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– ¿Estás bien?

Él ahogó una risita.

– ¿Me lo preguntas a mí?

– Sí, te lo pregunto a ti.

– Yo… No lo sé, Alex. Estoy enfadado y… triste. Me siento muy impotente. Querría hacer desaparecer todo eso de tu vida, pero no puedo.

Ella posó una mano en su brazo.

– No, no puedes. Pero es muy amable de tu parte desearlo.

– Muy amable. -Exhaló un suspiro-. No me encuentro precisamente en condiciones de ser amable.

Ella le apartó la mano del volante y se la llevó a la mejilla. Le resultaba muy agradable; era firme, cálida y protectora.

– Al principio tenía mucho miedo. No se me ocurría ningún lugar donde me sintiera segura para transportarme allí. He pensado: «¿Qué pasa si después de tantas molestias Mary no consigue hipnotizarme?».

– Ya lo sé. Me preguntaba adónde te habrías transportado por fin. Esperaba que fuera algún lugar agradable.

Ella se frotó la mejilla con su mano.

– Ha habido un momento esta mañana, después de que… ya sabes… de que termináramos. Te he visto allí, encima de mí, mirándome y he pensado que era el momento más maravilloso de toda mi vida. Ahí es a donde me he transportado.

Él estrechó sus dedos entre los suyos.

– Gracias.

Ella le besó el dorso de la mano.

– De nada.

Llegaron a la casa y pasaron junto al coche de incógnito del GBI aparcado en la calle. Meredith había salido de casa de Bailey acompañada por los dos agentes que iban a llevarlas a Hope y a ella a la casa de incógnito después de que recogieran el equipaje. Uno de los agentes viajaba en el asiento de atrás y vigilaba a Hope mientras dormía.

Daniel rodeó el coche para abrir la puerta a Alex. Luego la ayudó a salir y le dio un abrazo tan grande y tan fuerte que Alex habría querido quedarse allí con él para siempre. Deslizó los brazos por debajo de su abrigo, le rodeó la cintura y se quedó quieta. Oyó su corazón aporrearle el pecho y comprendió que su relación había afectado a aquel hombre hasta un punto que le resultaba nuevo por completo. «Un terreno poco conocido» era tal como él lo había llamado… ¿Era posible que tan solo hiciera dos días?

Alex tuvo la impresión de haber vivido una vida entera en esos dos días.

Daniel le apartó el pelo de la cara y le acarició la mejilla con los labios de tal modo que la hizo estremecerse. Luego le susurró al oído, con voz grave y ardiente:

– Lo de esta mañana, Alex, no se llama «ya sabes». Se llama «hacer el amor». Y no hemos terminado ni por asomo. -Le alzó la barbilla y le estampó un beso rápido y enérgico en la boca-. Si te parece bien.

Esa era la luz al final del túnel. Tenían la oportunidad de sacar algo bueno de tanta oscuridad.

– Sí.

– Entonces vamos dentro. -Se apartó de ella con una mueca-. No me he acordado de Riley en todo el día. Nunca lo había dejado tanto tiempo solo, igual ha provocado algún percance en tu casa.

Ella le sonrió.

– No te preocupes. He contratado un seguro.

Él la rodeó con el brazo con gesto posesivo y juntos avanzaron hasta el porche de la entrada. Entonces, como si ambos fueran uno solo, aminoraron la marcha. Meredith se encontraba en medio de la sala de estar con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando alrededor con una cansina expresión de impotencia. Todo estaba hecho un desastre: los cajones, volcados; los lápices de colores, desparramados por el suelo, y el sofá en el que habían hecho el amor, rasgado y con trozos de guata por todas partes.

– No creo que el seguro cubra tantas cosas -musitó Alex.

Meredith levantó la cabeza y los miró con los ojos entornados.

– Alguien ha estado buscando algo.

Daniel se irguió de golpe.

– ¿Dónde está Riley? ¡Riley! -Corrió al dormitorio de Hope y Alex lo siguió. El otro agente se encontraba allí, observando un desastre similar-. ¿Dónde está mi…?

El agente señaló el suelo. De debajo de la cama sobresalía una cola que oscilaba como un metrónomo de movimiento lento. Daniel exhaló un suspiro de alivio mientras tiraba de él con suavidad para hacerlo salir. Riley lo miró con sus ojos tristones y Daniel le rodeó la cabeza con las manos y le rascó detrás de las orejas.

