En cierto modo, el objetivo representaba incluso a su madre y a Alicia. Si Alicia no se hubiera escapado de casa aquella noche… Y si su madre no hubiera perdido el control…
Había apuntado mejor. Había sostenido la pistola con firmeza y había disparado hasta vaciar el cargador. Luego había vuelto a llenarlo y había repetido la acción una y otra vez hasta que empezaron a dolerle los brazos.
– Sacaré las bolsas con tus compras del maletero -se ofreció él cuando el silencio resultó excesivo-. Si quieres, puedes colgar la ropa en mi armario.
No había comprado muchas cosas, solo unas cuantas blusas y algunos pantalones. Aun así, le pareció que el hecho de colgar las prendas en su armario denotaba mucha intimidad. Demasiada, para lo mal que se sentía ella por dentro. Pero se le veía expectante, así que Alex asintió.
– De acuerdo.
Daniel abrió el maletero y ella esperaba que volviera a cerrarlo enseguida, pero no lo hizo. Pasaron treinta segundos que acabaron convirtiéndose en un minuto. Al final Alex salió del coche, y exhaló un suspiro. Amparado por la sombra que proyectaba la puerta del maletero del coche se encontraba Frank Loomis, y Daniel y él se habían enzarzado en una queda discusión.
– Daniel -lo llamó ella y él la miró por encima del coche.
– Entra en casa -le ordenó-. Por favor.
Demasiado adormecida y cansada para oponer resistencia, hizo lo que él le pedía y contempló a los dos hombres discutir desde el porche de entrada a la casa. Al final Daniel cerró el maletero con tanta fuerza como para despertar a todo el vecindario y Frank Loomis regresó con paso airado a donde había aparcado el coche y se alejó.
Daniel, cuyos hombros subían y bajaban al ritmo de su agitada respiración, se dio media vuelta y enfiló el camino con expresión sombría. Con movimientos bruscos, abrió la puerta y desconectó la alarma. Alex lo observó y recordó cómo la noche anterior se habían dejado caer juntos contra esa misma puerta.
Pero Daniel se limitó a cerrarla con llave, conectar la alarma de nuevo y empezar a subir la escalera sin siquiera volverse a comprobar si ella lo seguía. Su lenguaje corporal le indicaba que así debía hacerlo, y así lo hizo. Cuando entró en el dormitorio él ya había depositado las bolsas con las compras encima de la cama y se encontraba de pie ante la cómoda, quitándose la corbata.
– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó ella en tono quedo.
Él se despojó del abrigo y de la camisa, y arrojó las prendas sobre la silla del rincón antes de volverse a mirarla con el pecho desnudo y los brazos en jarras.
– La fiscalía del estado está investigando a Frank.
– Tal como debe ser -repuso ella, y él asintió.
– Gracias. -Su pecho se llenó de aire y se vació-. Está enfadado conmigo. Me echa la culpa.
– Lo siento.
– A mí eso no me importa. -Pero era evidente que sí que le importaba-. Lo que me molesta es que se valga de nuestra amistad para pedirme que convenza a la fiscal. Amistad. Ja. Es la mayor gilipollez que he oído en muchos años.
– Lo siento -repitió ella.
– Deja de decir eso -le espetó-. Deja de darme las gracias y de decir siempre que lo sientes. Hablas igual que Susannah.
Su hermana, quien, según él, también era víctima del sufrimiento.
– ¿Has hablado con ella?
– Sí. -Apartó la mirada-. He hablado con ella. Por fin, joder.
– ¿Qué te ha dicho?
Él, como movido por un resorte, levantó la cabeza y le clavó los ojos.
– «Lo siento, Daniel. Adiós, Daniel.» -Tenía la mirada encendida a causa del dolor, un dolor tan intenso que Alex sintió que incluso a ella le atenazaba el pecho-. «Tú te fuiste, Daniel» -añadió en tono gruñón, y volvió a bajar la cabeza mientras sus hombros se hundían-. Lo siento. Eres la última persona a quien debería levantar la voz.
Ella se sentó en el borde de la cama; se sentía demasiado cansada para permanecer de pie.
– ¿Por qué soy la última persona?
