– Anoche entraron en su piso. El portero se ha dado cuenta esta mañana de que la puerta estaba abierta cuando ha subido a entregarle el correo.
– No. Ayer llamé a mi amiga y le pedí que fuera a buscar el correo. Debió de olvidarse de cerrar la puerta.
– Le han revuelto el piso de arriba abajo, señorita Fallon. Han rajado las almohadas y los colchones, y todo lo que guardaba en la despensa está esparcido por el suelo, y…
A Alex se le había desbocado el corazón al oír que habían revuelto el piso de arriba abajo.
– Y me han rajado las prendas.
Hubo Un silencio de vacilación.
– ¿Cómo lo sabe?
«No te fíes de nadie», había dicho Wade en la carta que escribió a Bailey.
– Agente, ¿puede darme el número de su placa y un número de teléfono donde llamarlo cuando haya comprobado la información?
– No hay problema.
Él le proporcionó la información y ella prometió llamarlo más tarde.
– Leigh, ¿podrías comprobar los datos de este agente? Dice que me han revuelto el piso.
– Santo Dios. -Leigh, con los ojos como platos, anotó la información-. Lo haré ahora mismo.
– Gracias. Tengo que hacer unas cuantas llamadas antes de telefonearlo a él.
Alex llamó al hospital y se alegró de que respondiera Letta. La advirtió de que tuviera cuidado y luego le pidió que se lo dijera a Richard, que estaba trabajando en su mismo turno.
Leigh acababa de colgar el teléfono.
– El policía de Cincinnati es legal, Alex.
– Bien. -Llamó a Morse-. Gracias por esperar.
– Ha sido muy prudente por su parte comprobar los datos. ¿Sabe quién puede haber entrado en su piso?
– Sí, me lo imagino. Probablemente son los mismos que entraron en la casa que había alquilado aquí. ¿Puedo pedirle que hable con el agente Vartanian? Él sabrá qué información tiene que darle.
– Lo llamaré. ¿Sabe qué buscaban?
– Sí, porque yo lo encontré primero; estaba en casa de mi ex marido. Si quien ha hecho esto llega a enterarse, la próxima vez irá allí.
– Déme su dirección. Enviaremos a alguien para asegurarnos de que todo va bien.
– Gracias -respondió Alex, sorprendida y emocionada.
– Hemos visto las noticias, señorita Fallon. Parece que el agente Vartanian está bien liado.
Alex exhaló un suspiro.
– Es cierto.
Dutton, viernes, 2 de febrero, 12.30 horas.
Daniel bajó la vista al pesado volumen de poesía que sostenía en las manos. En el camino de regreso de la oficina del sheriff de Arcadia había entrado en una librería. Chloe Hathaway seguía trabajando para conseguir la orden de registro, así que le sobraba un poco de tiempo. Había aparcado el coche junto a la acera opuesta al banco que quedaba justo frente a la barbería de Dutton. Quería hablar con su antiguo profesor de literatura, el señor Grant, que se encontraba sentado en el banco de la barbería observándolo todo con su vista de lince.
Daniel se apeó del coche.
– Señor Grant -lo llamó.
– Daniel Vartanian -le correspondió Grant, y los otros hombres levantaron la vista.
Daniel hizo señas a Grant para que se le acercara y esperó a que recorriera con lentitud el camino hasta su coche.
– Tengo una cosa para usted -dijo cuando Grant lo alcanzó, y le tendió la antología poética-. He estado pensando en su clase de lengua y literatura -dijo en tono normal, y después musitó-: Tengo que hablar con usted, pero necesito discreción.
Grant acarició el libro con gesto reverente.
– Es un libro precioso -dijo, y luego susurró-: Te he estado esperando. ¿Qué quieres saber?
Daniel pestañeó.
– ¿Qué sabe usted?
– Probablemente más cosas de las que hacen falta para llenar un libro como este, pero la mayoría no son pertinentes. Pregunta tú; si puedo responderte, lo haré. -Abrió el libro y lo hojeó hasta dar con el poema de John Donne que había sido el favorito de Daniel-. Adelante, te escucho.
– Necesito saber cosas sobre Mack O'Brien.
– Una mente rápida, pero un temperamento demasiado irritable.
– ¿Quién lo irritaba?
