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Bell entrecerró los ojos.

– ¿Qué demonios pasa?

Fulmore retrocedió cuando Daniel le ofreció una silla a Alex y ella se sentó despacio.

Si Fulmore estaba pálido, Alex lo estaba más. Parecía… un espectro. Daniel se sintió el tipo más rastrero del mundo por obligarla a pasar por una situación así. Pero ella quería encontrar a Bailey, y también quería ayudarlo a que se hiciera justicia con las tres mujeres asesinadas.

De algún modo y por algún motivo el asesinato de Alicia era el eje que unía todas las piezas.

– A ver -gruñó el abogado-, ¿qué pasa?

– Di… di… dile q… que s… se vaya -balbució Fulmore con la respiración cada vez más agitada-. Q… que s… se vaya.

– He venido a verle -dijo Alex con voz calmada-. ¿Sabe quién soy?

Bell los miraba con cara de querer que se los llevaran los demonios.

– No me había dicho que ella vendría.

Alex se puso en pie y se inclinó hacia delante, agarrándose al borde de la mesa.

– Le he hecho una pregunta, señor Fulmore. ¿Sabe quién soy?

Quién era; estaba espléndida, pensó Daniel. Tranquila y circunspecta, incluso en una situación de tensión extrema. Lo dejaba sin respiración; así de sencillo.

Y estaba causando el mismo efecto en Fulmore, que casi hiperventilaba.

Daniel se situó entre Fulmore y Alex. Ella aún tenía el rostro cadavérico, los ojos muy abiertos y la mirada penetrante, y Daniel se dio cuenta de que no estaba tan tranquila como parecía. Solo se mostraba fría y circunspecta, lo cual quería decir que estaba aterrorizada. Pero se controlaba bien.

– Alicia Tremaine era mi hermana. Usted la mató.

– No. -Fulmore sacudió la cabeza con vehemencia-. Yo no fui.

– Usted la mató -insistió Alex, como si Fulmore no hubiera dicho nada-. Le tapó la boca con las manos y le impidió respirar hasta que murió. Luego le golpeó el rostro hasta que ni su propia madre fue capaz de reconocerla.

Fulmore miraba la cara de Alex.

– Yo no fui -dijo con voz desesperada.

– Usted la mató -le espetó ella-. Y luego la dejó tirada en una zanja como si fuera una bolsa de basura.

– No. Ella ya estaba en la zanja.

– Gary -le ordenó Bell-. Deja de hablar.

Alex levantó la cabeza para mirar a Bell con odio y desdén.

– Cumple cadena perpetua. ¿Cree que puede pasarle algo peor?

Fulmore no había apartado los ojos de Alex.

– Yo no la maté, lo juro. Y no la tiré a la zanja. Ya estaba muerta cuando la encontré.

Alex se volvió y clavó en él los ojos fríos y llenos de desprecio.

– Usted la mató, tenía la ropa manchada con su sangre. Y también había sangre en la llanta que llevaba en la mano.

– No, no fue eso lo que pasó.

– Así, tal vez pueda explicarnos qué pasó -lo invitó Daniel con suavidad.

– Gary -lo advirtió Bell-. Cállate.

– No. -Fulmore estaba temblando-. Aún veo su cara. La veo cada vez que intento dormir. -Tenía los ojos fijos en Alex y llenos de dolor-. Veo su cara.

Alex no hizo el mínimo intento de reconfortarlo, su rostro parecía de piedra.

– Estupendo. Yo también. Cada vez que me miro al espejo, veo su cara.

Fulmore tragó saliva y al hacerlo la nuez se movió arriba y abajo en su huesudo cuello.

– ¿Qué pasó, Gary? -repitió Daniel, y cuando Jordan Bell se dispuso a protestar, Daniel lo petrificó con la mirada. Alex estaba temblando y la empujó con suavidad para que se sentara. Fulmore la siguió con la mirada.

– Hacía calor -musitó-. Mucho calor. Yo iba andando. Estaba sudando y tenía sed.

– ¿Por dónde andaba? -quiso saber Daniel.

– Por ninguna parte; podría haber sido cualquier lugar. Estaba colocado, había tomado PCP; al menos eso es lo que me dijeron.

– ¿Quién se lo dijo? -preguntó Daniel con igual suavidad.

– Los policías que me detuvieron.

– ¿Recuerda quién lo detuvo?

