– Muy bien.
– Ahora deja que me vaya. Recogeré a Bailey y a esa chica y las llevaré al hospital.
– No, necesito que te quedes aquí. De hecho, necesito que te muevas. -Le indicó el camino con la pistola-. Vamos al claro.
El semblante de Loomis reveló su sorpresa.
– ¿Por qué?
– Porque incluso Judas asistió a la Última Cena.
Los ojos de Loomis revelaron su asombro cuando se dio cuenta de lo que pretendía.
– Vas a matar a Daniel.
– Yo seguramente no. -Se encogió de hombros-. Tú has llamado a Vartanian. Si cuando llegue no estás allí para recibirlo, se marchará y yo me perderé la diversión. Muévete.
– Pero Mansfield me verá -dijo Loomis con la voz estridente debido a la incredulidad.
– Exacto.
– Y entonces me matará -dijo Loomis, ahora sin ninguna entonación.
Él sonrió.
– Exacto.
– Y también matará a Daniel. Todo el tiempo has estado pensando en que él muera.
– Y eso que todo el mundo te consideraba un sheriff vago y paleto… Muévete. -Aguardó a que Loomis empezara a avanzar hacia el límite del bosque y entonces accionó con decisión el silenciador-. Esto es para asegurarme de que no cometerás ninguna estupidez, como echar a correr. -Disparó una vez al muslo de Loomis. Con un grito atroz, este cayó al suelo-. Levántate. -Le ordenó con frialdad-. Cuando veas el coche de Vartanian, saldrás a recibirlo.
Viernes, 2 de febrero, 15.30 horas.
– Tenemos que marcharnos. -El capitán de la pequeña embarcación oteó alrededor con nerviosismo-. No pienso esperar más tiempo a tu jefe; por lo menos, no aquí, con el cargamento.
Mansfield volvió a llamarlo al móvil pero no obtuvo respuesta.
– Se estaba encargando de las que no podían viajar. Deja que vaya a buscarlo. -Saltó al muelle.
– Dile a tu jefe que solo lo esperaré cinco minutos. Luego, me largo.
Mansfield se volvió y dirigió una fría mirada a los ojos del hombre.
– Esperarás hasta que volvamos.
El capitán negó con la cabeza.
– No acato órdenes de ti. Estás perdiendo el tiempo.
Era cierto. Nadie acataba órdenes de Mansfield. Ya no. Y todo gracias al puto Daniel Vartanian. Y a quien había desatado toda aquella mierda. Si Daniel fuera tan listo como todo el mundo decía, ya lo habría pillado. Pero no lo había hecho porque Daniel no era más que un capullo, igual que todos los demás.
Apretó la mandíbula, empujó la pesada puerta y entró en el pasillo. Frunció el entrecejo al ver a las chicas muertas. Qué lástima. Con un poco más de tiempo, habrían podido dejarlas en condiciones para revenderlas. Ahora no servían para nada.
Aminoró el paso al aproximarse a la celda donde había permanecido encerrado el capellán. La puerta estaba abierta y en el umbral se veía un cadáver, pero algo no iba bien. Sacó la pistola y se inclinó sin hacer ruido. «Mierda.» Era uno de los guardias de seguridad de Harvard, no el capellán como debía ser. Mansfield le dio la vuelta e hizo una mueca. Al hombre lo habían rajado de arriba abajo.
Se limpió las manos ensangrentadas en los pantalones del guardia y dio un vistazo a la celda contigua. La puerta estaba entreabierta, y la celda estaba vacía. Bailey había desaparecido. Salió corriendo y se detuvo en seco cuando dobló la esquina y estuvo a punto de caer sobre el cuerpo ovillado en el suelo. Mansfield se puso de rodillas y comprobó su pulso. Harvard estaba vivo.
– El barco saldrá dentro de pocos minutos. Arriba. -Mansfield empezó a levantarlo, pero él le apartó la mano.
– Bailey se ha ido. -Harvard alzó la cabeza; tenía los ojos llorosos-. ¿Dónde está Beardsley?
– No está.
– Mierda. No podrán llegar muy lejos. Beardsley tiene un agujero en el vientre y Bailey lleva tal tembleque en el cuerpo que casi no puede andar. Ve a buscarlos antes de que nos echen encima a la policía.
– ¿Y tú?
