– ¿Por qué has disparado a Frank Loomis? -preguntó Daniel-. Me ha llamado, tal como tú querías.
Hubo un momento de silencio.
– Cállate, Daniel.
– Tú no sabías que me había llamado -dijo Daniel, especulando de nuevo-. No estaba contigo.
– Cállate.
Daniel no pensaba callarse.
– ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Utilizas el río para transportar droga?
Alex se esforzó por no estremecerse al oír el golpe y luego el grito ahogado de dolor de Daniel.
– Bueno, sea como sea, tu barco se ha largado -prosiguió un minuto más tarde-. He visto una embarcación bajando por el río justo cuando le has disparado a Frank.
Hubo un movimiento brusco y Alex alzó las pestañas lo justo para ver que Mansfield se acercaba a la ventana. Oyó un reniego entre dientes.
– Estás atrapado -dijo Daniel en tono sereno-. Los refuerzos están de camino, y no conseguirás salir vivo de aquí si pretendes huir corriendo.
– Claro que saldré vivo -dijo Mansfield, pero su tono no era calmado-. Tengo garantías.
«Eso debe de decirlo por mí.» Alex se esforzó por mirar a través de las pestañas y vio a Daniel. Dio un respingo. Él la estaba mirando con los ojos entornados. Sabía que estaba despierta, consciente.
De pronto, Daniel se levantó con la silla incluida y se abalanzó sobre Mansfield con la cabeza por delante. Alex se puso en pie de un salto en cuanto Daniel lanzó a Mansfield contra un escritorio. Alex salió corriendo hacia la puerta y se dio cuenta de que Daniel lo había hecho para que ella huyera.
Pero se oyó un disparo y de repente se le pararon el corazón y los pies. Mansfield le daba la espalda y Daniel estaba tumbado de lado, todavía esposado a la silla. La sangre se extendía con rapidez por su camisa blanca a causa de la herida de bala del pecho. También con rapidez su rostro estaba perdiendo el color, pero consiguió dirigirle una mirada. «Muévete.»
Ella dejó de mirar a Daniel y se volvió hacia Mansfield, cuyos hombros se movían arriba y abajo a causa de sus fuertes inspiraciones. Estaba mirando a Daniel y aferraba la pistola con la mano derecha. En el cinturón llevaba el arma de Daniel. Solo una.
Mansfield le había quitado dos. El pequeño revólver de seguridad había desaparecido.
Se olvidó del revólver cuando Mansfield propinó a Daniel un puntapié en las costillas con tanta fuerza que, más que su gemido, Alex oyó un crujido.
– Eres un hijo de puta -masculló Mansfield-. Tenías que volver y removerlo todo. Por lo menos Simon tuvo la decencia de mantenerse apartado.
Alex buscó la pistola que llevaba en la espalda mientras repasaba mentalmente las instrucciones que Daniel le había estado repitiendo. Retiró el cierre de seguridad justo cuando Mansfield apuntaba a Daniel en la cabeza. Al oír el ruido, Mansfield se volvió y, atónito, se quedó mirando la pistola en su mano durante fracciones de segundo antes de alzar los ojos y su arma al mismo tiempo. Ella, sin pensárselo, apretó el gatillo hasta que él, con los ojos muy abiertos, cayó de rodillas y luego, de bruces. Ahora era su camisa blanca la que se estaba tornando roja por momentos.
Le quitó el arma de una patada, cogió la pistola de Daniel de su espalda y la depositó en el suelo junto a Daniel antes de guardar su propia arma en la cintura, bajo su chaqueta. Luego se arrodilló al lado de Daniel y le abrió la pechera de la camisa, y las manos le temblaron un poco cuando se percató de lo malherido que estaba.
– Te había dicho… que salieras corriendo -susurró él-. Mierda… Sal corriendo. -Los movimientos ascendentes y descendentes de su pecho eran cada vez más débiles, y ella oyó que el aire entraba y salía a través del agujero de bala.
– Has perdido mucha sangre y es probable que te haya perforado el pulmón. ¿Dónde tienes las llaves de las esposas?
– En el bolsillo.
