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– Ninguna. Las ha matado a todas, excepto a ella.

Loomis tragó saliva.

– Entonces marchaos. Iré a por mi coche y os recogeré en la carretera.

Bailey asía la mano de la chica con fuerza.

– Vamos -susurró-. Solo un poco más.

La chica seguía llorando en silencio, pero Bailey no podía permitirse sentir compasión. No podía permitirse sentir nada. Lo único que podía hacer era seguir en movimiento.

«Qué interesante», pensó Mack al observar que Loomis indicaba a Bailey y a la otra chica el camino de la libertad. El hombre estaba cumpliendo con su deber. Por primera vez en su vida, Frank Loomis estaba sirviendo y protegiendo al prójimo. Aguardó a que el hombre se alejara un poco más antes de interponerse en su camino. Empuñó la pistola con firmeza y Loomis se detuvo en seco.

El hombre lo miró a la cara, y al instante lo reconoció.

– Mack O'Brien. -Apretó la mandíbula-. Supongo que no hace falta decir que ya no estás en la cárcel.

– No -respondió Mack en tono alegre-. He cumplido un tercio.

– O sea que todo esto es obra tuya.

Su sonrisa irradiaba satisfacción.

– Todo esto. Dame las armas, sheriff. Ah, espera. Ya no eres el sheriff.

Loomis apretó los labios.

– Me están investigando; aún no me han juzgado.

– ¿Supone eso alguna diferencia en esta ciudad? Dame las armas -repitió con lentitud-. Si no, te dejo seco aquí mismo.

– Lo harás de todos modos.

– Es posible. O es posible que te pida que me ayudes.

Loomis entrecerró los ojos.

– ¿A qué?

– Quiero a Daniel Vartanian aquí. Quiero que lo vea todo con sus propios ojos y que los pille con las manos en la masa. Si le sirves esto en bandeja y le devuelves a Bailey, es posible que eso te salve en el juicio. Quiero decir, en la investigación.

– ¿Eso es todo lo que tengo que hacer? ¿Conseguir que Daniel venga?

– Eso es todo.

– ¿Y si me niego?

Él apuntó a Bailey y a la chica, que se abrían paso entre los árboles con los pies descalzos y ensangrentados.

– Daré la alarma, y Bailey y la chica morirán.

Loomis entrecerró los ojos.

– Eres un cabrón.

– Gracias.

Dutton, viernes, 2 de febrero, 15.10 horas.

– ¿Qué tal va tu dolor de cabeza? -preguntó Daniel.

– Lo he atajado a tiempo. Estoy bien -respondió Alex, sin apartar los ojos de la ventana desde la que veía serpentear Main Street. Sabía que debería pedirle disculpas. Lo había atacado y él solo cumplía con su deber. Pero estaba enfadada, joder. Y se sentía impotente, lo cual aún la hacía estar más enfadada. Como no se fiaba de su propia voz ni de sus propias palabras, decidió mantener la boca bien cerrada.

Tras unos cuantos minutos más de silencio, Daniel soltó un reniego.

– ¿Podrías al menos gritarme, por favor? Siento lo de Bailey. No sé qué más decir.

El muro que contenía la furia de Alex se vino abajo.

– Odio esta ciudad -soltó entre sus dientes apretados-. Odio a tu sheriff y al alcalde, y a todo el mundo que debería haber hecho algo. Y también… -Se interrumpió y respiró con agitación.

– ¿También me odias a mí? -preguntó él en tono quedo-. ¿Me odias a mí?

Ella, temblorosa y con la mirada encendida, posó la frente en la ventanilla del coche.

– No, a ti no. Tú has hecho tu trabajo. Bailey quedó atrapada en un fuego cruzado. Siento lo que he dicho; no es culpa tuya. -Se volvió para refrescarse la sonrojada mejilla con el frío cristal-. Me odio a mí misma -musitó, cerrando los ojos-. Tendría que haber dicho algo en aquel momento; tendría que haber hecho algo. Pero me limité a quedarme hecha un ovillo y esconderme del mundo.

Daniel le rozó el brazo con las puntas de los dedos. Luego se apartó.

– Anoche decías que no podíamos culparnos -observó él.