– Porque mire hacia donde mire, todo cuanto veo son mentiras y traición. La única persona que está limpia eres tú.
Ella era de otra opinión, pero no pensaba entablar una discusión al respecto.
– ¿A quién has traicionado tú?
– A mi hermana. La dejé en aquella casa, en la casa donde nos criamos. La dejé con Simon.
Por fin ella lo comprendió, y con la compasión y la ternura la invadió una gran pena por Daniel y por su hermana.
– No todas las víctimas de Simon fueron a la escuela pública, ¿verdad? -preguntó, recordando lo tenso que se puso ante las palabras de Talia durante la reunión de la tarde.
Él volvió a levantar la cabeza de golpe, abrió la boca y la cerró enseguida.
– No -dijo al fin.
– No fuiste tú quien lo hizo, Daniel. Fue Simon. No fue culpa tuya, como tampoco fue culpa mía que mi madre decidiera enfrentarse a Craig. Pero nosotros creemos que sí, y no nos resultará fácil superarlo. -Él entornó los ojos y ella se encogió de hombros-. Tantos disparos a ese hombre de papel proporcionan cierta claridad de ideas. Yo entonces solo tenía dieciséis años, pero mi madre era una persona adulta, y, para empezar, llevaba demasiado tiempo aguantando a Craig Crighton. Lo que yo le conté la puso al borde del abismo y aunque, como resulta evidente, no fue culpa mía, durante trece años me he estado diciendo que sí que lo fue.
– Yo no tenía dieciséis años.
– Daniel, ¿acaso sabías que Simon estaba implicado en las violaciones de todas esas chicas?
De nuevo él dejó caer la cabeza.
– No. Mientras estaba vivo no supe nada. Me enteré después de que muriera.
– ¿Lo ves? No descubriste las fotos hasta que él murió, hace menos de dos semanas.
Daniel negó con la cabeza.
– No, fue después de la primera vez que murió.
Alex frunció el entrecejo.
– No te entiendo.
– Hace once años que mi madre encontró las fotos. Entonces pensábamos que Simon llevaba un año muerto.
Alex abrió los ojos como platos. «¿Once años?»
– Pero Simon no estaba muerto; solo se había marchado de casa.
– Cierto. La cuestión es que entonces yo encontré las fotos y quise contárselo a la policía, pero mi padre las quemó en la chimenea. No quería que se hablara mal de nosotros, no era conveniente para su carrera.
Alex empezaba a verlo claro.
– ¿Cómo es que encontraste las fotos en Filadelfia si tu padre las había quemado?
– Debió de hacer copias; mi padre era un hombre muy previsor. La cuestión es que yo no hice nada al respecto, no dije nada a nadie. Y Simon siguió actuando a sus anchas durante años.
– ¿Y qué habrías dicho, Daniel? -preguntó ella con suavidad-. «Mi padre ha quemado unas fotos y no tengo pruebas.»
– Llevaba años sospechando que no era trigo limpio.
– Pero era previsor. No podrías haber demostrado nada.
– Y sigo sin poder demostrar nada -saltó-. Porque la gentuza como Frank Loomis sabe guardarse muy bien las espaldas.
– ¿Qué le has dicho antes?
– Le he preguntado dónde había estado metido toda la semana, por qué no había respondido a mis llamadas.
– Y ¿dónde ha estado?
– Dice que se ha dedicado a buscar a Bailey.
Alex pestañeó.
– ¿De verdad? ¿Por dónde?
– No me lo ha contado. Dice que da igual, que no la ha encontrado en ninguno de los sitios donde ha estado. Yo le he dicho que si quiere hacer las cosas bien hechas, se una a nosotros en lugar de andar por ahí solo buscándola de cualquier manera. Que si de verdad quiere demostrar su valía, debe arreglar lo que estropeó hace trece años; debe limpiar el historial de Fulmore y explicar a quién quiso proteger. Él ha negado haber protegido a nadie, cómo no, pero es de la única forma que puedo explicarme lo que hizo. Frank hizo que condenaran por asesinato a un hombre inocente. Todo el proceso fue una pantomima para encubrir a alguien.