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Gretchen alzó la mano.

– Espere. ¿Otras? ¿Hay otras, aparte de Janet y Claudia?

– Esta mañana hemos encontrado el cadáver de Gemma Martin -explicó Daniel en tono quedo, y Gretchen se dejó caer hacia atrás en la silla, muy pálida por la impresión.

– ¿Qué está pasando? Esto es una locura.

– Comprendemos el golpe que supone para usted. -Talia hablaba en tono tranquilo sin llegar a ser condescendiente-. Pero, como le decía, no estamos aquí para hablar de los recientes asesinatos. En el curso de la investigación hemos encontrado pruebas de una serie de agresiones sexuales. -Talia se inclinó hacia delante-. Señorita French, me gustaría decirle esto de manera que le resultara más soportable, pero no he encontrado la forma. En la época en que asesinaron a Alicia Tremaine se produjeron una serie de agresiones sexuales. Usted tenía su misma edad y estudiaba en la misma escuela que ella.

Daniel captó un atisbo de miedo en los ojos de Gretchen.

– No sé de qué me habla.

Talia bajó la cabeza y luego la levantó para volver a mirarla.

– Hemos encontrado fotos de chicas violadas. En una de ellas aparece usted, señorita French. Lo siento.

A Daniel se le encogió el corazón de lástima e impotencia al observar que el semblante de Gretchen se demudaba. Su rostro fue perdiendo el color hasta quedar ceniciento. Separó los labios y empezó a moverlos, como si estuviera intentando hablar. Entonces apartó la mirada y la bajó al suelo; estaba avergonzada. Daniel vio que también la expresión de Talia cambiaba. En ella observó una profunda compasión, pero también mucha energía, y comprendió por qué Chase la había elegido para llevar a cabo el interrogatorio.

Talia posó una mano sobre la de Gretchen.

– Ojalá no tuviera que pedirle que recordara aquel momento, pero tengo que hacerlo. ¿Podría explicarnos qué ocurrió?

– No me acuerdo. -Se humedeció los labios, nerviosa. Llamaba la atención el hecho de que no hubiera lágrimas en sus ojos-. Si pudiera se lo explicaría. Quise explicarlo cuando ocurrió, pero no recordaba nada.

– Creemos que quien lo hizo la drogó -musitó Daniel.

Gretchen alzó la barbilla; su mirada expresaba desolación pero en sus ojos no se veía una lágrima.

– ¿No saben quién es?

Daniel negó con la cabeza.

– Esperábamos que nos lo dijera usted.

Gretchen se incorporó, apenas podía respirar.

– Yo… yo solo tenía dieciséis años. Recuerdo que me desperté en mi coche. Estaba oscuro y… tenía mucho miedo. Supe… Quiero decir que noté… -Los sollozos le atoraban la garganta-. Me dolió mucho.

Talia seguía asiéndole la mano.

– ¿Había estado con alguien antes?

Gretchen negó con la cabeza.

– No. Algunos chicos lo intentaron, pero yo nunca accedí.

Daniel se tragó la furia que explotó dentro de sí y no dijo nada.

– Después de eso… nunca más salí con nadie. Tenía mucho miedo. No sabía quién… -Cerró los ojos-. Ni por qué, o si podía haberlo evitado. Tendría que haber tenido más cuidado.

La ira lo encendía y a Daniel le costaba dominarse. Pero se dominó.

– Señorita French -empezó cuando fue capaz de controlar el tono-, ¿recuerda de dónde venía, adónde iba o si la acompañaba alguien?

Ella abrió los ojos y recobró un mínimo de serenidad.

– Volvía a casa en coche del trabajo. Lavaba platos en Western Sizzlin', quería ahorrar para ir a la universidad. Estaba sola. Era tarde, sobre las diez y media. Recuerdo que estaba cansada, pero en aquella época estudiaba, trabajaba y ayudaba en la granja; siempre estaba cansada. Recuerdo que pensé en parar para salir a tomar el aire, no fuera a ser que me quedara dormida al volante.

Talia sonrió para animarla.

– Lo está haciendo muy bien -dijo-. ¿Recuerda haber tomado algo antes de salir del trabajo o haberlo hecho por el camino?

