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– ¿Llevaba algo en las manos? -preguntó Bell en el mismo tono quedo.

– Un anillo. Azul.

– ¿La piedra era azul? -preguntó Daniel, y vio a Alex extender las manos y mirarse los dedos, y luego, despacio, volver a cerrar los puños.

– Sí.

– Y la envolviste con el anillo en la mano -musitó Bell, y Fulmore levantó de golpe la cabeza y su mirada, llena de pánico y de ira, se cruzó con la de Daniel.

– Sí. -El tono distraído se desvaneció-. Dicen que se lo robé, pero no es verdad.

– ¿Qué pasó entonces, Gary?

– No me acuerdo. Supongo que tomé más PCP. Lo siguiente que sé es que tenía a tres tíos encima pegándome con las porras. -Fulmore alzó la barbilla-. Decían que la había matado, pero no fui yo. Querían que me declarara culpable, pero yo no quise. Le hice una cosa horrible a la chica, pero no la maté. -Sus últimas palabras fueron lentas y espaciadas-. Yo no la maté.

– ¿Recuerdas haber estado en el taller de coches? -preguntó Bell.

– No. Como he dicho, cuando me desperté había tres tíos sujetándome.

– Gracias por su tiempo -dijo Daniel-. Estaremos en contacto.

Fulmore miró a Bell con un atisbo de esperanza.

– ¿Podemos conseguir otro juicio?

Bell miró a Daniel a los ojos.

– ¿Podemos?

– No lo sé, no puedo prometer nada, Bell, ya lo sabe. No soy el fiscal del distrito.

– Pero conoce a la fiscal del distrito -repuso Bell en tono prudente-. Gary le ha contado todo lo que sabe. Está colaborando sin que le garanticen que recurrirán la sentencia. Eso tiene que servirle de algo.

Daniel entornó los ojos para mirar a Bell.

– Ya le he dicho que estaremos en contacto. Ahora debo regresar a Atlanta; tengo una reunión. -Apremió a Alex para que se pusiera en pie-. Venga, vámonos.

Ella obedeció sin rechistar. Parecía más un monigote que una persona y a Daniel volvió a asaltarlo la imagen de Sheila, muerta en aquel rincón. Rodeó a Alex por los hombros y se la llevó de la sala.

Casi habían llegado al coche de Daniel cuando Bell les gritó que esperaran y cruzó corriendo el aparcamiento, jadeante.

– Voy a pedir que se repita el juicio.

– Es demasiado pronto -protestó Daniel.

– Yo no lo creo, y usted tampoco; si no, no habría venido hasta aquí y no la habría hecho pasar por esto. -Señaló a Alex, quien alzó la barbilla y le dirigió una fría mirada. Sin embargo, no dijo nada, y Bell asintió, satisfecho de haber dado en el clavo-. Estoy al tanto de las noticias, Vartanian. Alguien está recreando aquel asesinato.

– Podría tratarse de un simple imitador -repuso Daniel, y Bell negó con la cabeza.

– Eso no es lo que usted cree -repitió-. Mire, señorita Fallon, sé que asesinaron a su hermana y lo siento, pero Gary ha perdido trece años de su vida.

Daniel suspiró.

– Cuando todo esto termine, iremos a ver a la fiscal del distrito. Bell asintió con decisión.

– Me parece justo.

Atlanta, miércoles, 31 de enero, 17.30 horas.

Estaban cerca de Atlanta cuando por fin Daniel habló.

– ¿Estás bien?

Ella se miraba las manos con el entrecejo fruncido.

– No lo sé.

– Cuando ha dicho que Alicia «cayó» de la manta me ha parecido que entrabas en trance.

– ¿De verdad? -Se volvió de repente para mirarlo-. Meredith quiere probar con la hipnosis.

Él era de la misma opinión que Meredith, pero por su experiencia sabía que la persona hipnotizada tenía que estar predispuesta, y no estaba seguro de que Alex lo estuviera.

– Y tú, ¿qué quieres?

– Quiero que todo esto termine -musitó con determinación.

Él le tomó la mano.

– Yo estaré contigo.

– Gracias Daniel. Yo… No esperaba pasarlo tan mal cuando lo viera por primera vez. Habría querido morirme.

Daniel la miró extrañado.

