Luke asintió al comprender adónde quería ir a parar.
– Simon mintió; no todos estaban implicados por igual. Tenía un cómplice. El séptimo hombre.
– Cuyo nombre seguimos sin conocer -añadió Daniel con amargura-. Mierda.
– Pero habéis descubierto a Garth y a Randy -dijo Alex con apremio-. Detenedlos. Haced que hablen. Haced que os digan dónde tienen a Bailey.
– Ya lo he hecho -repuso Daniel, colocando la tapa sobre la caja-. Mientras esperaba a que llegarais. Le he pedido al agente que vigila a Garth que lo detuviera. -Vaciló, temeroso de su reacción cuando le dijera lo que seguía-. Pero Mansfield… Alex, el agente que lo seguía ha muerto.
Alex palideció.
– ¿Mansfield lo ha matado?
– Eso parece.
Sus ojos emitieron sendos destellos de ira.
– Mierda, Daniel. Ayer ya sabías lo de Mansfield. Te supliqué que lo detuvieras. Si… -Omitió el resto de la acusación, pero aun así se sentía dolida.
– Alex, no es justo -musitó Luke. Pero ella sacudió la cabeza con gesto enérgico.
– Ahora Mansfield es consciente que sabéis lo que ha hecho -dijo con voz entrecortada-. Si tiene a Bailey, la matará.
Daniel no pensaba insultar a su inteligencia negando sus palabras.
– Lo siento -se disculpó.
Ella dejó caer los hombros con abatimiento y a él se le encogió el corazón.
– Ya lo sé -susurró ella.
Luke cogió la caja.
– Vamos a llevar esto a Atlanta y empezaremos a interrogar a Garth. Él sabe quién era el séptimo hombre. Hagámosle hablar.
– Yo prestaré declaración -dijo Susannah, mirando el reloj-. Tengo el vuelo a las seis.
Susannah ya estaba saliendo por la puerta detrás de Luke cuando Daniel cobró ánimo.
– Suze. Espera. Necesito… Necesito hablar contigo. Alex, ¿nos concedes un minuto?
Alex asintió con rigidez.
– ¿Me das las llaves? Estoy empezando a notar una migraña y tengo el Imitrex en el bolso.
Él observó el dolor en su mirada y sintió deseos de eliminar la tensión que lo había hecho aparecer. En vez de eso, sacó las llaves.
– No te apartes de Luke.
Ella apretó la mandíbula y le arrancó las llaves de la mano.
– No soy estúpida, Daniel.
– Ya lo sé -musitó él después de que se marchara.
Pero eso no evitaba que él estuviera constantemente preocupado por ella. También en otro momento debió haberse preocupado por Susannah. Daniel se obligó a mirar a su hermana a los ojos. Tenía la mirada cuidadosamente despojada de toda emoción. Se la veía delicada, frágil. Sin embargo, Daniel sabía que Susannah, igual que Alex, no era delicada ni frágil.
– ¿Qué es lo que te ha hecho volver? -le preguntó, y ella encogió uno de sus delgados hombros.
– Las otras prestarán declaración. ¿Qué clase de cobarde sería yo si no lo hiciera?
– Tú no eres cobarde -dijo él con denuedo.
Los labios de Susannah se curvaron con sarcasmo.
– Tú no tienes ni idea de lo que yo soy, Daniel.
Él frunció el entrecejo.
– ¿Qué narices se supone que quieres decir con eso?
Ella apartó la mirada.
– Tengo que marcharme -fue todo cuanto respondió al volverse para marcharse.
– ¡Susannah! ¡Espera! -Ella se dio la vuelta y él se obligó a formular la pregunta cuya respuesta necesitaba saber-. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me llamaste? Habría venido a buscarte.
Los ojos de ella emitieron un centelleo.
– ¿Lo habrías hecho?
– Sabes que sí.
Ella alzó la barbilla, gesto que le recordó a Alex.
– De haberlo sabido, te habría llamado. Tú te marchaste, Daniel. Te escapaste. En el primer año de universidad no regresaste a casa, ni una vez. Ni siquiera por Navidad.