– Casi todo el mundo, sobre todo después de que su familia lo perdiera todo. Mientras estudió en Bryson, se consideraba un ligón, como su hermano mayor. -Grant ladeó la cabeza como si estuviera leyendo el poema-. Mack siempre daba problemas. Siempre destrozaba cosas en la escuela y andaba por ahí zumbando con su Corvette como si fuera un piloto de Fórmu la Uno. Tam bién se metió en varias peleas serias.
– Ha dicho que era un ligón.
– No, he dicho que se consideraba un ligón, que es diferente. -Grant volvió las páginas hasta dar con otro poema-. Recuerdo haber oído la conversación de unas alumnas después de que Mack cambiara de escuela. Charlaban tranquilas, creyendo que yo estaba enfrascado corrigiendo exámenes. Se reían de Mack porque decían que estaba convencido de que iba a asistir a la fiesta de graduación; él ya no iba a esa escuela y por eso lo despreciaban. Decían que lo único por lo que lo aguantaban era por su coche; que de no ser por eso, no le prestarían la mínima atención. Él no era ni de lejos tan guapo como su hermano mayor. Mack tenía mucho acné y llevaba toda la cara marcada. Las chicas se portaron bastante mal con él.
– ¿Qué chicas, señor Grant?
– Las que han muerto. Janet fue quien se portó peor, por lo que recuerdo. Gemma se reía de sí misma porque decía que una vez se emborrachó y se lo tiró en el Corvette; decía que tenía que haber estado borracha para eso.
– ¿Y Claudia?
– Claudia solía unirse a las otras dos. Kate Davis era la única que solía pedirles que pararan.
– ¿Por qué no me había dicho todo esto antes?
Grant fingió examinar el libro antes de volver las páginas hasta dar con otros versos.
– Porque Mack no era un caso excepcional; también eran crueles con otros chicos. Ni siquiera me habría venido a la cabeza si tú no llegas a mencionar su nombre. Además, está en la cárcel.
– No -respondió Daniel en tono quedo-. Ya no.
El anciano irguió la espalda y luego volvió a relajarse.
– Es bueno saberlo.
– ¿Qué hay de Lisa Woolf?
Grant frunció el entrecejo.
– Recuerdo que Mack faltó a clase dos semanas antes de cambiar de escuela en tercer curso. Cuando pregunté qué le había pasado, las chicas se echaron a reír. Decían que le había mordido un perro. Luego descubrí que Mack se estaba recuperando de una paliza. Al parecer trató de tirarle los tejos a Lisa, y sus hermanos lo dejaron para el arrastre. Pasó mucha vergüenza. Cuando volvió, cada vez que andaba por los pasillos los chicos se ponían a aullar, ya sabe, como si fueran lobos aullándole a la luna. Él se volvía y los miraba, pero nunca averiguaba quién se estaba burlando de él.
Daniel notó vibrar el móvil en el bolsillo. Era Chloe Hathaway, la fiscal.
– Perdone. -Se volvió un poco-. Vartanian.
– Soy Chloe. Aquí tienes esperándote una orden para registrar una caja de seguridad a nombre de Charles Wayne Bundy. Espero que encuentres lo que estás buscando.
– Yo también. Gracias. -Cerró el móvil-. Tengo que marcharme.
Grant cerró el libro y se lo tendió.
– Me he alegrado mucho de recordar los viejos tiempos contigo, Daniel Vartanian. Es muy satisfactorio comprobar que un antiguo alumno ha prosperado.
Daniel empujó el libro con suavidad.
– Quédese el libro, señor Grant. Lo he comprado para usted.
Grant abrazó el volumen contra su pecho.
– Gracias, Daniel. Cuídate.
Daniel observó al anciano alejarse arrastrando los pies y rezó por que fuera discreto. Demasiada gente inocente había pagado por los pecados cometidos por una pandilla de jóvenes consentidos y obstinados. Algunos eran ricos; otros, pobres; pero todos mostraban un flagrante menosprecio por la decencia y la humanidad. Por la ley. De acuerdo con la tradición, los ancianos dejarían el banco de la barbería a las cinco de la tarde. Se aseguraría de que alguien estuviera vigilando la casa de Grant, no quería tener que vivir con las manos manchadas de más sangre.