– Pon la cabeza de lado.
Ella lo hizo, y él la ayudó a pasarla por el agujero de modo que no le entrara tierra en la nariz. Al final estuvo en su lado del muro.
Y lo vio por primera vez. El hecho de que también él la estuviera viendo por primera vez era algo que ni quería plantearse. Agachó la cabeza, avergonzada ante el aspecto que sabía que tenía. Él le sujetó suavemente la barbilla con su sucia mano.
– Bailey. Deja que te vea.
Ella, con aire tímido, dejó que le levantara la cabeza, y todavía con más timidez abrió los ojos. Y entonces le entraron ganas de echarse a llorar. Bajo la tierra, la mugre y la sangre, vio al hombre más atractivo que había visto en toda su vida. Él le sonrió y sus dientes aparecieron blancos en contraste con su sucio rostro.
– No estoy tan mal, ¿no? -musitó él con aire burlón, y las lágrimas que Bailey se esforzaba por contener le anegaron los ojos y empezaron a resbalarle por las mejillas.
Él la tomó sobre su regazo y la meció como ella había hecho con Hope tantas veces.
– Chis -susurró-. No llores, pequeña. Casi lo hemos conseguido.
Eso hizo que llorara con más sentimiento, porque iban a morir y nunca tendría la oportunidad de demostrarle a él ni a nadie quién podía llegar a ser en realidad. Iban a morir.
– Lo lograremos -susurró él con denuedo-. Están moviendo cosas, así que algo pasa. Cierra los ojos. -Ella lo hizo y él le enjugó las lágrimas con los pulgares-. Creo que te he dejado peor -dijo en tono liviano, y volvió a atraerla hacia sí para abrazarla con más fuerza.
– Pase lo que pase -musitó ella-, gracias.
Él la apartó suavemente de su regazo y se levantó. Se le veía alto y fuerte a pesar de estar atravesando tan terrible experiencia. Le tendió la mano.
– No disponemos de mucho tiempo.
Ella se levantó. Le flaqueaban las rodillas.
– ¿Qué vamos a hacer?
Él volvió a sonreír; su mirada denotaba aprobación. Tenía los ojos marrones y cálidos. Eso Bailey lo recordaría, pasara lo que pasase. Él le entregó lo que en principio era una piedra de unos diez centímetros de longitud, cuyo extremo había afilado hasta dejarlo punzante.
– Esto es para ti.
Ella lo miró con los ojos como platos.
– ¿Lo ha hecho usted?
– La piedra la ha hecho Dios, yo solo la he afilado. Llévala siempre contigo. Puede que te haga falta si tenemos que separarnos.
– ¿Y usted qué hará?
Se dirigió a un rincón de la celda y apartó la tierra hasta extraer otra piedra afilada que bien podía medir tres veces más que la de Bailey.
– ¿Es que no ha dormido en todos estos días? -musitó ella, y él volvió a sonreír.
– Me he echado algún sueñecito. -Dedicó los siguientes diez minutos a mostrarle dónde y cómo debía atacar a un agresor para causarle el mayor daño posible.
Entonces la puerta del pasillo se abrió de golpe y ella lo miró a los ojos. Su mirada expresaba desaliento y de repente ella sintió más miedo que nunca.
– Ya viene -dijo, temblorosa.
Beardsley le acarició los brazos.
– Pues sí, ya viene -repitió, de modo terminante-. Estamos a punto, ¿sí?
Ella asintió.
– Túmbate en el rincón. Y estírate todo lo que puedas para parecer muy alta; tienes que hacerte pasar por mí.
– Harían falta dos como yo -comentó ella, y una de las comisuras de los labios de él se curvó un instante.
– Más bien tres. Bailey, no puedes dudar. Y si te ordeno algo, me obedecerás sin preguntar nada. ¿Lo entiendes?
Él se estaba acercando. Abría una puerta, disparaba una vez. Bailey oyó gritos procedentes de donde antes solo se oía llanto. Horrorizada, miró a Beardsley a los ojos mientras se abrían más puertas y sonaban más disparos. Los gritos cesaban a medida que él iba acallando las voces una a una.
– Las está matando.
A Beardsley le tembló un músculo de la mandíbula.
– Ya lo sé. Cambiamos de planes: tú te escondes detrás de la puerta y yo me quedo de pie al otro lado. Muévete, Bailey.
