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– Acompáñame fuera… y soltaré la pistola.

Alex le lanzó una mirada llena de incredulidad.

– Estás loco. No pienso ayudarte.

– Entonces nunca sabrás… dónde tengo a Bailey.

Ella alzó la barbilla y entornó los ojos.

– ¿Dónde está?

– Sácame de aquí… y te lo diré.

– Es… probable que tenga… un barco -dijo Daniel con una mueca-. No lo hagas.

– Bailey -la tentó Granville.

Tras ella, Daniel respiraba con agitación. Tenía que llevarlo al hospital.

– No tengo tiempo para tonterías. -Alex apuntó al corazón de Granville, pero él tenía razón. Una cosa era matar a un hombre en defensa propia y otra asesinarlo a sangre fría cuando además estaba herido. Claro que… sí que era capaz de dispararle.

Alex apuntó y apretó el gatillo, y Granville gritó. Ahora la sangre manaba de su muñeca, pero tenía la mano abierta y la pistola estaba en el suelo. Alex se la guardó en el bolsillo y se arrodilló junto a Daniel mientras con una mano buscaba las esposas y con la otra, su pulso. Era muy débil, terriblemente débil.

Seguía teniendo mal color y cada vez que tomaba aire tenía que hacer un verdadero esfuerzo. Sin embargo, por lo menos la herida había dejado de sangrarle.

– Tengo que conseguir como sea ayuda para ti y no me fío de que no te haga daño mientras yo estoy fuera. Pero no puedo matarlo; lo siento.

– No lo sientas, puede que luego lo necesitemos. Ponle las esposas… con las manos a la espalda. -Daniel la aferró por la chaqueta con la mano ensangrentada cuando se disponía a levantarse-. Alex.

– Cállate. Si no te llevo al hospital, te morirás. Pero él no la soltaba.

– Alex -volvió a susurrar, y ella se le acercó más-. Te adoro… cuando eres tan dura.

A ella se le puso un nudo en la garganta y le estampó un beso en la frente. Luego se irguió con expresión severa.

– Yo a ti también te adoro -susurró a su vez-. Cuando no te haces el héroe y estás a punto de morirte. Deja de hablar, Daniel.

Se dispuso a ponerle las esposas a Granville. Costaba más de lo que parecía y cuando consiguió ponerlo de espaldas estaba jadeando y empapada con su sangre.

– Espero que te pudras en la cárcel una buena temporada.

– Crees… que lo sabes todo. -Inspiró con lentitud-. Pero no sabes nada. Hay… más.

Ella levantó la cabeza y asió la pistola.

– ¿Más? ¿Dónde? -preguntó, alarmada.

Los ojos de Granville ya no miraban a ninguna parte. Había perdido mucha sangre.

– Simon era mío -masculló-. Pero yo era de alguien más.

Entonces, aturdido, levantó la mirada, y sus ojos se abrieron mucho a causa del miedo.

Ella estaba a punto de volverse a mirar atrás, pero se interrumpió al notar el frío metal contra la sien.

– Gracias, señorita Fallon -le susurró una voz al oído-. Yo me quedaré con la pistola. -Le oprimió la muñeca hasta que sus dedos se abrieron y la pistola cayó al suelo de hormigón-. Las cosas terminan muy bien. A Davis lo han arrestado. Mansfield está muerto y… -Disparó y a Alex le dio un vuelco el estómago cuando la cabeza de Granville explotó contra el suelo-. Y Granville también. De los siete no queda ninguno.

– ¿Quién eres? -preguntó, aunque ya sabía la respuesta.

– Ya lo sabes -respondió él en tono quedo, y Alex supo que nunca hasta aquel momento había sentido auténtico miedo. La obligó a ponerse en pie-. Ahora vendrás conmigo.

– No. -Ella forcejeó y él volvió a ponerle la pistola contra la cabeza-. Tengo que ir a buscar ayuda para Daniel. No le diré a nadie que estás aquí. Puedes marcharte, no te detendré.

– No, no lo harás. Nadie me detendrá. Pero no dejaré que te marches. Tengo otros planes para ti.

La forma en que lo dijo hizo que se le doblaran las rodillas.

– ¿Por qué? Yo no te conocía, como Gemma y las demás.

– No, tú no. Pero morirás igual.

Un sollozo volvía a formarse dentro de sí, pero esta vez se mezclaba con el terror.

