pequeño comedor. -Apostaría que soy la única persona que conoce que se atreve a contradecirla.

– Usted me hace sonar como una arpía.

Él sacó una silla para ella.

– ¿Estoy en lo cierto?

– Sí, -masculló-pero no soy una arpía.

– Desde luego que no. -Él se sentó transversalmente de ella. -Pero usted está acostumbrada a salirse con la suya.

– Igual usted, -replicó ella.

– Touché.

– De hecho, -ella dijo, apoyándose hacia adelante con un destello de sabiduría en sus ojos verdes, -es por eso que la desobediencia de su hermana es tan irritante. Usted no puede soportar que ella se haya ido en contra de sus deseos.

Angus se retorció en su silla. Era todo diversión y satisfacción cuando él analizaba la personalidad de Margaret, pero esto era inaceptable.

– Anne ha estado yendo en contra de mis deseos desde el día en que nació.

– No dije que ella fuera dócil y apacible e hiciera todo que usted dijera…

– Jesús, whisky y Robert Bruce, -dijo él bajo su aliento, -si eso fuera verdad…

Ella no hizo caso de su extraña interjección.

– ¿Pero Angus -le dijo animadamente, usando sus manos para puntuar sus palabras, -ella alguna vez le ha desobedecido antes a gran escala? ¿Ha hecho algo que interrumpió completamente su vida?

Durante un segundo, él no se movió; entonces sacudió su cabeza.

– ¿Lo ve? -Margaret sonrió, luciendo terriblemente complacida consigo misma. -Es por eso que usted está tan nervioso.

Su expresión cambió de cómica a arrogante.

– Los hombres no somos nerviosos.

Ella arqueó una ceja.

– Disculpe, pero estoy mirando a un hombre nervioso mientras hablamos.

Se miraron fijamente el uno al otro a través de la mesa durante varios segundos, hasta que Angus finalmente dijo, -Si levanta sus cejas un poco más arriba, van a confundirse con el nacimiento de su cabello.

Margaret trató de responder con clase -él podía verlo en sus ojos- pero su humor pudo con ella, y se echó a reír.

Margaret Pennypacker consumida por la risa era algo digno de contemplar, y Angus nunca se había sentido tan absolutamente contento de recostarse y mirar a otra persona. Su boca formó una encantadora sonrisa boquiabierta, y sus ojos brillaron con pura alegría. Su cuerpo entero tembló, y ella se jadeó por aire, finalmente dejando caer su frente en una mano de apoyo.