Se preguntaba a veces: -¿Cuándo fui más feliz?
Conocía la respuesta: cuando su adorado padre se fue y ella se sintió responsable; ahora ella era responsable. Pasó su infancia perseguida por una brillante luz amarilla que observaba, viajando lentamente de piso en piso, en una mansión recientemente construida, pero ya en decadencia, en la Calle Dieciséis. Se escondió detrás de unos perseverantes arbustos estivales en una colina que descendía abruptamente de una cancha de tenis abandonada a un césped de magnolias muertas, y miró fijamente la luz que iba y venía muy lentamente, derritiendo lo que debió ser el suave interior, la entraña de mantequilla de una fachada de piedra elaborada, cortada y ensamblada fantasiosamente para parecerse a una mansión del Segundo Imperio, pomposa y lienta.
¿Quién conducía esa lámpara? ¿Por qué sentía que la luz fa llamaba a ella? ¿Quién vivía allí? Nunca vio un rostro.
Ahora miró fijamente la luz en el centro de la mesa favorita de su madre, una mesa con tapa de mármol que su padre usaba para el papeleo nocturno de las cuentas y que la familia empleaba también para comer y que ahora su madre sólo dedicaba a este último menester. Miró la luz doméstica y adivinó que había invertido toda la imaginación temblorosa y todo el deseo apasionado de la luz recordada en esa húmeda mansión del verano, en este simple artefacto casero, esta necesidad, esta lámpara de gas con pantallas verdes.
Alargó la mano y tomó la de su madre para anunciarle que ya se iba. Su madre lo sabía ya. Hasta había abierto la carta de los señores Miranda, sin pedirle permiso primero o excusas ahora.
Miss Harriet Winslow, 2400 Fourteenth Street…
– Una señorita cultivada, pero terca y fantasiosa…
No importaba; ella tampoco escuchaba más a su madre.
No se daba cuenta, pero la promesa de felicidad y juventud de la hija sólo era evidente en la cara de la pobre madre. La luz obraba esta transferencia, este regalo de la hija. Una luz. Quizás la misma que ella había perseguido como un espectro en la mansión decadente: esa misma luz habría llegado hasta aquí, a su pequeño apartamento, a cumplir el deseo de la señorita Winslow: que mi madre refleje la brillante luz de mi infancia, que la hija deje de reflejar la sombra entristecida de la madre.
Soñó: la luz se detuvo al pie de la escalera de servicio, junto al sótano que era el último y más sombrío laberinto del cascarón inservible, de la fachada amedrentada y efímera del lujo y del deber washingtonianos, la blancura de panteón de la ciudad, sus pozos negros, y el olor se volvió más fuerte; ella reconoció primero la mitad de ese olor, el olor de colchones viejos y alfombras mojadas; en seguida también la otra mitad, el olor de la pareja acostada allí, el olor agridulce del amor y de la sangre, las axilas húmedas y los temblores púbicos mientras su padre poseía a la negra solitaria que vivía allí, quizás al servicio de unos amos ausentes, quizás ella misma la señora repudiada de esta casa.
– Capitán Winslow, estoy muy sola y usted puede tomarme cuando guste.
El señor Delaney, que fue su novio durante ocho años, olía a lavandería cuando le robaba un beso, mientras se paseaban en las noches de verano, y más tarde, cuando todo concluyó, ella lo vio viejo y usado sin su cuello Arrow almidonado, y él le dijo: Bueno, qué pueden ser las mujeres sino putas o vírgenes.
– ¿No te alegras de que te haya escogido como mi chica ideal, Harriet?
VIII
Al amanecer, el general Arroyo le dijo al gringo viejo que iban a salir a limpiar el terreno de lo que quedaba de la resistencia federal en la región. Grupos del viejo ejército trataban de hacerse fuertes en las cuestas de la Sierra Madre con la esperanza de tirarles emboscadamente y de inmovilizarlos largo tiempo por aquí, cuando el grueso de la Divi sión ya anda muy al sur, ya tomó las ciudades de la Laguna y nosotros tenemos que seguir adelante, al encuentro de Villa, dijo con tono opaco y terco el general, pero antes tenemos que limpiar el terreno aquí…
Entonces ¿aún no iban a unirse a Villa?, dijo con inquietud el viejo. No, contestó Arroyo, todos vamos a juntarnos a donde decida el general Villa para luego caer juntos sobre Zacatecas y México. Ese es el premio de esta campaña. Tenemos que llegar allí antes que la gente de Obregón y Carranza. Pancho Villa dice que esto es importante para la revolución. Nosotros somos gente del pueblo; los otros son perfumados. Villa cabalga hacia adelante; nosotros limpiamos la retaguardia para que no nos sorprendan por detrás, dijo Arroyo, ahora sonriendo.
– Somos lo que se llama una brigada flotante. No es la posición más gloriosa…
El viejo no vio motivo para sonreír. El tiempo había llegado y Pancho Villa andaba lejos. Dijo que estaría listo en cinco minutos y fue al final del carro de ferrocarril, donde la mujer con cara de luna dormía sobre el piso. Le había dejado la cama a la señorita Winslow. La mexicana despertó al entrar el viejo. El le pidió silencio con un gesto. La mujer no se alarmó; cerró de vuelta los ojos. El viejo se quedó mirando un rato el rostro durmiente de la hermosa mujer, le acarició la cabellera castaña y luminosa, le tapó con el sarape el seno descubierto, pequeño y redondo y suavemente le rozó la mejilla cálida con los labios. Quizás la mujer con la cara de luna entendía la ternura (deseó el gringo viejo).
El sueño es nuestro mito personal, se dijo el gringo viejo cuando besó a Harriet dormida y pidió que ese sueño se prolongara más que la guerra, venciera a la propia guerra para que al regresar de ella, vivo o muerto, ella lo recibiera en este sueño ininterrumpido que él, a fuerza de desear y de inducir con el deseo, llegó a ver y comprender en los escasos minutos que dura un sueño que, más tarde, la memoria o el olvido restaurarán como un argumento largo, poblado de detalles, de arquitecturas y de incidentes. Quería invitarla, quizás, a su propio sueño; pero éste era un sueño de la muerte que no podía compartir con nadie: en cambio, mientras vivieran ambos, por más separados que estuviesen, podían penetrar sus sueños respectivos, compartirlos; hizo un esfuerzo gigantesco, como si éste pudiese ser el último acto de su vida, y en un instante soñó con los ojos abiertos y los labios apretados el sueño entero de Harriet, todo, el padre ausente, la madre prisionera de las sombras, el paso de la luz estable sobre una mesa a la luz fugitiva dentro de una casa abandonada.
– Estoy muy sola.
– Puede usted tomarme cuando guste.
– ¿…te viste en el espejo…?
– ¿Viste cómo se miraron ayer en los espejos? -dijo Arroyo cuando se subió a su caballo negro, junto al gringo montado en su yegua blanca. El viejo lo miró bajo sus cejas blancas. El viejo Stetson arrugado no bastaba para ocultar su mirada azul hielo. Asintió.
– Nunca se habían visto en un espejo de cuerpo entero. No sabían que sus cuerpos eran algo más que un pedazo de su imaginación o un reflejo roto en un río. Ahora ya saben.