– ¿Quieres decir que nunca habías visto a Fulmore?

– No. Todo el tiempo que duró el juicio yo estuve en Ohio. Mi tía Kim y mi tío Steve querían protegerme. Se portaron muy bien conmigo.

– Tuviste suerte. -Las palabras brotaron con más amargura de la que esperaba. Mantuvo los ojos fijos en la carretera, pero sabía que ella lo estaba observando.

– Tus padres no se portaron bien contigo.

Era una forma tan sencilla de decirlo que Daniel estuvo a punto de echarse a reír.

– No.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Y con tu hermana, Susannah? ¿Te llevas bien?

«Suze.» Daniel suspiró.

– No, me gustaría tener más contacto con ella, pero no es así.

– Seguro que está dolida. Habéis perdido a vuestros padres y, aunque en realidad murieron hace meses, no lo supisteis hasta la semana pasada.

Daniel dejó escapar un triste bufido.

– Para nosotros nuestros padres murieron mucho antes de que Simon los matara. Éramos lo que tú llamarías una familia disfuncional.

– ¿Sabe Susannah lo de las fotos?

– Sí. Estaba conmigo en Filadelfia cuando se las entregué a Ciccotelli.

Suze sabía muchas cosas de Simon, más de las que le había confesado; de eso estaba seguro.

– ¿Y?

Él se la quedó mirando.

– ¿Qué quieres decir?

– Me da la impresión de que quieres decir algo más.

– No puedo. No sé si podría decirlo aunque lo supiera seguro.

Pensó en su hermana. Trabajaba muchas horas como ayudante del fiscal del distrito en Nueva York. Vivía sola, con la única compañía de su perro. Pensó en las fotos y en el dolor que había observado en el rostro de Gretchen French.

Era el mismo dolor que observara en Susannah al preguntarle qué le había hecho Simon. Ella no había sido capaz de contárselo, pero Daniel temía saberlo. Se aclaró la garganta y se centró en la cuestión que tenían entre manos.

– Creo que Gary Fulmore no mató a tu hermana.

Alex lo miró con ecuanimidad; su semblante no reflejaba sorpresa en absoluto.

– ¿Por qué lo crees?

– En primer lugar porque me creo su historia. Tal como tú misma has dicho cumple cadena perpetua, así que no puede pasarle nada más. ¿De qué le serviría mentir?

– Quiere que vuelvan a juzgarlo.

Notó el atisbo de pánico en la voz de Alex y se esforzó por suavizar la respuesta todo lo posible.

– Alex, cariño, creo que el hombre se lo merece. Escúchame bien. Ha admitido que le golpeó la cara, varias veces. Intenta olvidar que se trata de Alicia y piensa en lo que sabes; haz de enfermera. Si Alicia estuviera viva, o aunque la hubiese matado, y la hubiera golpeado tantas veces y tan fuerte…

– Habría habido mucha sangre -musitó ella-. Él habría quedado completamente cubierto de sangre.

– Pero no fue así. Wanda y los ayudantes del sheriff me dijeron que llevaba sangre en el bajo de los pantalones. Alicia ya llevaba muerta un rato cuando él la encontró y le pegó.

– Puede que Wanda esté equivocada. -La voz de Alex traslucía desesperación y Daniel se dio cuenta de que quería que Fulmore fuera culpable. Se preguntó por qué eso era tan importante para ella.

– Nunca lo sabremos -respondió él con cautela-. Todas las pruebas han desaparecido. La manta, las prendas de Fulmore, la llanta… No queda nada. Tengo que suponer que Wanda dice la verdad a menos que pueda demostrar lo contrario. Y si Wanda dice la verdad, Alicia ya estaba muerta cuando Fulmore la encontró.

Ella se humedeció los labios.

– Puede que la matara y más tarde volviera y le destrozara la cara. -Pero sus palabras no denotaban convicción-. Eso no tiene sentido, ¿verdad? Si la mató, lo más probable es que se fuera corriendo, no que volviera a pegarle y luego se colara en un taller de coches. ¿Qué más te preocupa de la historia?

– Todo. Si su brazo cayó tal como dice Fulmore… -Daniel se interrumpió al notar que ella se quedaba quieta y callada-. Alex, ¿qué pasa?