– ¿Qué te ha pasado, chico?

– He encontrado un bol en el suelo del baño, por debajo de la ventana -explicó el agente-. La ventana estaba abierta y en el bol todavía había un poco de comida de lata.

– Yo le he dejado un bol con comida desecada en la cocina; la de lata le sienta mal. Además, es imposible que Riley haya abierto una lata él solo. -Daniel apretó la mandíbula-. Lo han drogado.

Alex observó los ojos de Riley.

– Parece mareado. Si hubiera entrado un intruso, ¿le habría ladrado?

– Tan fuerte que despertaría a un muerto -respondió Daniel-. Tenemos que hacer que analicen la comida del bol del lavabo.

– Bueno, está todo un poco revuelto -advirtió el agente-. No parece que haya podido aprovechar mucha comida.

Alex miró a Daniel a los ojos.

– Puede que eso le haya salvado la vida.

Daniel frunció el entrecejo.

– ¿Qué deben de andar buscando?

Alex se puso de pie y contempló la habitación revuelta con un suspiro.

– No tengo ni idea.

– En mi dormitorio han hecho lo mismo -anunció Meredith-. Gracias a Dios que llevaba el portátil encima. ¿Dónde está el tuyo?

– En el armario. Daniel, ¿puedes abrirlo?

Él ya se había sacado un par de guantes del bolsillo y había abierto la puerta del armario con una mano. Estaba vacío.

– ¿Qué tenías en el ordenador, Alex?

– Nada importante. Como mucho, viejas declaraciones de renta, o sea que podrían saber mi razón social y mi dirección.

– Mañana podemos informar a las oficinas de crédito -propuso Daniel.

Meredith se aclaró la garganta.

– Alex, ¿dónde está tu juguetito?

Alex miró a Daniel.

– ¿Sigue la pistola guardada en tu maletero?

Él asintió con decisión.

– Sí. Pero seguro que ellos también iban armados, por si acaso.

Alex dirigió a Meredith una mirada llena de consternación.

– Si hubiéramos estado aquí…

Meredith asintió con vacilación.

– Pero no estábamos aquí, y Hope está a salvo. Puede que tenga que llevar la misma ropa unos cuantos días, pero está a salvo.

– Podemos comprar lo que haga falta de camino a la casa -dijo el agente-. Todo lo que hay aquí tendrá que permanecer tal cual hasta que examinemos el escenario. ¿Quieres llamar tú a la científica, Vartanian, o lo hago yo?

Daniel se frotó la cabeza y en sus ojos Alex observó el dolor de cabeza incipiente.

– Si puedes hacerlo tú, te lo agradeceré, Shannon. Tengo que llevar a Riley al veterinario. Cerca de mi casa hay una clínica que abre toda la noche.

– Ya llamo yo -confirmó Shannon-. ¿Necesitas ayuda para meter al chucho en el coche?

– No. -Daniel tomó a Riley en brazos y dejó que reposara la cabeza en su hombro como un bebé-. Le pesa mucho el trasero pero puedo con él. Llámame cuando lleguéis a la casa, Meredith.

– Lo haré. -Meredith atrajo a Alex hacia sí y la abrazó con fuerza-. ¿Cuándo volveré a verte?

– Mañana por la mañana. Llevarás a Hope a la sesión de hipnosis, ¿verdad?

Meredith asintió con gesto trémulo.

– Espero ser capaz de resistirlo otra vez.

– Sí que lo serás. Gracias por acompañarme esta noche.

Meredith titubeó.

– Alex…

– Chis. Calla. Tú no lo sabías. Déjalo estar.

– Llámame cuando llegues a casa de Vartanian. Supongo que pasarás allí la noche, ¿no?

– Sí. Allí estaré.

Athens, Georgia, miércoles, 31 de enero, 23.35 horas.

Mack dio un respingo. El sonido de su móvil lo sobresaltó. Con cuidado de no poner en evidencia su escondite, miró la pantalla y frunció el entrecejo. Era un mensaje de texto de Woolf. Se preguntaba si el hombre lo habría seguido hasta allí. Pero había tenido cuidado de que nadie lo siguiera. Además, Woolf debía de estar ocupado en esos momentos.