– Anoche era anoche y hoy es hoy, y tengo que pensar en la forma de decirle a Hope que su madre no va a volver a casa. -Su voz se quebró, pero le traía sin cuidado-. No te culpo, Daniel. Tú has hecho exactamente lo que tenías que hacer. Pero yo tengo que salir adelante, y Hope también. Y eso me da muchísimo miedo.

– Alex, por favor, mírame. Por favor.

Su expresión denotaba tristeza y sufrimiento, y a ella se le rompió el corazón un poco más.

– Daniel, no te culpo. De verdad que no.

– Pues tal vez deberías hacerlo. Lo preferiría a esto.

– ¿A qué?

Él aferró el volante.

– Te estás apartando de mí. Ayer decías que teníamos que seguir adelante, los dos juntos, y hoy vuelves a ir a tu aire. Mierda, Alex. Estoy aquí, y para mí las cosas no han cambiado en la última hora. Sin embargo, tú te estás apartando. -Se estremeció-. Joder -soltó con acritud, y al sacar el móvil del bolsillo saltaron guantes de goma por todas partes-. Vartanian.

Él se quedó callado y de inmediato aminoró la marcha.

– ¿Cómo? -preguntó.

Algo iba mal. «Aún peor.» Daniel se paró en el arcén, recogió con nerviosismo los guantes esparcidos y los volvió a guardar en el bolsillo de la chaqueta.

– ¿Dónde? -preguntó con brusquedad-. Ni hablar. O con refuerzos o no voy. -Ladeó la mandíbula-. No, me parece que no confío en ti. Antes lo hacía, pero ahora ya no.

Frank Loomis. Alex se acercó y trató de oír la conversación. Daniel se palpaba los bolsillos.

– ¿Puedes prestarme un bolígrafo? -le preguntó, y ella buscó uno en el bolso. Él sacó su cuaderno de notas del bolsillo de la camisa-. ¿Dónde exactamente? -Anotó una dirección con mala cara-. Se me había olvidado ese lugar. Por lo menos eso tiene sentido. Muy bien. Ya voy. -Vaciló-. Gracias.

Realizó un brusco cambio de sentido y obligó a Alex a buscar un lugar donde aferrarse.

– ¿Qué pasa? -preguntó ella, temiendo la respuesta.

Él encendió las luces. El cuentakilómetros ya marcaba ciento veinte.

– Era Frank. Dice que ha encontrado a Bailey.

Alex ahogó un grito.

– ¿Viva?

Daniel tenía la mandíbula tensa.

– Eso dice. -Apretó una tecla del teléfono-. Luke, necesito que des media vuelta y te encuentres conmigo en… -Le pasó el teléfono a Alex-. Dile la dirección. Dile que está pasada la vieja fábrica de los O'Brien. Susannah sabrá dónde es.

Eso era lo que por lo menos tenía sentido.

Alex hizo lo que le pedía y volvió a tenderle el teléfono a Daniel.

– Frank Loomis dice que ha encontrado el lugar donde tienen a Bailey Crighton. Llama a Chase y pídele que envíe refuerzos. Yo llamaré al sheriff Corchran de Arcadia. Confío en él y no está lejos. -Escuchó y miró a Alex-. Por eso quiero llamar a Corchran. No tardará mucho más que nosotros en llegar y puede llevarse a Alex y a Susannah.

Alex no discutió. Parecía demasiado alterado, demasiado peligroso. No sentía miedo por ella sino una macabra satisfacción porque quien se cruzara en su camino se arrepentiría durante toda la vida.

Él colgó y le entregó el teléfono a Alex.

– Busca el número de Corchran en mi cuaderno y márcalo, por favor.

Ella lo hizo y él rápidamente puso al corriente al sheriff de Arcadia y solicitó su presencia. Luego volvió a colgar y se guardó el teléfono en el bolsillo.

– Creía que Chase y tú habíais registrado la fábrica de los O'Brien -dijo.

– La nueva sí, pero me olvidé de la antigua. No he vuelto por allí desde que era pequeño. Incluso entonces era un montón de escombros. -Un músculo de la mandíbula le tembló-. Cuando lleguemos, por favor quédate en el coche y esconde la cabeza. -La miró; su mirada era severa y penetrante-. Prométemelo.

– Te lo prometo.

Viernes, 2 de febrero, 15.15 horas.

– Ya está. -Oculto bajo los árboles, Loomis se guardó el teléfono en el bolsillo-. Viene hacia aquí.

Como si él lo hubiera dudado.