– Trabajaba en la cocina. Nos dejaban tomar tanta Coca-Cola como quisiéramos. Y yo lavaba los platos y no estaba dispuesta a ensuciar un vaso cada vez que tuviera sed, así que siempre utilizaba el mismo.

– O sea que alguien pudo haberle echado algo en la bebida -insinuó Talia con calma.

Gretchen se mordió la parte interior de la mejilla.

– Supongo que sí. Qué estúpida fui.

– Se creía segura en el trabajo -dijo Daniel, y ante la mirada de gratitud que ella le dirigió le entraron ganas de pregonar a los cuatro vientos lo impotente que se sentía. A aquella mujer la habían violado y, sin embargo, ella era capaz de agradecer algo tan sencillo como que alguien le dijera que no era estúpida.

– El agente Vartanian tiene razón. Usted no hizo nada malo ni cometió ninguna estupidez. ¿Qué recuerda de cuando se despertó?

– Tenía mucho dolor de cabeza y náuseas. Y noté el escozor. Me di cuenta de que… sangraba. -Tragó saliva y los labios le temblaron-. Llevaba unos pantalones nuevos de color blanco, había ahorrado para poder comprármelos y estaban hechos un asco. -Bajó la cabeza-. Toda yo estaba hecha un asco.

– Se despertó en su coche -la presionó Talia con delicadeza, y Gretchen asintió-. Dice que llevaba los pantalones manchados, o sea que estaba vestida. ¿Del todo?

Gretchen volvió a asentir con diligencia.

– Esas fotos… ¿Puedo…? -Sus ojos se anegaron y Daniel notó el escozor de las lágrimas en los propios-. Dios mío.

– Nadie verá estas fotos -aseguró Daniel-. No saldrán en ningún periódico.

Ella pestañeó y las lágrimas rodaron por sus mejillas.

– Gracias -susurró-. También había una botella.

– ¿Una botella? -preguntó Talia mientras deslizaba un pañuelo de papel en la mano de Gretchen.

– Una botella de whisky. Estaba vacía. Tenía las prendas y el pelo empapados de whisky y sabía que si iba a contárselo al sheriff creerían que me había emborrachado. Que me lo había buscado.

Talia apretó la mandíbula.

– Usted no hizo nada.

– Ya lo sé. Si volviera a ocurrirme ahora, llamaría enseguida a la policía. Pero entonces solo tenía dieciséis años y estaba asustada. -Alzó la barbilla y Daniel pensó que esa mujer le recordaba a Alex en más de un aspecto-. ¿Quieren decir que no fui la única?

Daniel asintió.

– No podemos precisar a cuántas chicas les ocurrió lo mismo, pero sabemos que usted no fue la única. Ella esbozó una sonrisa muy triste.

– Y seguro que aunque los encuentren no podrán hacerles nada, ¿verdad?

– ¿Por qué? -preguntó Talia.

– Han pasado trece años, ¿no hace ya tiempo que ha prescrito el caso?

Daniel negó con la cabeza.

– El tiempo empieza a contar en el momento en que se presentan los cargos.

La mirada de Gretchen se endureció.

– O sea que si los encuentran, los procesarán.

– Con todas las de la ley -dijo Talia con orgullo-. Le damos nuestra palabra.

– Entonces inclúyanme en la lista de testigos. Quiero declarar en el juicio.

En el rostro de Talia se dibujó una amplia sonrisa.

– Haremos lo imposible por que así sea.

– Señorita French -terció Daniel-. Ha mencionado que algunos chicos intentaron mantener relaciones con usted pero que usted se negó. ¿Recuerda quiénes eran?

– No tuve muchos novios. Mi madre no me dejó salir con chicos hasta que cumplí los dieciséis años, y de eso solo hacía unos meses. El que más recuerdo se llamaba Rhett Porter. Pensé tal vez hubiera sido él pero…

«Por fin.» Pero la información llegaba un día tarde.

– Pero ¿qué? -preguntó él con delicadeza.

– Iba con gente poco recomendable. Tenía miedo de que si lo contaba…

– ¿Cree que la habrían agredido? -insistió Daniel.

– No. -Rió con amargura-. Él le habría dicho a todo el mundo que yo me lo había buscado y posiblemente la gente lo habría creído. Por eso decidí cerrar la boca. Al menos no estaba embarazada.