Pensó que matar a la hermana de Woolf era una buena forma de empezar a cobrárselo. Esa semana había utilizado a los Woolf, y aún los utilizaría unas cuantas veces más antes de que todo terminara. Por el momento, Frank Loomis se había subido al coche y avanzaba en la dirección correcta.
El mensaje de texto era conciso: «Soplo anónimo. Sé dónde está Bailey C. Ve a la fábrica O'B junto al río. Encontrarás a BC + *muchas* más. Yo no puedo – funeral. Quería que lo supieras antes de que Var se te adelante. Buena suerte». Firmado: «Marianne Woolf».
Frank ya estaba de camino y muy pronto Vartanian lo estaría también. Mansfield ya debía de encontrarse allí junto con Harvard, el último pilar que quedaba por derribar. A Mack le había costado un poco descubrir quién era y, la verdad, se había quedado de piedra.
En cuanto a Alex Fallon, tenía unas cuantas ideas para hacerla salir. Durante la última semana toda su atención se había centrado en encontrar a Bailey. «Y yo sé dónde está.» Una vez se calmara el revuelo levantado por los acontecimientos de la tarde, Alex querría creer que Bailey seguía con vida. Ahora que Delia estaba muerta, Mack no planeaba dejar ningún otro cadáver tirado en una zanja; excepto el de Alex, claro. Tal vez la inactividad provocara en ella una falsa sensación de seguridad.
Además, a esas horas la joven estaría apenada lamentando la muerte de Daniel Vartanian, y la pena hacía que la gente cometiera muchas imprudencias. Tarde o temprano bajaría la guardia, y entonces él acabaría con la última víctima. Y de ese modo cerraría definitivamente el círculo.
Viernes, 2 de febrero, 13.25 horas.
Mansfield se detuvo junto a su escritorio.
– Muy bien, Harvard, aquí estoy.
Él levantó la cabeza y abrió los ojos como platos; luego, en una fracción de segundo, los entornó.
– ¿Por qué?
Mansfield frunció el entrecejo.
– Porque me has avisado.
– Yo no he hecho tal cosa.
A Mansfield se le aceleró el corazón.
– He recibido un mensaje de texto en el móvil. Solo tú tienes el número.
– Es evidente que lo tiene alguien más -soltó Harvard con frialdad-. Déjame verlo.
Mansfield le entregó el teléfono.
«Ven lo antes posible. DVar sabe lo de la mercancía. Hoy la retiramos.»
Su semblante se ensombreció.
– Alguien lo sabe, aunque no sea Vartanian. Te han seguido, imbécil.
– No; no me han seguido. Estoy seguro. Al principio llevaba a alguien detrás pero lo he despistado. -De hecho, lo había matado, pero Mansfield no veía por qué tenía que ponerse más trabas-. ¿Qué hacemos?
Él permaneció unos instantes en peligroso silencio.
– Las llevaremos al barco.
– Solo caben media docena.
Harvard se puso en pie; oleadas de ira lo invadían por momentos.
– Cuando tengas algo que decir que yo no sepa, habla. Mientras tanto, mantén la boca cerrada. Llévate al barco a las que están bien. Yo me encargo del resto.
Dutton, viernes, 2 de febrero, 13.30 horas.
Daniel esperó a haber traspasado los límites de Dutton antes de estampar el puño en el volante. Luego contuvo el arranque de genio y marcó el número del móvil de Chase.
– La caja fuerte está vacía -soltó sin preámbulos.
– Bromeas -repuso Chase-. ¿Vacía del todo?
– No del todo. Había una hoja de papel, donde ponía: «¡Ja, ja, ja!».
– Mierda -masculló Chase-. ¿Sabe Rob Davis quién fue el último en abrirla?
– Alguien que respondía al nombre de Charles Wayne Bundy. La última vez que alguien abrió la caja fue unos seis meses después de la primera muerte de Simon, aunque yo dudo que fuera él. No se habría arriesgado a dejarse ver en un lugar público, y si Davis hubiera sabido que seguía con vida, el secreto no habría durado mucho tiempo.