– ¿Por qué?

– Por tu cara. Todo empezó con Alicia. Y terminará contigo.

Alex se mostró fría y serena.

– ¿Me matarás para conseguir un desenlace triunfal?

Él se echó a reír.

– Por eso, y para hacer sufrir a Vartanian.

– ¿Por qué? Él nunca te ha hecho ningún daño.

– Pero Simon sí. Como no puedo hacerle daño a Simon, Daniel tendrá que soportar su castigo.

– Igual que tú has soportado el castigo por lo que hizo Jared -musitó ella.

– Veo que lo entiendes. Es justo.

– Pero matarme a mí no lo es -dijo ella, tratando de conservar la calma-. Yo nunca he hecho daño a nadie.

– Eso es cierto. Pero a estas alturas da igual. Morirás, igual que las otras. Y gritarás. Gritarás mucho. -La arrastró hacia atrás y ella se resistió con todas sus fuerzas.

– Hemos pedido refuerzos -le espetó-. No te saldrás con la tuya.

– Sí, sí que lo haré. Espero que no te marees en los barcos.

El río. Iba a llevársela en una barca por el río.

– No. No iré como una oveja al matadero. Si me quieres, tendrás que arrastrarme de los pelos.

Él quiso matar a Daniel. Pero para hacerlo tenía que apartar la pistola de su sien. Era la única oportunidad que tenía. En el segundo en que notó disminuir la presión en la sien, se volvió y trató de arañarle en la cara. Él la soltó de repente y durante unos instantes ella se quedó demasiado sorprendida para hacer algo.

Entonces pestañeó al oírse el último disparo. Solo tuvo un momento para mirar a la cara al… repartidor de periódicos… antes de que se desplomara en el suelo. Anonadada, ella lo observó caer y se fijó en el limpio agujero de su frente.

– Es el repartidor de periódicos. -Se estremeció al reparar en cuan de cerca la había estado vigilando O'Brien. Luego levantó la cabeza y ahogó un grito. Un hombre con el rostro sucio y ensangrentado sostenía la pistola de O'Brien en la mano y avanzaba haciendo eses.

Alex lo miró mejor.

– ¿Reverendo Beardsley?

Él asintió con seriedad.

– Sí. -Se apoyó en la puerta y se dejó caer al suelo, y al hacerlo depositó con cuidado la pistola de O'Brien a su lado.

Alex miró el agujero de la frente del hombre y se volvió de nuevo hacia Beardsley.

– ¿Le ha disparado? ¿Cómo ha podido dispararle? Estaba… detrás de él. -Ella se dio la vuelta y vio que, lentamente, Daniel bajaba la cabeza al suelo. En la mano sostenía el revólver de seguridad-. ¿Le has disparado tú? -Daniel asintió una vez y no dijo nada. Alex se asomó al pasillo y miró hacia ambos lados-. ¿Hay alguien más con una pistola?

– Creo que no -respondió Beardsley, y la aferró por la pierna-. ¿Bailey?

– Granville ha dicho que estaba viva.

– Hace una hora, sí -dijo Beardsley.

– Lo averiguaré. Ahora tengo que ir a buscar ayuda.

Con el móvil de Daniel bien sujeto en la mano, Alex corrió hasta que vio la luz colarse por el ventanuco de la puerta exterior. Se detuvo un momento; la claridad casi la cegaba. Entonces abrió la puerta y salió, y respiró con más profundidad de lo que lo había hecho en toda su vida.

– Alex. -Luke se le acercó corriendo-. Estás herida -gritó-. Deja que te vean los médicos.

Ella pestañeó, perpleja, cuando unos hombres se le acercaron con una camilla.

– Yo no -soltó-. El que está herido es Daniel. Está en estado crítico. Tienen que trasladarlo a un centro de traumatología de nivel uno. Les mostraré dónde está. -Se echó a correr, la adrenalina movía sus músculos-. Bailey se ha escapado.

– Ya lo sé -repuso Luke, que corría a su lado. Detrás de ellos, la camilla chirriaba-. La he encontrado. Está viva; no en muy buen estado, pero viva.

Alex sabía que sentiría el alivio por la noticia cuando Daniel estuviera en la camilla.

– Beardsley también está aquí. Está vivo. Es posible que sea capaz de caminar, pero también está mal.