Ella lo obedeció y él ocupó su posición junto a la puerta con su daga de piedra en la mano. Un segundo más tarde la puerta se abrió y ella se tapó la cara para evitar el golpe. Bailey oyó un grito ahogado, un borboteo y luego un golpazo.
– Vamos -dijo Beardsley.
Ella pasó por encima del cadáver de uno de los guardias que había visto una de las veces que él la había llevado a su sala. Beardsley frotó la piedra contra su pantalón para limpiar la sangre y echó a correr, arrastrándola consigo.
Pero tenía las rodillas débiles y las piernas tan magulladas que no paraba de dar traspiés.
– Váyase -le dijo-. Salga corriendo y déjeme aquí.
Él no pensaba hacer tal cosa y siguió arrastrándola hasta pasar una celda detrás de otra. Algunas estaban vacías, pero la mayoría no. A Bailey le entraron arcadas al ver a las chicas atadas con cadenas y sangrando. Estaban muertas.
– No mires -le gritó él-. Limítate a correr.
– No puedo.
Él la levantó y la embutió debajo de su brazo como si fuera un balón.
– No morirás en mi presencia, Bailey -dijo entre dientes, y dobló la esquina sin dejar de correr.
Entonces se detuvo en seco y ella levantó la cabeza. Él estaba plantado en medio del pasillo con una pistola en la mano. Beardsley la arrojó al suelo y ella cayó de rodillas.
– Corre -le gritó.
Entonces Beardsley se abalanzó sobre él y lo golpeó contra la pared. Bailey consiguió levantarse y echó a correr, dejando atrás a los dos hombres que luchaban cuerpo a cuerpo. Oyó el espeluznante ruido de los huesos contra el muro de hormigón, pero no se detuvo.
Hasta que vio a la chica. La habían apaleado y la sangre le salía a borbotones de un agujero del costado y de una herida en el lado opuesto de la cabeza. Había conseguido cruzar la celda y a través de los barrotes extendía un brazo hacia el pasillo. Seguía con vida.
La chica levantó la mano con debilidad.
– Ayúdame -susurró-. Por favor.
Sin pensárselo, Bailey la tomó de la mano y tiró de ella para ayudarla a ponerse en pie.
– Muévete.
Dutton, viernes, 2 de febrero, 14.35 horas.
Daniel se encontraba de pie en el porche de casa de sus padres con una extraña sensación de dejà vu. Era el mismo lugar en el que hacía tres semanas se encontraba con Frank Loomis. Frank le había dicho que sus padres parecían haber desaparecido. Llevaban bastante tiempo muertos, por supuesto, pero su búsqueda había guiado a Daniel hasta Filadelfia, y hasta Simon y sus fotos. Y la búsqueda de las fotos lo había guiado de nuevo hasta allí.
– ¿No tienes la impresión de haber vivido esto antes? -preguntó Luke con suavidad, y Daniel asintió.
– Sí. -Giró la llave en la cerradura y abrió la puerta, y notó que sus pies se negaban a moverse.
Alex le pasó el brazo por la cintura.
– Vamos. -Lo empujó a través del umbral y él se detuvo en el recibidor mientras recorría de un vistazo el lugar. Odiaba esa casa; la odiaba hasta el último rincón. Se volvió y vio que Susannah miraba a su alrededor de modo parecido. Estaba pálida pero resistía, igual que había resistido durante la terrible experiencia en Filadelfia.
– ¿Dónde están? -preguntó.
Susannah lo hizo a un lado y empezó a subir la escalera. Él la siguió mientras asía la mano de Alex con tanta fuerza como podía. Luke ocupaba la retaguardia, alerta y vigilante.
Una vez arriba, Daniel frunció el entrecejo. Las puertas que la última vez había dejado cerradas estaban abiertas y un cuadro del pasillo aparecía torcido. Abrió la puerta del dormitorio de sus padres. Lo habían revuelto todo y habían rajado el colchón.
– Han estado aquí -observó en tono inexpresivo-. Han venido a buscar la llave de Simon.
– Es por aquí -dijo Susannah con tirantez, y la siguieron hasta lo que había sido el dormitorio de Simon. También allí lo habían revuelto todo, pero no habían encontrado nada en los cajones ni debajo de la cama. El padre de Daniel se había deshecho de todo hacía mucho tiempo.