El recordó el primer año de universidad, el enorme alivio que sintió al alejarse de Dutton. Pero había dejado a Susannah en la boca del lobo.
– Fui un egoísta. Si lo hubiera sabido, habría vuelto. Lo siento muchísimo.
Sus últimas palabras fueron una súplica llena de impotencia, pero la expresión de Susannah no se suavizó. Sus ojos no expresaban desprecio, pero tampoco perdón.
Él creía que necesitaba reparar los daños, creía que necesitaba que se hiciera justicia y que las víctimas de Simon pudieran dar por concluido aquel episodio de sus vidas. Ahora sabía que solo quería que la única persona a quien podía haber salvado lo perdonara; pero ella no estaba dispuesta a hacerlo.
– Las cosas son como son -dijo ella en tono neutral-. No puedes cambiar el pasado.
A él se le formó un nudo en la garganta.
– ¿Puedo al menos cambiar el futuro?
Ella permaneció varios segundos sin decir nada. Luego se encogió de hombros.
– No lo sé, Daniel.
Él no estaba seguro de qué esperar. No estaba seguro de qué tenía derecho a pedirle. Ella le había ofrecido sinceridad, y eso ya era un comienzo.
– De acuerdo. Vamos.
– ¿Estás bien?
Alex miró a Luke mientras buscaba el medicamento para la migraña en el bolso. Durante unas horas había albergado la esperanza de encontrar a Bailey. Ahora esa esperanza se había desvanecido.
– No, para nada. Date la vuelta, Luke.
Él frunció sus cejas oscuras.
– ¿Por qué?
– Porque tengo que pincharme esto en el muslo y no quiero que veas mi ropa interior. Date la vuelta.
Él se sonrojó un poco y la obedeció, y Alex se bajó los pantalones lo suficiente para ponerse la inyección en el muslo. Cuando se hubo colocado bien la ropa, observó a Luke. Incluso de espaldas notaba que estaba escrutando el panorama, alerta y vigilante.
Mansfield seguía campando a sus anchas, y había matado a un hombre, tal vez a más. Un escalofrío le recorrió la espalda y el vello de su nuca se erizó. Era probable que se tratara solo de la visión de la casa, pensó. Lo más seguro era que Mansfield se encontrara a kilómetros de distancia. Aun así, tal como le había dicho a Daniel, no era estúpida. Miró las llaves de Daniel que sostenía en la mano y tuvo muy claro lo que debía hacer.
– ¿Puedo darme la vuelta? -preguntó Luke.
– No. -Alex abrió el maletero del coche, tomó su pistola y la deslizó con torpeza en su cinturilla. Luego cerró el maletero sin sentirse más segura-. Ahora sí.
Luke lo hizo y le dirigió una mirada penetrante.
– Mantén los ojos abiertos si piensas usarla. Siento lo de tu hermanastra -añadió en tono quedo-. Y Daniel también lo siente. De verdad.
– Ya lo sé -respondió ella, y supo que era cierto al recordar el dolor que había observado en su mirada. Él había cumplido con su deber, pero eso no cambiaba el hecho de que Bailey estuviera muerta. «Nadie sale ganando con esto.» Se ahorró tener que seguir hablando al ver que Daniel y Susannah salían de la casa. Le devolvió a Daniel sus llaves y él cerró la puerta.
– Vámonos -dijo él con expresión apagada, y Alex se preguntó de qué habrían hablado Daniel y Susannah. Y de qué no.
Viernes, 2 de febrero, 15.00 horas
Bailey, petrificada, aguardó a que Loomis la traicionara. Su corazón latía con ritmo salvaje. Tan cerca. Había estado tan cerca… Junto a ella, la chica se echó a llorar.
Entonces, para su sorpresa, Loomis se llevó el dedo a los labios.
– Sigue la hilera de árboles -susurró-. Llegarás a la carretera. -Señaló a la chica-. ¿Cuántas más hay?
Bailey cerró los ojos con fuerza. «No queda ninguna.»