– Sobreviviré -dijo en tono mordaz-. Es más de lo que me atrevo a decir de los dos si nos encuentran aquí, con todos los cadáveres. -Se esforzó por incorporarse y quiso alcanzar la pistola, pero la funda estaba vacía-. Mierda. Beardsley se ha llevado mi pistola. Dame la tuya.
Mansfield sacó la pistola de la funda que llevaba sujeta al tobillo.
– Ahora mueve el culo. Encuentra a Bailey y a Beardsley, y mátalos.
Viernes, 2 de febrero, 15.30 horas.
Frank los estaba esperando fuera de lo que parecía un bunker de hormigón. Todo el perímetro estaba cubierto de malas hierbas y la carretera estaba llena de hoyos por culpa del desuso. Daniel miró el reloj. Luke y el sheriff Corchran debían de estar a punto de llegar.
– ¿Qué es esto? -preguntó Alex.
– Era la fábrica de papel de los O'Brien en los años veinte. Luego, en la época de mi abuelo, se modernizaron y se trasladaron a la nueva fábrica, cuando construyeron un ramal del ferrocarril en la ciudad. -Señaló más allá de los árboles, hacia el curso del río Chattahoochee-. Antes de eso, utilizaban el río para mover los troncos y el papel.
– Pensaba que habías dicho que la fábrica era un montón de escombros.
– Y lo era. Ese bunker es nuevo, y está muy bien camuflado para que no pueda verse desde el aire. -No dijo nada más. Se quedó mirando a Frank, que permanecía apoyado en el coche patrulla, observándolos.
– ¿Qué esperas? -susurró Alex, y su voz vibró como una cuerda.
– Refuerzos -dijo él de modo sucinto sin apartar los ojos de Frank-. Y que el sheriff Corchran te lleve a un lugar seguro. -Oyó su inspiración y supo que tenía ganas de protestar, pero sabía que no lo haría y la admiraba por ello-. No quiero que maten a Bailey por culpa de entrar ahí de cualquier manera, Alex. Si está dentro y está viva, quiero devolvértela viva.
– Ya lo sé. -Las palabras apenas resultaron audibles-. Gracias, Daniel.
– No me las des; por esto no. Mierda. -Frank se les estaba acercando. Cojeaba. Hasta que estuvo a un palmo de distancia, Daniel no se dio cuenta de la mancha oscura y húmeda de sus pantalones-. Lo han herido. -Se le erizó el vello de la nuca y se dispuso a dar marcha atrás.
Alex se desabrochó el cinturón de seguridad, pero él la aferró por el brazo.
– Espera.
Alex se lo quedó mirando.
– No podemos esperar a que se desangre. Él sabe dónde está Bailey.
– Te he dicho que te esperes. -La mente de Daniel daba vueltas a toda velocidad pero tenía el cerebro desembragado por culpa de la indecisión. «Es una trampa», gritaba algo en su interior. Pero había sido amigo de ese hombre durante mucho tiempo. Bajó la ventanilla unos centímetros-. ¿Qué ha ocurrido?
– He recibido un disparo -dijo Frank entre dientes, y al introducir los dedos por la ventanilla manchó el cristal de sangre. Se acercó más-. Da la vuelta y márchate. Lo sien…
Se oyó el estruendo de un disparo en el aire y al cabo de unas fracciones de segundo llenas de dolor e incredulidad, Frank se deslizó por la puerta del coche de Daniel, que ya tenía el pie en el acelerador y retrocedía a toda velocidad.
– ¡Agáchate! -gritó, sin volverse a comprobar si Alex lo obedecía.
Hizo rodar el volante y se preparó para dar un giro de ciento ochenta grados, pero entonces saltó hacia delante y golpeó el volante con la cabeza al chocar contra algo grande y duro. Con el rabillo del ojo vio a Alex caer al suelo hecha un ovillo.
Aturdido, miró por el retrovisor y vio otro coche patrulla de Dutton. Entonces se volvió hacia la derecha y vio a Randy Mansfield apostado frente a la puerta abierta de Alex con un semiautomático Smith & Wesson del calibre 40. Apuntaba a Alex en la cabeza.
– Suelta la pistola, Danny -le ordenó Randy con calma-. O la mato en tus narices.
Daniel pestañeó. La realidad tomó forma de inmediato. «Alex.» Estaba acurrucada en el suelo, sin moverse, y a Daniel se le paró el corazón.