– Pero yo creía que en el diario de Jared ponía que Simon tenía la llave principal.
– O bien Annette lo recuerda mal o bien Jared estaba equivocado, porque otra persona ha utilizado una copia de la llave de Simon para acceder a la caja.
– ¿Es posible que Rob Davis tenga el original?
– Por supuesto, pero me ha parecido que se sorprendía de veras al ver que la caja estaba vacía.
– ¿Qué te ha dicho Davis cuando la has abierto?
– Antes de abrirla estaba sudando tinta. Después, se le veía aliviado y… petulante.
– Bueno, relájate. Lo digo en serio, porque aquí hay alguien que quiere hablar contigo.
– Dile a Alex que ya la llamaré más tarde. Estoy demasiado…
– Hola, Daniel.
Daniel se quedó boquiabierto y de inmediato aminoró la marcha y detuvo el coche en el arcén. Le temblaban las manos.
– ¿Susannah? ¿Estás ahí? ¿En Atlanta?
– Estoy aquí. Tu amigo Luke me ha contado que pensabas encontrar las fotografías en la caja fuerte y yo suponía que no estaban allí.
– No, no están. Lo siento, Suze. Podríamos haber atrapado a esos cabrones.
Ella guardó silencio.
– Yo sé dónde podrían estar las fotos.
– ¿Dónde? -Aunque temía saberlo, y se le formó un nudo en el estómago.
– En casa, Daniel. Te veré allí.
– Espera. -Apretó la mandíbula-. No vayas sola. Pídele a Luke que se ponga al teléfono.
– Yo la acompañaré -dijo Luke cuando cogió el teléfono-. Te veré en casa de tus padres, Daniel. Alex está a mi lado. Quiere venir.
– No. Dile que…
– Daniel. -Alex le había arrebatado el teléfono a Luke-. Tú estuviste a mi lado cuando entré en mi casa. Deja que yo ahora haga lo mismo por ti. Por favor -añadió en tono quedo.
Él cerró los ojos. También su casa estaba llena de fantasmas. No del mismo tipo, claro; pero fantasmas a fin de cuentas. Confiaba plenamente en Luke, pero Alex era más importante incluso. Y precisamente por eso la necesitaba allí.
– Muy bien. Ve con Luke. Os veré a todos allí.
Viernes, 2 de febrero, 14.20 horas.
– Bailey -susurró Beardsley.
Bailey se esforzó por abrir los ojos. Tenía la tembladera; era horrible.
– Estoy aquí.
– Soy todo para ti.
En otro momento y en otro lugar esas palabras podrían haber significado algo precioso. Sin embargo, allí y entonces solo significaban que los dos iban a morir muy pronto.
– ¿Bailey? -volvió a susurrar Beardsley-. Date prisa.
Dios, necesitaba un pico. «Hope te necesita.» Apretó los dientes.
– Estoy lista.
Lo observó mover grandes puñados de tierra que había excavado a lo largo de los días, hasta que quedó un hueco apenas lo bastante grande para Hope.
– No cabré.
– Tienes que caber. No tenemos tiempo de cavar más. Túmbate boca abajo y mete los pies por el agujero.
Ella lo hizo, y él empezó a tirar, no precisamente con delicadeza.
– Lo siento. No quiero hacerte daño.
Ella estuvo a punto de echarse a reír. Él siguió tirando y retorciéndola, ahora hacia aquí, luego hacia allí. La tomó de las caderas para darle la vuelta y hacerla pasar, pero cuando llegó a los pechos se detuvo en seco. Bailey alzó los ojos, exasperada. Estaba tumbada boca abajo, medio dentro, medio fuera, sucia y apestando a Dios sabía qué, y Beardsley elegía precisamente ese momento para mostrarse tímido.
– Tire -le ordenó. Él deslizó una mano por delante y otra por detrás de su busto, y fue tirando y retorciendo hasta alcanzar sus hombros. Eso aún le dolió más.