Fulmore apretó los labios.

– El sheriff Frank Loomis.

A Daniel le entraron ganas de preguntarle más cosas sobre Frank pero se contuvo.

– O sea que estaba drogado, iba andando y tenía calor y sed. ¿Qué más?

Él frunció el rostro.

– Noté el olor. Whisky. Recuerdo que quería beber.

– ¿Dónde estaba?

– En una carretera de las afueras de una puta ciudad, donde Cristo perdió el gorro. Dutton -escupió-. Ojalá nunca hubiera sabido que existía.

«Ya somos dos -pensó Daniel, y miró a Alex-. Tres.»

– ¿Recuerda qué hora era?

Él negó con la cabeza.

– Nunca llevaba reloj. Pero volvía a haber luz; había mucha luz, y al final supe dónde estaba. Caminé… Creo que me había perdido.

«¿Otra vez había luz?» Daniel anotó mentalmente comprobar qué luna había la noche en que murió Alicia.

– Muy bien. O sea que olía a whisky. ¿Y luego?

– Seguí el olor y llegué a la zanja. Vi una manta y quise llevármela, la mía daba pena. -Tragó saliva sin apartar los ojos de Alex-. Tiré de la manta y… ella cayó.

Alex se estremeció. Tenía el rostro ceniciento y los labios del rosa vivo del pintalabios. Daniel recordó a Sheila, muerta en un rincón con las manos aferrando la pistola. Se planteó interrumpir aquello y llevarse corriendo a Alex a un lugar seguro. Pero se habían desplazado expresamente hasta allí, y además ella era más fuerte de lo que parecía, así que reprimió sus emociones y mantuvo la voz serena.

– ¿Qué quiere decir con que «ella cayó», Gary?

– Tiré de la manta y ella cayó rodando, estaba desnuda. Tenía los brazos fofos, como de goma, y le quedaron abiertos. Una mano cayó encima de mi zapato. -Tenía la voz apagada y no dejaba de mirar a Alex-. Entonces le vi la cara -dijo, todas sus palabras estaban teñidas de dolor-. Me miraba; su mirada era vacía, como si no tuviera ojos. -Igual que ahora lo miraba Alex. Su mirada era vacía, inexpresiva-. Me puse… como loco. Estaba aterrorizado.

No dijo nada más; su mente había recuperado un recuerdo que, obviamente, aún era lo bastante intenso para aterrarlo.

– Gary, ¿qué hizo después?

– No lo sé. Quería… que dejara de mirarme. -Dio dos golpes en el aire con los puños apretados; dos golpes fuertes y rápidos que hicieron tintinear sus cadenas-. Le pegué.

– ¿Con las manos?

– Al principio sí, pero no dejaba de mirarme. -Ahora Fulmore se balanceaba, y Alex siguió mirándolo con semblante inexpresivo.

Daniel se preparó para sujetar a Fulmore, por si confundía a Alex con Alicia.

– ¿De dónde sacó la llanta?

– De mi manta. Siempre la llevaba encima, con la manta. De repente la tenía en la mano y le estaba destrozando la cara. Le pegué una vez, y otra, y otra más.

Daniel dio un rápido suspiro al imaginar la escena. En ese momento supo que el hombre que tenía delante no había matado a Alicia Tremaine.

Las lágrimas rodaban por las mejillas de Fulmore, pero mantenía los puños apretados e inmóviles frente a él.

– Solo quería que dejara de mirarme. -Dejó caer los hombros-. Y al final lo hizo.

– Le destrozó la cara.

– Sí; bueno, solo los ojos. -Parecía un niño tratando de justificarse-. Tenía que cerrarlos.

– ¿Y qué más hizo?

Fulmore se enjugó las mejillas con los hombros.

– La envolví mejor.

– ¿Mejor?

Él asintió.

– Antes la manta estaba muy floja; yo la envolví bien. -Tragó saliva de nuevo-. Como a un bebé, solo que no era un bebé.

– ¿Se fijó en sus manos, Gary? -preguntó Daniel, y Fulmore asintió con aire ausente.

– Las tenía muy bonitas. Se las coloqué sobre la tripa antes de envolverla.

Habían encontrado el anillo de Alicia en su bolsillo, Daniel miró a Bell con el rabillo del ojo y supo que el abogado estaba pensando lo mismo que él.