Ella encontró las llaves y el móvil, y se esforzó por mantener el pulso firme cuando separó la llave que abría las esposas y lo liberó. Luego empujó la silla hacia atrás y lo tumbó de lado con suavidad para apartarle un mechón de pelo de la frente, perlada de sudor.
– Eso ha sido muy estúpido por tu parte -dijo ella con la voz quebrada-. Podría haberte matado.
A él se le cerraron los ojos. Estaba perdiendo la conciencia por momentos. Tenía que suturarle la herida y para eso necesitaba llevárselo de allí. Pero era imposible que consiguiera arrastrarlo hasta el coche sola; necesitaba ayuda.
Intentó llamar desde el móvil, pero no había señal. Con el corazón acelerado, dio un vistazo a la habitación. Era una sala desierta; en ella solo había un viejo escritorio metálico.
Ella abrió los cajones y encontró material de oficina.
– Unas tijeras y un rollo de cinta adhesiva. -Suspiró aliviada. Era cinta de embalar, resistente, serviría. Cogió el material y se acercó corriendo a Daniel, y esta vez no le importó pasar por encima de Mansfield. Le pisó la pierna y se arrodilló frente a Daniel-. Voy a suturarte la herida. Aguanta.
De su bolsillo sacó los guantes que él antes había dejado esparcidos por el suelo del coche. Tiró de uno con fuerza y pronto hubo cerrado a tres bandas el agujero de su pecho.
– Tengo que moverte. Te dolerá. Lo siento. -Lo colocó de lado con tanta suavidad como pudo, le cortó la espalda de la camisa y respiró aliviada. La bala había salido tal como había entrado; por suerte no se había quedado dando vueltas dentro de su cuerpo. Repitió el proceso con rapidez. En pocos segundos de la herida había dejado de manar tanta sangre y junto con el pulso de Daniel también el suyo se regularizó.
– Alex.
– Deja de hablar -le aconsejó-. Conserva el aliento.
– Alex.
– Quiere decirte que te vuelvas a mirarme.
Alex se volvió sobre sus rodillas y miró hacia la puerta. Entonces lo comprendió.
– El número siete -dijo en tono quedo, y Toby Granville sonrió. La sangre le resbalaba por las mejillas a causa de lo que desde el otro extremo de la sala parecía una herida en la sien producida por un objeto contundente. En la mano llevaba un pequeño revólver. Alex observó que tenía la mirada ensombrecida por el dolor; esperaba que sufriera mucho.
– De hecho, soy el número uno. Dejé que Simon creyera que era él porque el muy cabrón estaba mal de la cabeza y daba miedo. -Miró a Mansfield con desdén-. Y tú eres un cagado -masculló antes de volver a centrar su atención en Alex-. Trae aquí la pistola de Mansfield, y luego la de Vartanian.
Ella hizo lo que le pedía para ganar tiempo.
»-No estabas… en la lista -musitó Daniel-. Eres demasiado mayor, tienes mi edad.
– No. Tengo la edad de Simon -explicó Granville-. Me salté unos cuantos cursos y me gradué en Bryson antes de que lo echaran a él. Simon y yo solíamos bromear sobre lo importantes que éramos, porque teníamos un club y justo habíamos empezado los estudios secundarios. Todo el mundo pensaba que había sido idea suya, porque el muy cabrón estaba un poco desequilibrado. Pero, de hecho, la idea fue mía. Simon era mío. Hacía todo lo que yo le pedía y siempre creía que lo había hecho por voluntad propia. Jared también podría haber sido mío, pero bebía demasiado. Ninguno de los otros tenía agallas suficientes. -Con movimientos teñidos de rojo, Granville se agachó para recoger las dos pistolas que Alex había deslizado por el suelo.
En el momento en que bajó los ojos, ella tomó la pistola de su espalda y disparó, y la primera vez le dio a la pared. El yeso saltó mientras la segunda bala alcanzaba su objetivo, igual que la tercera, la cuarta y la quinta. Granville se desplomó, pero seguía respirando y aferrando el revólver.
– Suelta la pistola -le ordenó ella-. Suéltala o te mataré.
– No lo harás -repuso él-. No eres… capaz de… asesinar a… sangre fría.
– Eso es lo que creía Mansfield -soltó Alex con frialdad. Levantó el arma-. Suelta la pistola o disparo.